Río espera a argentinos con precios como en Buenos Aires

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El hombre, de bermudas amarillo, remera verde y zapatillas sin medias es (muy amablemente) detenido por el empleado del aeropuerto antes de ingresar a la zona de mostradores para hacer el «chek-in» de su vuelo.
El hombre, argentino, está acompañado por su esposa, su suegra, su madre y un chiquito de no más de cinco años. El empleado le pide los pasajes, los revisa, le informa en portuñol:

-No; no está paga la taixa de embarque; va a tener que pagarla: son treinta y seis dólares.

El hombre mira sin comprender:

-¿Treinta y seis dólares? ¿Por los cinco?

-No, por cada uno.

-¿Treinta y seis? ¿Reales?

-No señor, treinta y seis dólares cada uno. Un total de ciento ochenta dólares, por favor. No, no puede pagar con tarjeta: sólo dólares o reales.

El impacto que sufre el hombre es el último de los que padecerá en su corta estadía en Rio de Janeiro, la estocada final contra el mito de que
«este año Brasil está regalado». Mito, al fin, como tantos otros, que tiene mucho de mentira y algo de verdad.

Ejemplos

Es que, contrariamente a lo que afirman las campañas publicitarias y de prensa que tratan de convencer a los argentinos de ir a Brasil estas vacaciones, en «a cidade maravilhosa» los precios en muchos casos son iguales o muy superiores a los de aquí.

Algunos ejemplos: -Comer camarones en los bares ubicados en la Avenida Atlántica (la costanera de la playa de Copacabana) no baja de los 45 reales (u$s 24).

-En los mismos lugares, el «frango á passarinho» (pollo a la pajarito, literalmente), una colección de alas y trozos de pechuga fritos con ajo y perejil (una provenzal sui generis), sin nada más, cuesta entre u$s 12 y u$s 15. Si se quiere agregarle papas fritas o ensalada, hay que pagar u$s 4 más.

-Una comida, modesta y con plato compartido, con cerveza y gaseosas, café y sin postre, no baja de u$s 17 por persona. Los precios trepan fuertemente cuando se trata de restoranes en las zonas más bonitas de la ciudad; las
lanchonetes, para estómagos resistentes y bolsillos más flacos, ofrecen una amplia variedad de frituras por no más de u$s 5 más la bebida; el plato del día ( prato feito), con arroz, farofa y papa («batata») frita está en u$s 10/15.

-A todos los precios que figuran en la lista los adicionistas les agregan de manera automática una tasa de 10% en concepto de servicio. Como contrapartida, no es necesario (pero sí cortés, si el servicio fue bueno) dejar unos pocos reales de
gorjeta (propina).

-El boleto de teleférico que sube hasta el
Pan de Azúcar sale u$s 10 por persona (los chicos pagan la mitad); el mismo precio se aplica al «bondinho» que trepa hasta la cima del Corcovado.

-El taxi desde o hasta el aeropuerto de El Galeao cuesta unos u$s 25; desde el extremo de Copacabana hasta el shopping Rio Sul, unos u$s 7.

-En nochevieja, los grandes hoteles de la costa organizaron sus respectivas «reveillions» (bailes y comidas para despedir el año); por cubierto hubo que pagar
entre u$s 400 y u$s 800 (en el Copacabana Palace, Meridien, Sofitel y similares).

-Iniciar el año comiendo el desayuno-buffet del
Caesar's Park en Ipanema (ya una tradición entre los cariocas de cierta posición) costaba u$s 35.

-Por una camisa de vestir de
Hugo Boss se deben pagar los mismos u$s 100 que en la Argentina; un traje de la misma marca sale igual que en el Patio Bullrich: u$s 1.100.

-Una noche en un hotel cinco estrellas en Copacabana o Ipanema no baja de los u$s 250/ 300 la doble. Hay más baratos, claro, pero sin vista, sin acceso a la playa, sin lujo, etcétera.

-Un apartamento frente al mar en Copacabana, de dos ambientes, puede ser alquilado a partir de los
u$s 100 diarios (mínimo diez días); el precio subirá de acuerdo con el equipamiento del inmueble y/o la categoría del edificio.

Desde ya, hay cosas mucho más baratas que en la Argentina: un agua mineral en la playa cuesta un real (u$s 0,55); un «refrigerante» (gaseosa), u$s 0,80, lo mismo que un coco verde, helado y abierto a machete en el momento. Además, el combo de
McDonald's cuesta u$s 3, un dólar menos que en la mayoría de sus sucursales porteñas y bonaerenses.

