12 de septiembre 2001 - 00:00

Washington quedó desierta tras ataque al Pentágono

El Pentágono después del atentado terrorista
El Pentágono después del atentado terrorista
Washington (enviado especial) - Eran las 6.45 de la mañana; el sol salía perezoso por detrás del Capitolio, iluminando el gigantesco obelisco que homenajea a George Washington. Miles de personas corrían por el National Mall, el parque que se extiende desde el Congreso hasta el monumento a Abraham Lincoln. Otros miles, ya a esa hora, se dirigían a las decenas de edificios públicos que se alinean a lo largo del parque.

Apenas tres horas después, esa rutina, esas carreras para mantenerse en forma se convertirían en una loca estampida para salir de una ciudad que de pronto se había convertido en un blanco militar.

Poco antes de las 9.00 comenzaron a llegar las primeras noticias desde Nueva York; la gente empezó a agolparse frente a los televisores de hoteles, casas de artículos para el hogar y donde hubiera una pantalla encendida. Cuando el segundo avión se estrelló contra la segunda torre, se despejaron las dudas iniciales sobre un supuesto accidente aéreo. Y en el aire de Washington flotaba la casi certeza de que el siguiente ataque podría tener a la capital del país como blanco.

Evacuación

La presunción no tardó en confirmarse: un sordo rumor llegó al centro de la ciudad desde el otro lado del Potomac: una tercera aeronave había hecho impacto contra una de las alas del Pentágono, el centro neurálgico de la defensa del país.

Casi de inmediato, los miles de empleados que trabajan en la Casa Blanca, el Departamento del Tesoro, la Secretaría de Agricultura y todos los edificios públicos, museos del Instituto Smithsoniano y otros comenzaron a abandonarlos casi en pánico.

Es que a lo lejos se divisaba la humareda que provenía del incendio en el Pentágono, y las radios y los canales de televisión insistían en que no era posible descartar la probabilidad de que los aviones hubieran estado cargados de armas químicas o bacteriológicas.


Así fue como comenzaron a formarse largas columnas de peatones y vehículos en las calles que llevan a los suburbios donde habita la mayor parte de la población de Gran Washington, de gente que trataba de usar sus celulares para hablar con sus familias, decir «estoy bien» y escuchar lo mismo del otro lado de la línea. Inútil: las líneas estaban tan saturadas que los móviles se convirtieron por tres horas en adminículos inútiles. Curiosamente, también se formaron largas colas en los supermercados.

Rápidamente la policía local acordonó la Casa Blanca y el Departamento del Tesoro, haciendo imposible la circulación por allí. Incluso a la gente que vive en las inmediaciones se le impidió el paso: con no demasiada cortesía los agentes les informaban que no podrían acceder a sus hogares, al menos en ese momento.

Parecía demasiado poco, demasiado tarde. En casi todos los hoteles del área céntrica, además, había que exhibir la llave del cuarto para poder entrar. En el National Press Building, a pocas cuadras de la Casa Blanca, donde tienen sus oficinas varias organizaciones periodísticas, también había que mostrar el pase que tienen quienes trabajan allí para poder entrar.

La visión del Pentágono en llamas -que con las horas pasaría a Threat Condition Delta, la máxima alerta-seguía atrapando a los noticieros locales, cuando debieron volver a Nueva York para mostrar cómo, una por una, las dos torres gemelas se colapsaban sobre sus ejes.

Allí trabajan cerca de 50.000 personas, la mayoría de las cuales -se supone-ya había ingresado en el momento del ataque. El número de víctimas fatales era incierto, y nadie quería arriesgar una cifra. En ese momento circuló el rumor de que había explotado una bomba en el Departamento de Estado, luego desmentido.
En pocas horas, la ciudad quedó desierta: los restoranes y los comercios cerraron sus puertas, en los hoteles los cuartos quedaron sin hacer porque la gran mayoría de los empleados corrió lo más rápido que pudo a sacar a sus chicos de las escuelas.

Era inevitable, por esas horas, no recordar la escena final de un libro de Tom Clancy, en la que un terrorista (en este caso japonés, país con el que en la ficción Estados Unidos acaba de librar una guerra) estrella un Boeing 747 contra el Capitolio, justo el día en que asume un nuevo presidente, y allí se reúnen todo el Congreso y las principales figuras políticas del país.

El ataque tiene éxito, y Estados Unidos queda acéfalo. Para evitar eso, los funcionarios del gobierno ayer estaban inhallables, el presidente permaneció en Florida -luego se dirigiría a Louisiana, desde donde hablaría al país-, y el paradero del secretario de Defensa era un secreto.

En el caso de la ficción de Clancy, el avión va vacío, pero cargado de combustible. En el caso de los ataques de ayer, iban cargados de pasajeros, pero todos ellos se dirigían a California desde la costa este, haciendo necesario -por la extensión del trayecto-que sus tanques estuvieran colmados en el momento del impacto, con el obvio propósito de maximizar los efectos del ataque.

«Esta ciudad, este país ya nunca van a ser lo mismo», decía un huésped -con acento del sur de los Estados Unidosdel Hilton Garden Inn, a tres cuadras de la Casa Blanca, mientras sus ojos, hipnotizados por el espanto, quedaban fijados a la pantalla del televisor.


Seguramente se refería al candor con el que los americanos trataban su propia seguridad interna, que hacía posible -por caso-ver desde el aire llegando desde el Sur, el Pentágono, el monumento a Washington, el Capitolio. El futuro, seguro, será distinto.

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