Para mantener una salud saludable, se requiere un enfoque integral. Algunos hábitos sostenidos en el tiempo que ayudan a conservar las funciones cognitivas, reducir factores de riesgo y favorecer el bienestar. Los especialistas señalan que muchas de las estrategias que benefician al cerebro también protegen al sistema cardiovascular.
Esto ocurre porque enfermedades como la hipertensión, la diabetes, el colesterol elevado y el tabaquismo pueden dañar los vasos sanguíneos que llevan oxígeno y nutrientes al tejido cerebral, aumentando las probabilidades de sufrir eventos como un ACV.
Entre las recomendaciones más importantes se encuentran:
Dormir bien y respetar el descanso
Durante las horas de descanso se consolidan recuerdos, se procesan aprendizajes y se eliminan sustancias acumuladas durante la actividad diaria.
Dormir menos de lo necesario de manera sostenida puede afectar la concentración, la memoria, el estado de ánimo y la capacidad para resolver problemas. Además, algunos trastornos del sueño, como la apnea obstructiva, están asociados con un mayor riesgo de problemas cardiovasculares y deterioro cognitivo.
Los adultos suelen necesitar entre siete y nueve horas por noche, aunque la cantidad adecuada puede variar según cada persona. También es importante mantener horarios regulares, evitar pantallas antes de dormir y crear un ambiente adecuado.
Realizar actividad física
La actividad física mejora la circulación sanguínea y favorece la llegada de oxígeno al cerebro. Caminar, andar en bicicleta, nadar o bailar de forma frecuente puede ayudar a reforzar la memoria, la atención y el estado de ánimo.
Además, contribuye al control de factores de riesgo como la presión arterial elevada, el sobrepeso, la diabetes y el colesterol.
Alimentación equilibrada
El cerebro necesita nutrientes específicos para mantener sus estructuras y desarrollar correctamente sus funciones como frutas y verduras variadas, legumbres, cereales integrales, pescado (especialmente aquellos ricos en ácidos grasos omega-3), frutos secos, proteínas de buena calidad, aceite de oliva y otras grasas saludables.
En cambio, el consumo elevado de alimentos ultraprocesados, azúcares refinados y grasas saturadas puede favorecer problemas metabólicos y cardiovasculares.
Mantener la mente activa
El cerebro necesita estímulos constantes. Aprender cosas nuevas, leer, estudiar, resolver juegos de lógica, aprender un idioma o tocar un instrumento permite mantener activas diferentes áreas cerebrales.
Estas actividades favorecen la denominada reserva cognitiva, un concepto relacionado con la capacidad del cerebro para adaptarse y compensar ciertos cambios asociados al envejecimiento.
Cuidar los vínculos sociales y evitar el aislamiento
Conversar, participar de actividades grupales, mantener contacto con familiares y amigos o formar parte de espacios comunitarios estimula capacidades como el lenguaje, la memoria y la atención.
La interacción con otras personas genera estímulos constantes que obligan al cerebro a interpretar información, responder, recordar y adaptarse.
Evitar el tabaco y moderar el consumo de alcohol
El tabaquismo tiene efectos perjudiciales sobre todo el sistema circulatorio. El consumo de cigarrillos favorece el endurecimiento de las arterias, aumenta la formación de coágulos y eleva el riesgo de sufrir un ACV.
El consumo excesivo de alcohol puede afectar la estructura y el funcionamiento cerebral, además de aumentar la posibilidad de desarrollar otros problemas de salud.
Mantener una hidratación adecuada
El agua también es fundamental para el funcionamiento cerebral. Este órgano está compuesto por un 73% de agua y una deshidratación, aunque sea del 2%, puede afectar la concentración, la atención y el rendimiento cognitivo.
La falta de líquidos puede provocar cansancio, confusión y menor capacidad para realizar tareas que requieren concentración, especialmente en adultos mayores.
Aprender a manejar el estrés
El estrés crónico puede afectar el sueño, la memoria, la concentración y el estado emocional. La actividad física, el descanso adecuado, las relaciones sociales, las actividades recreativas y las técnicas de relajación pueden ayudar a reducir su impacto.
¿Se pueden prevenir o retrasar enfermedades como el ACV y el Alzheimer?
Las enfermedades neurológicas representan uno de los desafíos sanitarios del siglo XXI. Aunque no todas las afecciones pueden evitarse, los especialistas sostienen que una parte importante de los factores asociados al riesgo sí puede modificarse.
La prevención puede reducir las probabilidades, retrasar su aparición o disminuir la gravedad de sus consecuencias. El ACV es uno de los principales ejemplos. Se produce cuando el flujo de sangre hacia una zona del cerebro se interrumpe, generalmente por la obstrucción de una arteria (ACV isquémico) o por la ruptura de un vaso sanguíneo (ACV hemorrágico).
La hipertensión arterial, el colesterol elevado, la diabetes, el tabaquismo, el sedentarismo y determinadas enfermedades cardíacas son algunos de los factores que aumentan el riesgo.
Por eso, muchas medidas de prevención están relacionadas con el control de la salud general como realizar controles médicos periódicos, mantener la presión arterial dentro de valores adecuados, vigilar el colesterol y glucemia, realizar actividad física regularmente y sostener una alimentación equilibrada.