Las chicas pueden comprarse un pareo por seis dólares, o un biquini por ocho. Sin embargo, la indumentaria -sobre todo la de algodón, sin marca de diseñador a la vista-está alcanzada por el fenómeno de la globalización: los precios no son demasiado diferentes de lo que se paga por mercadería similar en los barrios más populosos de Buenos Aires.

Pero lo que no tiene precio, como dice por estos días la publicidad de una tarjeta de crédito, son Rio y su gente:

después de casi dos décadas de inseguridad, crimen, asaltos y robos a mano armada hoy es posible caminar por Copacabana, por Ipanema, por Leblon o por las inmediaciones de la Laguna Rodrigo de Freitas casi a cualquier hora del día (y de la noche) sin el menor riesgo.

Transformación

Cabe recordar que se había llegado al extremo de que grupos comando coparan hoteles enteros robando a los pasajeros cuarto por cuarto y llevándose incluso el contenido de las cajas de seguridad. Esto, hay que decirlo, ya no pasa.

El gobierno estadual y el municipal han lanzado un programa de transformación de la policía que está dando frutos, instalando delegaciones (comisarías) en las favelas hasta hace poco dominadas por bandas de ladrones y narcotraficantes.

Esas mismas favelas, además, están siendo reconvertidas en lo que se ha dado en llamar «favela-barrio», construyendo casas de material con servicios, más escuelas e instalaciones deportivas donde había chabolas de cartón y madera.

También se nota el buen momento de la economía: las cosas en ese ítem de la realidad brasileña están bastante mejor que en la Argentina; las capas medias atiborran casas de comida y centros comerciales, y las menos pudientes también consumen.

Y si los cariocas nunca perdieron la sonrisa, aun con crimen y crisis económica, ahora que las cosas marchan bien en esos dos frentes, es un placer mezclarse con ellos y olvidar aunque más no sea por unos pocos días los problemas en casa. Ejemplo:

Un grupo de turistas turcos había llegado de Buenos Aires unos días antes, y tomaba sol plácidamente en el sector que tiene su hotel en Copacabana. Después de explicar la crisis económica en su país, que obligó al auxilio por parte del FMI por u$s 7.500 millones, y que la tasa «overnight» había llegado a 1.000%, uno de ellos dijo:

-En Buenos Aires, los mozos son más eficientes, y la gente es más correcta. Pero aquí, ¡qué alegría que tienen todos! El comentario lo provocaba un grupo de unos treinta cariocas que había colocado su carpa a pocos metros del sector reservado por el cinco estrellas, con una lona de tres metros de largo, parrilla, heladera de la que salían -inagotableslatas de cerveza, y un radiograbador con el hit rappero (en portugués) del momento. Al rato toda la playa (cien metros a la redonda) bailaba la coreografía del éxito del momento, del grupo Rappa.

Todos compartían, democráticamente, el mismo espacio que apenas algunas horas antes había albergado lo que los cariocas denominan (pomposos, como siempre) «el mayor espectáculo de fuegos artificiales del planeta».

Milagrosamente -al menos para los estándares del Tercer Mundo-,
Copacabana había amanecido inmaculada: dos millares de «garís» (recolectores de residuos) habían retirado durante la madrugada cerca de 1.500 toneladas de basura.

El espectáculo, en parte malogrado por una lluvia impiadosa que duró toda la tarde y toda la noche, había dejado un muerto y un centenar de heridos, a pocos metros de donde bailaba y comía «churrasco» (asado) la animada «turma» de brasileños.

Pirotecnia

«Compárelo con los casi trescientos heridos que hubo en Buenos Aires por la pirotecnia; acá en la playa había más de dos millones y medio de personas, tomando cerveza y caipirinha durante horas, y puede decirse que casi no pasó nada...»
, filosofaba otro argentino tirado en la arena.

La reveillón carioca terminó, pero los cariocas y su casi inagotable capacidad de pasarla bien no se dan tiempo para la nostalgia o la resaca: ya se los escucha hablar de la inminencia de
Rock in Rio, y que después ya está encima el Carnaval, y luego... la fiesta parece no tener fin para ellos.

Rio está ahí para quien quiera y pueda pagárselo, para quien sienta ilusión de tomarse una «caipira» en el mítico bar Garota de Ipanema sobre la rua Vinicius de Moraes, para quien soporte comer «lanches» durante toda su estadía, para quien disfrute de sus 35° casi constantes.

Si en cambio alguno de los 1,8 millón de argentinos que se espera viajen a Brasil este verano piensa ir a Rio ilusionado con el
«deme dois (o duas)», éste es el momento de cambiar de planes: no está tan barato, y el dólar menos que cuesta la hamburguesa con papas fritas se irá por el caño de la tasa de embarque en El Galeao multiplicado por treinta y seis.

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