3 de julio 2001 - 00:00

Boom de cirugías en China impone estética occidental

La fiebre del cambio de imagen arrasa en China. Miles de mujeres -y hasta hombres-les exigen a los cirujanos párpados más redondeados, narices más largas o labios más gruesos. Todo vale para lograr una apariencia occidental, cada vez más asociada con el éxito. Clínicas clandestinas y médicos sin escrúpulos prosperan prescindiendo de anestesia para bajar costos y operando en condiciones extremas de falta de higiene.

Una mujer oriental, antes y después de la cirugía.
Una mujer oriental, antes y después de la cirugía.
Shenzhen - La entrada de la Clínica La Mujer Perfecta está adornada con un gran cartel con la imagen de una joven china. Sus ojos, que deberían ser aquellos rasgados, chiquitos y de párpados minúsculos que cautivaron a Marco Polo, están abiertos como platos, tienen una forma redondeada y han sido azulados con lentes de contacto de colores. «Abre tus ojos a una nueva imagen», anuncia el pequeño centro ilegal de belleza situado en una callejuela de la ciudad de Shenzhen. Una docena de adolescentes hace cola en la pequeña sala de espera para echar un vistazo al catálogo de posibilidades: ojos modelo Julia Roberts, estilo Sharon Stone, ¿o quizás un estilo Madonna, algo más sexy y de oferta hasta final de mes?

China vive una alocada fiebre por la cirugía estética y Shenzhen es el nuevo paraíso para miles de mujeres deseosas de mirarse en el espejo y no reconocerse
. Los centros de belleza, con o sin licencia, realizan sólo en esta cosmopolita ciudad más de 16.000 intervenciones de ensanchamiento de ojos, 5.000 cambios de nariz y 4.000 aumentos de pecho cada semana. Las cifras se repiten en otras ciudades, desde Shanghai a Pekín pasando por Chengdú, al oeste del país. Las mujeres han decidido subirse al tren de la nueva China de las reformas capitalistas, un país donde lo viejo es símbolo de pobreza y sólo se venera lo nuevo, el ambiente ideal para una revolución estética que amenaza con cambiar para siempre la idea de que el mundo tenía de la mujer china, durante siglos relegada a un papel discreto y sumiso.

Clínicas como La Mujer Perfecta se han extendido como hongos por las calles de Shenzhen, una urbe de cuatro millones de habitantes situada a una hora en tren de Hong Kong.

Guo Shaohua siempre había soñado con borrar su imagen de campesina recién llegada, llevar vaqueros ajustados y ver la cara abobada de los hombres mientras se quitaba unas modernas gafas de sol para descubrir dos ojos grandes y occidentales. «Es lo que se usa. Lo que atrae a los hombres, una mirada europea o americana, unos ojos modernos como éstos», asegura Shaohua, ya transformada en esa mujer de sus sueños y dispuesta a comerse el mundo a sus 30 años. «Es como si hubiera nacido aquí mismo, en la ciudad. Noto que la gente me mira de otra forma, soy aceptada», repite mirándose al espejo con la obsesión de la bruja mala del cuento de Blancanieves.

• Sin pasado

En realidad, ninguna de las mujeres que abarrotan las 1.600 clínicas que realizan operaciones de ojos en Shenzhen son de por aquí. Nadie puede llamarse oriundo de la conocida como «la ciudad sin pasado». Donde hoy reinan rascacielos y gigantescos centros comerciales no había nada hace algo más de dos décadas, cuando China seguía fiel a los principios marxistas de Mao. El Partido Comunista, una vez iniciadas las reformas, quiso crear una metrópoli a estrenar y para lograrlo alisó montañas, desvió ríos y asfaltó campos de arroz antes de ponerse a construir, construir y construir, casi siempre sin freno ni mesura. El resultado es el modelo de ciudad moderna que quieren los líderes comunistas, uno de esos oasis de cemento y abundancia que 900 millones de pobres campesinos chinos aspiran a alcanzar algún día.

