5 de junio 2001 - 00:00

¿Chacho vuelve o no de su exilio voluntario?

Se duda que Chacho Alvarez decida no volver a la actividad política consumiéndose en una vida puramente privada. Sin embargo, más allá de un bajón personal o un desaliento coyuntural, la retirada del Chacho expresa, en lo inmediato vacilaciones ideológicas y características del carácter de parte de una genera-ción que tal vez no termina de entender su propia historia militante mostrándonos, por contraste, el duro camino a recorrer para quién quiera ser líder político.

El golpe de 1976 encuentra a la juventud política argentina profundamente dividida. Algunos ya habían pasado erróneamente a la clan-destinidad; otros, como Chacho, habíamos previamente roto con la corriente principal y nos encontrábamos sin rumbo. Nos salvamos, algunos, fugándonos hacia la vida privada o hacia una militancia light. De esa experiencia muchos siguen cargando con tremendas y no resueltas dudas ideológicas y, además han quedado apegados a una equívoca tendencia: la huida hacia lo privado cuando la política no discurre por donde se quiere. No es algo que tenga grandes consecuencias cuando uno es un simple militante, pero sí cuando se lidera un partido.

Críticas válidas

Su conducta ha recogido críticas de sus propios conmilitones, algo mezquinas, algo interesadas entre las primeras figuras, pero válidas para tantos jóvenes idealistas de su partido. Chacho «abandona» a tantos a los que convocó para una épica democrática fin de siglo XX: la lucha por recuperar el sentido aristotélico de la política como culminación social de la ética personal.

Pero, el peor efecto de su retirada es sobre la importante franja de la clase media que lo viene votando desde hace algunos años o de quienes nunca lo votaron, pero pensaron -desde el asunto del Senado-que se podía empezar a escribir otra historia. Hay un líder potencial ausente para mucha gente y ésa es parte del pueblo, de ese pueblo que Chacho sabía que necesita ser recuperado y reconstruido como concepto de discurso político y como sujeto social del cambio, sin ese déja vu setentista de derrota y de dolor. Así, la misteriosa retirada del Chacho resulta material aprovechable para un tenebroso discurso antipolítico que quiere enseñorearse nuevamente sobre la cultura política argentina.

¿Es que la retirada de Chacho tiene alguna semejanza con Pavón, en 1861, donde Urquiza se retira sin presentar batalla abierta a Mitre? Descartada alguna oscura razón económica, en Urquiza pesaba también que se enfrentaba no sólo a un ejército sino a la propia modernidad de una ideología y unas fuerzas productivas triunfantes mundialmente. Pero la fuerza del liberalismo y la burguesía conquerante de aquella época son muy distintas del neo-liberalismo y los monopolios prebendarios de estos tiempos contra los que lucha Alvarez.

Tal vez lo decisivo de Pavón haya sido una diferente disposición para el liderazgo entre Mitre y Urquiza, en donde uno fue consecuente con su responsabilidad y el otro no. Chacho sabe que su viejo líder, después de 1955, pasó los últimos 19 años de su vida de continuo, aburrido trabajo -la mayor de las veces penoso, pocas glorioso-tratando de convencer a gente hablando, grabando, escribiendo y escribiendo, todo el día. ¿Es esta pesada cruz, destino de un líder, la razón de la retirada? ¿Se ve abrumado por esa perspectiva de rutina dura, sistemática y gris que, finalmente, puede depararle un resultado ingrato? Hasta ayer nomás la política le sonreía y no le costaba gran sacrificio personal.

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