Hollywood, multifacética, sólo tiene esquinas llenas de glamour

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Escribe Martín Garrido

Los Angeles es una fábrica de sueños porque el cine es la mitología de nuestro tiempo. Tiene varios escenarios de película pero son emblemáticos el popular Hollywood Boulevard y el exclusivo West Hollywood, que se funde con el vecino Beverly Hills. Son rostros tan complementarios y diferentes como la Luna y el Sol.

Para los que miran por TV

La ocupación preferida de muchos turistas, aunque no lo reconozcan, es buscar actores y actrices, no ya para pedirles autógrafos -lo que sería un quemo imposible- sino simplemente para verlos de cerca. Lo que llaman «star watching». Y Hollywood Boulevard es la Meca. Aunque en realidad los artistas difícilmente pasan por ahí salvo en la Noche de los Oscar que es uno de los megaeventos de la televisión global. Precisamente la nueva sala diseñada especialmente para la entrega de las estatuillas le devolvió la vida al barrio. Durante un largo tiempo era un lugar deprimido, no aconsejable para recorrer de noche. Incluso la tradicional ceremonia, que había nacido allí, se realizaba en otros lugares más distantes y seguros. Hasta que en los últimos años del siglo XX, por decisión oficial y dinero privado, se produjo un renacimiento espectacular. La base fue la creación de un nuevo complejo comercial, del que el Teatro Kodak forma parte, en la esquina de Highland y el boulevard. Todo tuvo que cambiar para que las cosas volvieran a su lugar y esta calle recuperara su lugar entre las tres primeras atracciones de Los Angeles con los estudios Universal y Disneylandia.
Días con huellas en el cemento
Al lado del nuevo complejo, se mantiene el Teatro Chino con las marcas de manos y pies de los más famosos justo enfrente del tradicional hotel Roosevelt, donde se hizo la primera entrega de los Oscar. Son pocos lugares, sólo 173 para los superstar, desde la primera Mary Pickford en 1927 hasta Michael Douglas junto a su padre Kirk. Allí quedaron las piernas de Betty Grable aseguradas en un millón de dólares de los de antes y no dejaron por el pudor de los 50 que Marilyn Monroe dejara estampada su cola en el cemento ni que Jane Rusell hiciera lo mismo con sus senos. En cambio Groucho Marx lo hizo con su cigarro.
18 cuadras estrelladas
Uno camina mirando hacia abajo no para buscar una moneda sino evitar pisar las figuras doradas del Walk of Fame a lo largo de 18 cuadras. «El camino de la fama» comenzó el 9 de febrero de 1960 con Joanne Woodward en la esquina de Highland Avenue. Luego se prolongó en ambas veredas. Son más de 2.000 figuras destacadas que se incrementan a razón de dos por mes. Un juego repetido es saber dónde está la figura preferida. Con sorpresas como la dedicada a los astronautas de Apolo 11 que se lo ganaron por su transmisión en vivo desde la Luna o Thomas Edison porque había inventado la manera de hacer películas en estudio. Como el proceso estaba patentado y para usarlo había que pagar, Cecil B. De Mille (que también tiene su estrella) decidió usar la luz natural en California donde los días con sol eran más constantes y alquiló un establo en desuso en 1913. Así nació el primer estudio en Los Angeles en el mismo lugar que hoy podemos visitar en el Hollywood History Museum a distancia peatonal del Hollywood Bowl.
La nostalgia alimenta la curiosidad. En el ex museo Max Factor se conservan las pelucas (toupees) usadas por John Wayne y Frank Sinatra, y en el dedicado a la lencería de Frederick's tenían hasta el bustier de Madonna entre otras prendas íntimas de las Diosas del Show.
El West, el otro Hollywood
El punto cardinal top en LA es el Oeste. Allí, en el West Hollywood, la Ciudad Creativa como se la autodenomina, vive, trabaja y se divierte la mayoría de los personajes más importantes de la industria del espectáculo. Es distrito pequeño, el número 84 de las ciudades que integran el Gran Los Angeles. Tiene menos de 40 mil residentes con 112 restoranes, entre ellos varios donde hasta los artistas van a mirar a otros artistas.