Hace ya algunos años que el boom de la construcción terminó en Shenzhen y muchos de los miles de trabajadores varones que vivían aquí se marcharon, desnivelando la población local, hoy compuesta por un hombre por cada cinco mujeres
. «Para ellas se ha puesto muy difícil encontrar novio, la lucha es feroz y nosotros ayudamos a que mejores sus probabilidades», asegura el doctor Xie Weiguo, uno de los cirujanos plásticos que están haciendo fortuna gracias a la última moda que recorre China. Ciudades como Shanghai, Shenzhen o Pekín se han convertido en Hollywood chinos para miles de adolescentes llegadas del campo en busca de su oportunidad. Los periódicos publican decenas de anuncios para captar a las recién llegadas y las candidatas a entrar en la floreciente industria de la canción, el cine o la oda saben que parte de su éxito depende de la difícil misión de diferenciarse del resto en un país con 1.300 millones de habitantes.

• Famosa y rica

«Todavía no me he decidido, estoy pensando entre estos ojos más abiertos y con doble párpado o estos otros, más sencillos y discretos. Mi novio me ha animado a venir porque cree que tengo posibilidades de hacerme famosa y rica», dice dubitativa la menuda Yi, con el desinterés de quien está eligiendo el color de unos zapatos nuevos. La joven, de 20 años, trabaja como secretaria en una empresa de Internet y asegura que «hay que hacer el sacrificio para llegar a la meta», que en su caso es el cine.

Las oportunidades son escasas y la competencia es más numerosa que en ningún otro sitio. El famoso director chino Zhang Yimou lanzó el pasado verano una campaña para buscar a la protagonista de su próxima película a través de Internet y recibió las solicitudes de más de 100.000 aspirantes. La fiebre por el estrellato ha alcanzado tal desproporción que el gobierno ha anunciado un paquete de medidas que impone severas condiciones -tener un cierto nivel de estudios y autorización paterna, por ejemplo- para las jóvenes que deseen trabajar como modelos.

Zhang cree que las «adolescentes de todo el país han visto cómo un par de docenas de jovencitas se han hecho famosas de repente y ahora todas están dispuestas a cualquier cosa para seguir su ejemplo». Y «cualquier cosa» supone entrar en algunos de los miles de quirófanos sucios, mal preparados y peor dirigidos de ciudades como Shenzhen.

La operación para abrir los ojos cuesta entre 92 y 102 dólares y dura menos de 15 minutos, pero en la mayoría de los casos se realiza sin anestesia para rebajar costos. Las clínicas rara vez muestran algún tipo de autorización -tampoco se lo exige nadie- y, si se les pregunta a los médicos por su licencia o por algún tipo de permiso oficial, la respuesta suele ser una excusa tonta, del estilo de «la he dejado en casa».

«Hacemos veinte intervenciones por día, no se preocupe, es como ir al dentista, nunca hemos tenido ningún problema», comenta un joven y supuesto doctor de la clínica bautizada con el sugerente nombre de Tecnología de la Belleza. La joven que atiende las llamadas se encuentra desbordada y en el pequeño cuaderno de citas no queda un hueco para las próximas tres semanas. «No damos abasto», dice.

La transformación de la mujer urbana china ha sido tan rápida que pocos recuerdan ya que el gobierno sólo autorizó el primer Concurso Nacional de Belleza en 1993 y que a finales de los años '80 las jóvenes seguían vistiendo pantalones y chaquetas de pana. Las calles de Shenzhen, en contraste, parecen estos días pasarelas, con centenares de jóvenes vistiendo minifaldas y atrevidos escotes y las tiendas vendiendo barras de labios en paquetes de 10 unidades.

El doctor Xie supo ver los cambios a tiempo y emigró a Shenzhen hace ocho años para aprovecharse de esta alocada carrera por convertirse en la más bella. El médico, uno de los pocos cirujanos plásticos autorizados de China, interviene a cerca de 600 mujeres cada año dentro de un ambiente de libertad absoluta que ha recibido la bendición de la prensa oficial comunista.

