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Bill Clinton protagonizó una era de bonanza y escándalos
Clinton dejará mañana la Casa Blanca con un país en mucha mejor situación que la de hace ocho años. Pero historiadores y analistas se preguntan si no podría haber llegado más lejos y haber dejado una auténtica impronta personal que marcara la posteridad.
En política exterior, su mandato fue una mezcla de éxitos y fracasos, pero sin una continuidad clara que le permita dejar una huella personal.
Para Richard Haass, director de la Brookings Institution, Clinton fue «un presidente de transición» que «no ha dado una doctrina o una política» para guiar a EE.UU. tras el final de la Guerra Fría.
En el lado positivo, se cita la puesta en marcha del TLC, el rescate de la crisis financiera mexicana, las desnuclearización de las ex repúblicas soviéticas, las intervenciones humanitarias en los Balcanes, las negociaciones sobre misiles con Corea del Norte o el comienzo de la OMC.
En la parte negativa, se le achacan fracasos como la intervención en Somalia, la no intervención en Ruanda, el debilitamiento de la coalición antiiraquí, la no consecución de la autoridad especial para negociar tratados comerciales («fast track») o el fiasco que supuso la cumbre de Seattle que pretendía extender la liberalización comercial.
Clinton trató de dejar un legado con la consecución de la paz en Medio Oriente.
Aunque el acuerdo de 1993 fue un auténtico hito y estuvo muy cerca de lograr congraciar a israelíes y palestinos, la ola de violencia que comenzó en setiembre frustró este objetivo prioritario.
«Su expediente es mixto, pero en definitiva una oportunidad desaprovechada para construir un legado duradero en política exterior», añade Haass.
Transformación
En política interna, Clinton también mezcla buenas y malas críticas: por una parte fue un factor decisivo en la transformación del Partido Demócrata, al que movió al centro para situarlo más cerca de la clase media del país, aunque sin negarle un acento progresista.
Durante su mandato se redujo la criminalidad, se desarrolló la reforma del sistema de bienestar social, aumentó el acceso a la educación superior y la situación de las minorías mejoró apreciablemente.
Pero sus escándalos personales, sobre todo el juicio político en el Senado por su relación con Monica Lewinsky, constituyeron un factor de división con los republicanos, y enturbiaron el ambiente político.
Finalmente, no sólo por su culpa, en estos ocho años no se logró acordar las reformas de largo alcance que necesitan la seguridad social, la asistencia médica o la educación.


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