La vida nocturna es muy intensa y segura. Su calle más nombrada en su corto recorrido de mil metros es Sunset Strip con sus hoteles exclusivos y los bares y las discos más cotizados. En Sunset Strip tienen su hábitat 14 hoteles fashion (Mondrian, Standard, entre otros) o singulares como Chateau Marmont que durante años fue uno de los secretos mejor guardados para preservar la privacidad. La situación cambió en parte cuando John Belushi atrajo a la prensa al morir de una sobredosis en 1982, o con la película «The Doors» al mostrar a Jim Morrison subiéndose en su delirio a la azotea del sexto piso. Sin embargo nada había trascendido a la prensa cuando Elizabeth Taylor alquiló el penthouse para que se repusiera Montgomery Clift de su accidente casi fatal en 1956. La actriz, cuyo amor imposible era el actor homosexual, lo salvó de la muerte al liberar su tráquea arrancándole dos dientes con sus propias manos en el auto chocado. La misma suite cuesta 1.200 dólares la noche.
Las discos inaccesibles
La política de puertas con sus rebotadores o listas sólo para invitados se aplica en los restoranes y especialmente en las discos tipo Sky o Roxy. Hay que tener en cuenta que a West Hollywood van los artistas que viven realmente en LA y que muchas veces no son sólo habitués sino que suelen ser propietarios o socios de los negocios. El Viper Room, que pertenece a Johnny Deep, tiene una larga lista de escándalos que no impidieron (o quizá lo promocionaron) para que siga siendo uno de los clubes entusiasmantes (hip) según el diario «Los Angeles Times». El suceso más dramático fue la muerte en su vereda del actor River Phoenix en la noche de Halloween de 1993 por una sobredosis y, en 1996, Mick Jagger se enojó cuando quisieron retratar su abrazo con la actriz Uma Thurman y sus guardaespaldas lo golpearon al fotógrafo y le arruinaron las placas.
Esta disco, como sus colegas de estilo, tiene el encanto de lo difícil y eso aumenta las ganas de conocer el lugar. Hay artistas programados pero lo más singular pueden ser las presentaciones no previstas como cuando llegó sin avisar Bruce Springsteen y se puso a cantar.
Melrose avenue
Su avenida más atrayente es Melrose avenue con sus 30 cuadras de tiendas, bares y cafés. Es un lugar para estacionar el auto y caminar. Es donde Shirley MacLaine compra sus libros esotéricos y el director Spike Lee, fanático del básquet, vende su ropa deportiva. A pocos pasos, bajo el número 7963 está Carlitos Gardel con su menú de carnes y pastas y vinos de Mendoza. Hay tiendas para recordar cómo Wound and Wound con su idea fuerza «Uno no deja de jugar porque envejece sino que envejece porque deja de jugar».
Melrose está cruzada por Fairfax y un barrio ortodoxo judío donde hay una sala dedicada al cine mudo que cambia sus programas todos los viernes.
Hay muchas galerías y un amplio shopping, el Beverly Center con un Hard Rock Cafe con un gran cartel luminoso que cuenta el número de habitantes del planeta.
A metros, está una de las sorpresas más gratas, el bellísimo edificio de cristal del Pacific Design Center, al que llaman la ballena azul, obra del argentino César Pelli. Es un gigantesco show room con 200 expositores donde se puede elegir lo mejor en cada especialidad confirmando su fama de la capital del diseño del Pacífico.
La Noche del Oscar
Las dos caras de ambas Hollywood se encuentran al entregarse los premios legendarios del cine. En el Hollywood popular, en el gigantesco nuevo teatro, se desarrolla la ceremonia que se sigue en todo el mundo. Y en el West Hollywood, apenas termina la transmisión, se suceden las fiestas exclusivas. El superchef Wolfgang Puck se encarga del catering para el banquete principal con 1.600 invitados. Paralelamente está abierto su Spago en Beverly Hills para fiestas privadas, lo mismo que Morton de Chicago y los principales restoranes de LA. Hay personajes como Elton John, recién casado con su novio de siempre, que cobra a sus invitados mil dólares para donarlos a entidades de bien público y son numerosas las publicaciones como «Vanity Fair» que arman su gran nota. Es la noche del año y los principales protagonistas no son sólo los artistas sino los fotógrafos, paparazis incluidos, porque no hay nada más valioso que las tomas sin permiso.

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