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El largo adiós de Sui Generis fue un error

embargo, mostró un estadio con muchos claros y una cantidad de público que, generosamente, podría calcularse en 18.000 personas (invitados incluidos, por supuesto). Esa caída en la
expectativa -más allá de las dificultades económicas que continúan complicando el negocio del espectáculo- tiene causas concretas.
es el mismo, ni como creador ni como intérprete; aquellos viejos fans del '75 sufrieron en sentimiento propio ese deterioro artístico.
una decisión más saludable. De realización compleja -por la gran cantidad de instrumentos, por las desprolijidades conocidas en la voz de García, y hasta por el molesto viento-, el sonido no las tuvo todas consigo. La exagerada longitud del show -tres horas y cincuenta minutos a lo que debe descontarse un intervalo de 25 minutos, con más de 40 temas- atentó también contra el ritmo lógico de cualquier espectáculo.
"Aguante la amistad" o "News Caf‚"- llevaron al público a largos tramos de aburrimiento.
Los momentos musicalmente más interesantes llegaron siempre con las canciones viejas: el emotivo comienzo con "Cuando ya me empiece a quedar solo", la buena versión de "Tribulaciones,
lamentos y ocasos de un tonto rey imaginario, o no", que mostró a un Nito en su mejor forma vocal; "Casandra" con Mercedes Sosa como voz invitada; "Aprendizaje", más emotivo que prolijo, el popurrí de "Mr. Jones" y el "Blues del levante", "Tango en segunda", "Bienvenidos al tren" -con Fito Páez y León Gieco-, o "Rasguña las piedras", con la voz y la guitarra de Gustavo
Cerati.
contribuyó a la bola general de sonidos ininteligibles.
El único que pareció haberse tomado en serio ese desafío fue Nito Mestre. Se advirtió que había repasado meticulosamente textos y melodías y el resultado se vio en su concentración y
en su afinación que, en general, fue aceptable. García, en cambio, se burló varias veces de su propia historia cambiando las letras de las canciones, ironizando sobre ellas, interpolando otras músicas (como hizo con "Purple Rain" de Prince en medio de "Canción para mi muerte") y, en consecuencia, de la historia de quienes habían ido a Boca esperando reencontrarse con su pasado.
Además se dedicó varias veces a su show personal con innecesarios solos de guitarra o gestos hacia el público; hizo un intervalo fuera de toda lógica cerca del final, y hasta se enojó con la gente cuando vio que no reaccionaban con entusiasmo frente a los temas nuevos. Y como si hubiera hecho falta algo más, el cierre -cuasi zapado- con "El día que apagaron la luz" -con los invitados-, "Mariel y el capitán", "Estación", "Para quién canto yo entonces" y "El fantasma de Canterville", terminó por deslucir una noche que debió ser para el recuerdo y terminó siendo para el olvido.


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