«Fiebre de operaciones de pecho en China», titulaba recientemente el «Diario de China»
, uno de los órganos oficiales de la dictadura. A nadie se le escapa que muchas de las clientes de las clínicas de cirugía son hijas o esposas de los revolucionarios del pasado, funcionarios del Partido Comunista dispuestos a pagar ahora por unas operaciones que antaño eran consideradas aberraciones de Occidente. Así, mientras las madres corren a hacerse la liposucción o a quitarse las arrugas, las hijas se implantan pechos y les dan nuevas formas a sus ojos.

«Mi felicidad es total, me miro al espejo y soy otra, una mujer del siglo XXI. Mis ojos son más grandes y brillantes, casi americanos», dice Guo Shaohua, que eligió un cambio moderado del contorno de sus ojos y se hizo implantar párpados para resaltar su mirada.

Algunas clínicas ofrecen precios especiales para aquellas mujeres dispuestas a realizarse el tres en uno: esto es, una triple operación que ensancha los ojos, alarga la nariz -las chinas creen que las suyas son excesivamente pequeñas- y engrandece los pechos
. Labios más gruesos, cabellos más claros, unos lentes de contacto de color azul y la ropa adecuada pueden servir para completar la transformación de una mujer oriental en otra mujer, también oriental, pero con todos los detalles de una protagonista de la serie de televisión «Bay Watch».

• Desaguisados

«Piden más y más y, si no pones freno, no dejan de venir con nuevas ideas para cambiar su aspecto. Si no se lo haces tú lo hará alguien sin preparación y muchas quedarán estropeadas de por vida. Esto se ha ido de las manos», se queja el doctor Xie, que pasa la mitad del tiempo corrigiendo los desaguisados de sus compañeros de las clínicas clandestinas, cuya audacia corre pareja a su falta de escrúpulos.

Xie reconoce que el negocio va de maravilla y en la pared principal de su despacho ha situado un cartel con su lema personal: «Una cara bonita y atractiva puede ser decisiva en al matrimonio, en el amor, el trabajo y la fortuna». La realidad china parece darle la razón. Las mujeres son siempre las primeras en ser despedidas cuando una empresa emprende una regulación de empleo, y casualmente siempre es un hombre el que decide quiénes van al paro.

China ya no es el país que en tiempos imperiales impuso un gusto social que obligaba a destrozar, vendar y encerrar los pies de sus mujeres en diminutos zapatos para que excitaran a los hombres con su caminar desequilibrado. Pero China sigue siendo machista y los cambios están todavía en su época bisoña.

• Cazando marido

Shenzhen, conocida también como la ciudad de las concubinas, es una de las capitales financieras chinas y el lugar ideal para el ejército de jóvenes dispuestas a cazar marido o amante que las mantenga. Para una muchacha de este entorno la vida entera parece depender de la calidad de su elección amorosa o conyugal. El edificio comercial Centro Romántico de Shenzhen se llena los viernes por la tarde de mujeres dispuestas a gastarse hasta el último yuan en la manicura, la pedicura, el corte de pelo y, si queda tiempo y dinero, alguna operación que mejore las posibilidades de encontrar pareja, cuando la competencia es feroz.

«No hay que engañarse, la influencia occidental es una realidad y cada vez más chicas quieren ser como las estrellas de cine, lo manda la presión social», cuenta la dueña de uno de los centros ilegales de la avenida Huafa, donde
las operaciones se realizan en pequeñas trastiendas a media luz y con un material quirúrgico desinfectado apenas con jabón usado.

Ni siquiera los hombres pueden descuidarse ya en la cada vez más superficial China. Ellos, con los kilogramos de más, acumulados a base de calorías de comida rápida, también han empezado a acudir a las clínicas de belleza. Los primeros carteles anuncian ya una imagen distinta «para el hombre del nuevo centenario» y los mayores se preguntan si la sociedad no estará copiando lo peor del otro mundo, lo que se trataba de evitar. Es el nuevo rostro de China y a quien no le guste siempre puede tratar de cambiarlo.

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