15 de enero 2001 - 00:00

El día en que todo valió la mitad

Como en los accidentes trágicos, rescatar el tablero de mandos -o la «caja negra»del 8 de enero de 1990 da la visión exacta de los sucesos. Despegue de la rueda y estallido, mercado cae envuelto en llamas, el cuadro sobre «las que definieron la rueda» apunta bajas de hasta 56% en los principales papeles. El índice, al tocar tierra, está en 53,69% de merma para las clásicas. La peor baja del mercado: Fiplasto, con 66%; segundas, Alpargatas y Celulosa. Con «39» papeles abriendo, «0» alzas, «38» bajas, «1» sin cambios. Pero... el «resumen bursátil» aporta otro dato esencial: se hicieron $ 6.254 millones de australes de efectivo, para 624 millones de papeles. El anterior, $ 8.763 millones de australes con 450 millones de acciones. Ergo, casi 50% más de acciones pasó de manos, necesitando mucho menos efectivo. Y ésta fue la señal de «compra en el peor momento», la clásica llave para las fortunas rápidas.

Pasaron 11 años... ya hay camadas de inversores noveles que escuchan hablar del llamado Plan Bonex como si se tratara de una leyenda. Está tan cerca y tan lejos, porque quienes lo sufrieron prefieren enviarlo a la trastienda de la memoria. Fue nada menos que el peor día en la historia bursátil, porque si bien hubo caídas violentas a inicios de ruedas clave (como cuando se sancionara, la después no aplicada, «ley de nominatividad» en 1973) se generaban reacciones finales. En este caso, no. Fue como si una cuchilla atravesara los paneles de la Bolsa, desde la campanada inicial, y solamente ahondara el tajo. Al cabo de ese día 8 de enero de 1990, todas las carteras accionarias habían perdido ¡la mitad de su valor anterior!

En suspenso

La medida había sido anunciada a finales de 1989. La gran incertidumbre por sus efectos hizo que día tras día, se dilatara el inicio bursátil de 1990. Hasta que pasaron ocho días, sin abrir sus puertas la Bolsa de Comercio: algo que, también, constituye un récord histórico.

Cuando, por fin, se dio salida a la presión contenida, se vino a demostrar lo que está plenamente comprobado en los principales centros del mundo: nunca se debe dejar de operar, es mucho peor acumular esas presiones que dejarlas salir de inmediato.

Este fue el primer gran error, en lo que hace a la faceta del mercado de oferta pública.

Al reabrirse la plaza, los papeles se despeñaron de un sólo golpe: no había a diez, veinte, treinta por ciento abajo. La línea de corte debió establecerse en torno de ¡50% menos de las cotizaciones anteriores!

Pero, el más grave pecado cometido, y posiblemente el gestor de esa caída al abismo de los precios accionarios, pasaba por una premisa no respetada: no haber inyectado la liquidez necesaria en el sistema. En la se-mana previa, con la Bolsa cerrada, se vivió la desesperación de la falta de efectivo en todos los ámbitos. Y los títulos de fácil liquidez, como los papeles accionarios, son el primer «bien sustituto» ante la falta de efectivo. La desesperación por hacerse de liquidez, puso por delante la orden en todas las oficinas de comisionistas: «Venda al precio que sea» / y hubo aspectos no considerados, que podían haber sido trágicos: como la literal destrucción de los Fondos Comunes de Inversión, si se respetaba la norma de liquidar contra precios de la fecha anterior: esto se dejó sin efecto, ante lo caótico de liquidar lo imposible.

Para valientes

Ese día 8 de enero había también terreno para otros, los que mantienen la mente fría y saben que en Bolsa se hace la gran ganancia: «Cuando corre sangre en las calles» // Porque así como los precios cayeron a la mitad, el volumen salió catapultado hacia arriba en una suerte de «barrido» realizado por manos fuertes, que tomaban esos precios tirados en la vereda: Sabiendo que solamente había que agacharse, para recoger la ganancia. Y no se equivocaron, pasado el vendaval y la baja psicológica, el mercado se recompuso y abrió paso a lo que luego resultaría el notable 'boom' de la época, el de 1991/ 92", lo cierto es que, como la mayor parte de las medidas en nuestro medio y que no atienden a la posible reacción de las personas, el «Plan Bonex» se pudo haber implementado de un modo más prolijo, con plena sapiencia de los resortes indispensables para no generar hechos tan traumáticos.

Fue una gran audacia, con mucha suerte, llevaba la semilla del pánico, pero ésta logró crecer nada más que por un día. Quedó en la historia como el peor día del siglo pasado, (pero es difícil jugarse a que no llegue a ser superado...)