Cuenta la leyenda que un rey fue víctima de unos sastres pícaros que se ofre cieron a hacerle un traje mágico que sólo podrían ver las personas inteligentes y virtuosas. Nadie -ni el propio rey-veía las telas doradas y lujosas que los sastres aseguraban ver, pero no lo decían para no ser tomados por personas poco inteligentes o poco virtuosas. Así es que el monarca salió a las calles tal como vino al mundo, para ser aclamado. Todos, cortesanos, soldados y el pueblo se llenaron la boca de alabanzas sobre el traje y su calidad. De repente, en medio de la multitud, se oyó la voz de un niño: «El rey está desnudo...» Y se hizo el silencio. Después, tímidamente, algunos asintieron, se fueron levantando las voces y pronto acabaron todos a los gritos exclamando: «Es verdad. El rey está desnudo...» Y se desenmascaró la mentira.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La leyenda parece tomar cuerpo en la Argentina de hoy. Los sastres del Presidente le vendieron y diseñaron un traje mágico, a cuyas pruebas y ensayos estamos asistiendo, con un alto grado de sufrimiento e incertidumbre, mientras aguardamos el sábado próximo (un sábado más), día en el cual el Presidente, en principio, saldrá a lucir el nuevo traje al país y al mundo.
Tela mágica
El traje está hecho de una tela mágica llamada «salida de la convertibilidad», tejida en forma abrupta en una maratónica sesión de declaración de emergencia pública; la consistencia y densidad de esa tela se denomina «devaluación» y es del orden de 40% declarado, y de cerca de 100% real; el traje lleva bordados y adornos atractivos para que los deudores del sistema financiero por menos de u$s 100.000 en determinados casos puedan pagar sus deudas como si no hubiera habido devaluación alguna; lentejuelas ásperas pero forradas para los que deben más de u$s 100.000 al sistema financiero, quienes deberían pagar sus deudas --según los sastres-al valor del dólar libre (hoy entre 1,80 y 2,10), y asumir pacíficamente su ruina, y para el rey -que impuso finalmente su criterio a los sastres-a un dólar oficial de 1,40, compartiendo su ruina con los bancos. El diseño lleva también pinches filosos en el cuello para los deudores privados, quienes deben pagar sus deudas en dólares al valor de cotización del dólar libre (hoy entre 1,80 y 2,10), luego de un período de seis meses de lucha con los proveedores de los materiales, o enfrentar a la Justicia; y como remate hay grandes aplicaciones de espejos y brillos multicolores para los ciudadanos que tenían depósitos a la vista en moneda extranjera o a plazo fijo, para que queden irremediablemente cegados mientras los costureros se apropian de sus ahorros y de sus disponibilidades para, con ellos, pagar el resto de los bordados y elementos decorativos del traje, amén de los costos de taller. Algunos bordadores inclusive están ensayando nuevos dibujos para que todos paguen sus deudas bajo el régimen de la derogada convertibilidad ($ 1 = u$s 1); pero no saben si llegarán a tiempo con las aplicaciones, o si habrá material suficiente para ello (se estaría considerando confeccionar alrededor de 3.000 millones de nuevas lentejuelas en el Banco Central).
Tul protector
El traje tendrá también un amplio tul protector envolvente de supremos alfileres filosos con el cual se repelerá violentamente a toda persona que confiando en una ley vigente hubiera efectuado depósitos, prestado o suministrado dólares a terceras personas en caso de que, ante la indignación de que le quisieran devolver algo distinto a lo que había depositado, prestado o suministrado, pudiera intentar agredir al rey o sus sastres. Para ello los costureros ya habrían conversado y visitado a los hacedores y tejedores del tul para asegurar su consistencia.
El traje es atérmico, para mantener al rey y a su pueblo aislados del mundo, dentro de su propia comarca, de la cual nadie ni nada podrá salir ni entrar sin autorización y permiso especial del rey, y bajo las condiciones y modos por éste fijados. Igualmente, dijeron los sastres, con el solo uso del traje el pueblo cambiará, y todo será confianza, crecimiento, prosperidad y seguridad para un futuro mejor.
Los sastres entusiasmaron al rey diciéndole que al ponerse el traje y lucirlo el país se reactivaría, la economía crecería y la gente mantendría el poder adquisitivo de sus ingresos. Asimismo, le manifestaron que cuando los extranjeros pudieran vislumbrar el nuevo traje, los inversores no sólo no se retirarían sino que, por el contrario, aumentarían sus inversiones, se recaudarían más impuestos y con ello se saldaría también la deuda pública. Para colaborar con ello, el rey convocó a un experto originario de un reino vecino para que lo asesorara respecto de cómo caminar, lucir el traje y exponer el mismo y su figura frente al pueblo el día del desfile y los días sucesivos de su reinado, cuidando su imagen.
De lo que ha trascendido públicamente respecto de las primeras pruebas del traje mágico, los resultados son muy distintos de los prometidos por los sastres. En efecto, hoy tenemos un país absolutamente paralizado; se ha pulverizado el crédito; se han congelado los movimientos de fondos; se han confiscado los depósitos y ahorros de los ciudadanos; se ha subsidiado demagógicamente a quienes el gobierno por su propio criterio arbitrario ha considerado deben ser protegidos y se ha dispuesto en subsidio de ellos de fondos privados de terceros, que resultaron -a su vez-castigados; ha resucitado la inflación; se ha desvalorizado el salario de los trabajadores; se ha violado la Constitución nacional, no se ha respetado la ley ni el derecho de propiedad; se ha violado la palabra comprometida por el rey; se ha puesto en peligro de muerte a los enfermos en hospitales y clínicas y se ha colapsado el sistema de salud pública; se ha bloqueado toda posibilidad de recaudación fiscal; se ha momificado el comercio exterior; no hay producción ni consumo y se intenta aprobar una inexplicable modificación a la Ley de Quiebras, y una segunda ley de emergencia para privilegiar a determinados deudores, mantener inmunidad sobre algunas concesiones, violentando todos los derechos de los acreedores, las garantías otorgadas y la seguridad jurídica.
Hoy no cabe discusión alguna: «El rey está desnudo...» y todo parece indicar que, de no producirse modificaciones sustanciales en el traje, el sábado no hará falta el grito de ningún niño para advertir que «el rey sigue desnudo...» (*) Especialista en crisis y coautor de la Ley de Quiebras.
Dejá tu comentario