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Alan Faena y su pasión por viajes, hoteles, París, Londres y una chacra
Alan Faena: "El sentimiento analtece una ciudad. Cada lugar tiene algo reservado para mí"
Alan Faena no tiene una ciudad preferida en el mundo, pero sí un lugar: su chacra marítima entre José Ignacio y La Barra, en las costas de Punta del Este. El nombre de la propiedad, Tierra Santa, describe una vida que tiene una parte mística, pero no toda. En Faena -un empresario exitoso, hoy lanzado a emprendimientos inmobiliarios de mucha inversión-, la filosofía se entrevera con el diseño, el marketing con el pensamiento zen y la diversión con los escudos heráldicos. Toda su vida es una mezcla. Hay lugar para Charly García, Adrián Suar o para Austin Hearst, el nieto de «el ciudadano Kane» o Len Blavatnik, el petrolero ruso. Es descendiente de sefaradíes que llegaron de Damasco, pero aprecia las enseñanzas de Buda. En su religión está presente Dios junto con chamanes de las tribus indias y la Virgen María. Puesto a elegir, reconoce que el sitio para enamorarse es Capri. Quien conoce la isla puede adivinar por qué al presidente de Faena Hotel+Universe lo seduce. Lo atrae el color del agua y que no haya muchedumbre de turistas, porque «lo masivo quita esplendor. La privacidad es todo». La isla fue el refugio de Grace Kelly, Brigitte Bardot, Aristóteles Onassis, Jacqueline Kennedy y María Callas.
Alan Faena comenzó a diseñar a los 18 años y a viajar en la misma época. Había terminado el colegio, un lugar donde se aburría. «En el pupitre tenía pegadas tres fotos de paisajes con playas y palmeras que yo miraba para evadirme. El colegio me asfixiaba.»
La idea crecía con las meditaciones en las caídas del sol de Tierra Santa, pero necesitaba de un gran diseñador para llevarla a los planos y después bajarla a la tierra. Le costó mucho conseguir una entrevista con Philippe Starck, el arquitecto preferido de François Mitterand. Starck había diseñado el hotel Delano en Miami, el restorán del Península, en Hong Kong, museos, discos, y ahora su lápiz dibuja el interior de los vagones del tren Eurostar. Los departamentos que llevan su firma en Madrid, París o Londres se venden a no menos de 15 mil dólares el metro cuadrado.
Después de seis meses, Starck lo recibió en Nueva York. Alan fue con un poncho blanco, termo y mate. No buscó pasar por gaucho excéntrico. El poncho era hacía tres años su vestimenta habitual, como lo son hoy las botas blancas de piel de víbora y un sombrero panameño moldeado al estilo tejano, que no se quita en la mayor parte del día. Su ropa la compra en cualquier ciudad y en cualquier negocio, pero debe ser blanca.
Faena sabía que debía captar la atención de Starck en los primeros minutos; si no, la entrevista terminaría rápido. El francés quedó impactado con Alan. La charla se pareció a una profecía. «Alan es como serán los empresarios del siglo XXI», lo definió Starck. Imaginaron en su conversación que estos empresarios caminan hacia el futuro persiguiendo una inmensa zanahoria que flota en el espacio. Por eso la empresa que dio el puntapié inicial al hotel se llamó Cosmic Carrot ( zanahoria cósmica).
El proyecto lo unió a Starck, se hicieron amigos, y sus viajes a París se hicieron frecuentes. «Es una ciudad que me desborda, no lo puedo negar.» Admira el arte callejero de la capital de Francia y se pasea por la zona de los nuevos diseñadores de ropa. Pero es difícil que Alan diga que tiene un sitio especial en París. No siente pasión por los restoranes, no es gourmet ni especialista en vinos. «Me gusta la comida sencilla.» Lo que ignora de restoranes lo compensa con un actualizado conocimiento de los lugares nocturnos más exclusivos.
En Europa se desenvuelve mejor en Londres. Las noches en el Soho, bailar en Tiger Tiger o pasear por Picadilly son parte de su estadía. En Nueva York «manejo mejor mi energía». A Alan le gusta la noche de esta ciudad. Va a bailar a Lotus o a cualquier disco de moda. Le gusta caminar por el Central Park de día y por el Village de noche. No le atraen los musicales de Broadway, «prefiero los pequeños espectáculos».
También se ve con Len Blavatnik, el empresario ruso americano que fusionó su petrolera con British Petroleum, en una operación de 7 mil millones de dólares. Para el ruso, nacionalizado estadounidense, trabajan 130 mil personas. Cuando viene a Buenos Aires, va a ver a Boca Juniors, pasión que le contagió Faena. Durante la construcción del hotel, el petrolero compartía asados con los obreros y no lo hacía por demagogia, sino porque le gustaba cómo preparaban la carne.
Este concepto de universalidad entusiasmó a Starck. Algunos de sus diseños eran rechazados por Alan, que pedía más madera y rojos, porque quería que la pasión se presente. Hoy sorprende encontrar en el hotel grifería en forma de cisne, suites con baños de paredes de vidrio, un cabaret rojo, una cava de vinos, donde los que viven en los edificios de Faena pueden almacenar sus botellas, y un lobby donde se mezcla una colección de soldados de plomo de diferentes ejércitos argentinos, con algún cuadro de Figari o una foto de George Harrison. Hay 400 parlantes diseminados. Cada ambiente del hotel tiene una música que le es propia.
ESCUDO
Tal vez, lo que mejor defina a Faena es el escudo heráldico que se diseñó. Es de estilo inglés, recorrido por una cinta con la inscripción «Hasta la victoria, siempre». La frase del Che Guevara poco tiene que ver con esta obra capitalista, pero Alan no tiene ideas políticas y se siente libre para mezclar. Lo audaz de los ambientes contrasta con las austerasropas negras de los empleados, diseñadas por Faena. Quizá por todo esto, el hotel fue elegido como el de mejor concepto por la revista «World Paper». A Faena le gusta lo gótico y el renacimiento, pero detesta a Versace porque es «shocking». Si bien tienen la misma influencia, a Alan le gustan «el rojo y el dorado».
En cada viaje va a hoteles, no le gusta vivir en departamentos. La diferencia es que ahora los mira con ojos de hotelero. De sus viajes aprendió. «Un hotel es como la embajada de un país.Así que organicé un grupo de gente para que se ocupara de los huéspedes. En mi hotel, quien se aloja va a tener siempre un asistente. Si le interesa el arte, lo conectarán con las galerías; si es gente que busca diversión, le dirán cuáles son los mejores sitios para ir y verán que estén bien atendidos; si son hombres de empresas, se les buscarán contactos. Quiero que tengan lo que a mí me faltó en la mayoría de los hoteles que conocí.» A los asistentes personales los denominó « experience managers».
Alan imagina a su hotel convertido en un museo dentro de cientos de años. Una obra que lo sobrevivirá. «Es una ofrenda a la Ciudad.»
Es imposible que su parte mística se separe de los negocios. Motivos tiene Alan para creer en su método: Tierra Santa, su lugar de promisión en Punta del Este, la compró en 150 mil dólares hace una década. Hoy las propiedades de la zona tienen un valor que se acerca a los 2 millones de dólares. «Creo en la mente, y si ponés el corazón, todo te llega como te lo propusiste.»


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