El ACV requiere una respuesta rápida. La posibilidad de recuperar funciones depende, en gran medida, del tiempo que transcurre desde la aparición de los síntomas hasta la atención médica. Algunas señales de alarma que requieren una consulta urgente son:
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Pérdida repentina de fuerza o sensibilidad en la cara, un brazo o una pierna, especialmente si ocurre de un solo lado del cuerpo
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Dificultad para hablar o comprender lo que dicen otras personas
- Desviación de la boca
- Alteraciones bruscas de la visión
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Pérdida del equilibrio, mareos intensos o dificultad para caminar
- Dolor de cabeza muy fuerte y diferente a los habituales
La atención durante las primeras horas puede modificar el pronóstico y reducir el riesgo de secuelas permanentes.
En el caso del Alzheimer, la prevención es más compleja porque intervienen múltiples factores, incluidos aspectos genéticos, biológicos y relacionados con el envejecimiento. Sin embargo, la evidencia científica indica que mantener un estilo de vida saludable puede contribuir a preservar la función cognitiva durante más tiempo.
El trastorno afecta progresivamente áreas del cerebro relacionadas con la memoria, el pensamiento y la autonomía. Los primeros cambios pueden ser sutiles, pero existen señales que justifican una consulta médica, como:
- Pérdida frecuente de memoria que afecta actividades cotidianas
- Dificultad para encontrar palabras o seguir conversaciones
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Desorientación en lugares conocidos
- Problemas para organizar tareas habituales
- Cambios importantes en la conducta o la personalidad
- Dificultad para tomar decisiones que antes resultaban sencillas
Además de los hábitos saludables, la actividad cognitiva y la interacción social tienen un papel importante. La lectura y los desafíos intelectuales ayudan a mantener activo al cerebro y favorecen la reserva cognitiva.
Durante mucho tiempo se creyó que las secuelas eran, en gran medida, irreversibles. Sin embargo, los avances de la neurociencia modificaron por completo esa mirada y hoy se sabe que el cerebro posee una capacidad para reorganizarse, establecer nuevas conexiones y volver a aprender funciones perdidas.
El fenómeno se conoce como neuroplasticidad y es la base de la neurorehabilitación. Esta es un tratamiento interdisciplinario diseñado para ayudar a las personas a recuperar la mayor autonomía posible.
Las estrategias terapéuticas incluyen fisioterapia, terapia ocupacional, fonoaudiología, neuropsicología, estimulación cognitiva y distintas tecnologías que potencian el proceso de recuperación.
En los últimos años, además, se incorporaron herramientas innovadoras como exoesqueletos robóticos, sistemas de realidad virtual inmersiva e interfaces cerebro-computadora.
¿Qué alimentos y ejercicios ayudan a fortalecer la memoria?
La memoria es una de las funciones cerebrales que más se beneficia de los hábitos cotidianos. Mantener una alimentación equilibrada, realizar actividad física y sostener una vida mentalmente activa puede contribuir a preservar el funcionamiento cognitivo y favorecer un envejecimiento saludable.
El cerebro necesita un aporte constante de energía y nutrientes para desarrollar correctamente procesos como el aprendizaje, la concentración y la formación de recuerdos.
Entre los nutrientes más estudiados se encuentran los ácidos grasos omega-3, presentes principalmente en pescados como salmón, sardina y atún. También son importantes las grasas saludables provenientes del aceite de oliva, los frutos secos y las semillas. Una alimentación beneficiosa para el cerebro suele incluir:
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Frutas y verduras: aportan vitaminas, minerales y antioxidantes que ayudan a proteger a las células frente al daño producido por el estrés oxidativo
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Pescados ricos en omega-3: favorecen el funcionamiento de las membranas neuronales y se asocian con una mejor salud cognitiva
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Frutos secos y semillas: contienen grasas saludables, fibra y nutrientes relacionados con el metabolismo cerebral
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Legumbres y cereales integrales: proporcionan energía de liberación más lenta, necesaria para el funcionamiento sostenido del organismo
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Aceite de oliva: es una fuente de grasas monoinsaturadas y forma parte de patrones alimentarios asociados con menor riesgo de deterioro cognitivo
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Proteínas de buena calidad: presentes en huevos, carnes magras, pescado y legumbres, aportan componentes necesarios para la producción de sustancias que intervienen en la actividad cerebral
En cambio, el consumo frecuente de alimentos ultraprocesados, exceso de azúcares, grasas saturadas y sal puede favorecer problemas como obesidad, hipertensión y alteraciones metabólicas.
El ejercicio físico es otra de las herramientas más importantes para proteger la memoria. La actividad física mejora la circulación sanguínea, aumenta el aporte de oxígeno al cerebro y favorece la liberación de sustancias que participan en la formación y mantenimiento de conexiones neuronales.
El ejercicio aeróbico, como caminar a paso rápido, andar en bicicleta, nadar o bailar, es especialmente beneficioso porque estimula el sistema cardiovascular.
Entre las actividades recomendadas se encuentran:
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Caminar de forma regular: es una opción accesible que mejora la circulación y ayuda a mantener la movilidad
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Realizar ejercicios aeróbicos: actividades como nadar, correr o andar en bicicleta pueden favorecer la función cognitiva cuando se incorporan de manera sostenida
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Entrenar la fuerza muscular: los ejercicios de resistencia tienen beneficios para el cerebro porque ayudan a controlar factores de riesgo como la diabetes y la hipertensión
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Practicar actividades que impliquen coordinación: bailar o realizar ejercicios que combinen movimiento y atención estimulan diferentes áreas cerebrales