27 de marzo 2001 - 00:00

¿Podrá Putin sacar a Rusia de la crisis?

Moscú - Rusia sigue siendo una especie de misterio. Más de diez años después de iniciada su crisis, se desconoce si lo peor ha quedado ya atrás, o si estamos asistiendo a la génesis de una verdadera crisis cuyo apogeo estaría por venir. Este inquietante dilema, la suerte de este enorme país nuclearizado y desordenado, deberá ser resuelto durante la presidencia de Vladimir Putin, que ayer celebró su primer aniversario. O comienza a salir de la crisis o se interna más en el caos.

La receta de Putin en la busca de esa estabilización es el «fortalecimiento del Estado», y la mayoría de los rusos -como cualquiera que conozca las dimensiones del desbarajuste en que se encuentra el país- está de acuerdo con ella. Pero hay un problema. Con Boris Yeltsin en Rusia se configuró un «Estado de mercado», una corporación económico-política irregular en la que todo, y en primer lugar el derecho, estaba en venta. Si en Rusia el problema de la corrupción es grave, no es porque haya mucha, que la hay, sino porque el Estado y su funcionariado son su principal foco y su medio. Ese Estado no se puede «fortalecer» sin agravar la crisis.

Herencia

Uno de los enredos de la Rusia de hoy es que, para sacar al país de la crisis, Putin está operando sobre la burocracia de ese «Estado de mercado», es decir, sobre un aparato ineficaz y muy corrupto cuya función histórica fue siempre en Rusia reproducirse y consolidar la autocracia. Si no es posible conseguir el saneamiento y la modernización del país operando sobre ese cáncer, quiere decir que, quizá, la primera labor sea la propia reforma de la burocracia.

La herencia burocrática soviética, liberada del control del Partido Comunista que ponía límites al robo y a la incompetencia, se complicó a lo largo de diez años de juerga depredadora yeltsinista. Eso hace que el legado que ha recibido Putin sea más enredado y complejo que el que recibieron Gorbachov y Yeltsin, en 1985 y 1991, respectivamente.

Para Putin es muy importante colocar a gente honesta, inteligente y eficaz en los puestos de mayor responsabilidad. De momento, el presidente hizo algunos nombramientos significativos. Pero el Estado sigue, fundamentalmente, en manos de gente de la época de Yeltsin. Es indispensable una «revolución de cuadros», un barrido que ponga a no corruptos al frente de la economía, la fiscalía, el ejército y otros aparatos clave, hoy en manos de gente de bajísimo nivel.

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