Una porción de historia de la economía bonaerense en el relato de un ex "linaco"

Secciones Especiales

Argentina no escapa de la cultura cañamera y de su aprovechamiento como planta generadora de trabajo, productos y toda una rueda comercial afín. A lo largo de la historia tanto a nivel nacional como global, el cáñamo fue y es todavía objetivo de polémicas de toda índole y tipo. Actualmente, en varios estados del mundo, se sigue prohibiendo su uso a pesar de evidenciar las generosas posibilidades agroindustriales que se pueden desprender de su cultivo. Argentina posee una rica historia cañamera; entonces, por qué no retomar un cultivo tan noble.

La relación cáñamo/Nación comienza en los albores del año 1797, época en que Manuel Belgrano escribe una memoria para la corona española sobre el virreinato de Buenos Aires y las utilidades que podía obtener la economía del cultivo del lino y del cáñamo, por la que encarga a los virreyes y gobernadores en el nuevo mundo el “sembrar y beneficiar en las Indias lino y cáñamo, y procuren que los indios se apliquen a esta granjería y entiendan en hilar y tejerlos”. Durante la década de 1930, en el país existían lo que eran las zapatillas con suela de cuerda de cáñamo fabricadas por dos marcas que son aún hoy muy reconocidas como Rueda y James Smart. Si bien eran muy rudimentarias, se estaba logrando innovar con un material muy abundante en la época. De hecho, tenía muy buenas prestancias. Según sus fabricantes, eran muy cómodas y para cualquier ocasión.

Si de revisión histórica se trata, es menester rememorar el caso de la mayor productora de cáñamo industrial de Argentina. Hace ya algunos años, exactamente en 1941, comenzó a existir una compañía agroindustrial llamada “Linera Bonaerense SA” fundada por Jules Steverlynck. Estuvo ubicada en Jáuregui, a 20 km de la localidad de Luján, prov. de Bs. As. que comenzó en la década de los 50, sembrando y cultivando cáñamo industrial, convirtiéndose así en la mayor firma a nivel nacional en utilizar los beneficios del cultivo cañamero.

La Linera Bonaerense fue una empresa dedicada al cultivo y tejido de lino. Aunque, a los pocos años, introdujo la planta de cáñamo ya que tiene similitudes con el lino en varios puntos. Se sembró con semillas provenientes de Bélgica como de Chile y pudo cosechar anualmente hasta en 400 ha, entre campos propios y otros arrendados. Para darnos una visión verídica del emprendimiento está Pampin, quien dedicó 36 años trabajando en la Linera. Nos cuenta, entre las ruinas y el desguace de lo que fue antaño la fábrica, que el inventor y fundador de la compañía, Don Julio, como le decían cariñosamente, era un tipo severo e inteligente. “La idea de él era poblar el lugar a base del trabajo genuino, la seguridad de la familia y el respeto hacia las instituciones. Al lugar fue moldeándolo hacia un pueblo autosuficiente e independiente”, nos comenta el ex “linaco”, como se hacen llamar los extrabajadores de la Linera. Y agrega detalles: “Había dos tipos de cáñamo cultivado: para fibras, plantado en surcos que servía, entre otras cosas, para la fabricación de estopas y fibras largas que se vendía en rollos; para semillas, que se plantaba al voleo, aunque no fue la variedad más utilizada, ya que no dejaban madurar los simientes, sólo se utilizaba para sembrar el año siguiente”. El lema era que no hubiera desechos y así lo esclarece Pampin. “Las partes que no servían como fibras -llamada cañamiza- se mandaban para la fabricación de aglomerados Linex”. Este producto último, toda una novedad para la época.

La producción de la empresa estaba destinada tanto al mercado externo como interno, vendiendo distintos tipos de rollos de hilados directamente a representantes y mayoristas de los grandes centros urbanos, como Rosario, Córdoba o Mendoza. Entre los principales clientes estaban las grandes tiendas, como Harrod’s, Gath&Chaves entre otras casas de indumentaria. En la Linera hasta se inventaron máquinas especializadas para la cosecha de la planta de cáñamo, ya que no había disponibilidad tecnológica en el país. “Los tallos eran demasiado gruesos y la que había no funcionaba”, cuenta con aire jocoso el extrabajador Pampin y agrega algo esclarecedor: “Acá era todo experimental”.

La Linera daba trabajo a 850 operarios fijos, además de otros 2.000 que se ocupaban en épocas de cosecha de cáñamo, llamados golondrina. Hasta principios de los años 70 el cultivo y el proceso industrial que llevaba a cabo la Linera era muy satisfactorio. De hecho, para mediados de los años 60, el cáñamo empezó a formar parte y cotizar en los valores del mercado central de materias primas. En este punto hay que pensar que el cultivo cañamero sobrevivió a varios tumultos sociales políticos y económicos en el transcurso. Sin embargo, llegó el año 1976 y la empresa que estuvo trabajando en la siembra, cosecha e industrialización del cáñamo sufrió la acérrima prohibición que se apoderó del momento y el Gobierno militar de aquellos años decidió hacer desaparecer de raíz la mayor y última fábrica cañamera del país.

La decadencia de la empresa Linera coincide primero con la bajada de línea del Convenio sobre Sustancias Psicotrópicas de 1971, celebrado en Viena, el cual incluyó a la molécula THC, y por ende a la planta de cannabis, en la lista 1 de sustancias prohibidas. Aunque, valga ser resaltado, en el cáñamo se hace la excepción si el fin es para cultivo industrial. Sin embargo, nuestra clase política optó por tomar la parte más prohibicionista del convenio. Otra segunda premisa importante para la caída del cáñamo fue el reciente conocimiento colectivo y desmedido de aquellos momentos sobre el consumo alucinógeno que posee la planta; dieron sentencia final a la ya decadente industria cañamera nacional. Alrededor de 1972 comenzaron a verse movimientos ajenos y extraños por el lugar, “... empezaron a ver muchachitos dando vuelta por el pueblo. Venían en auto y preguntaban por los cultivos de la Linera. Además, llegaban en tren y volvían con los pantalones todos empapados y con bolsas de consorcio a su lado”, comenta el “linaco” y agrega: “Nosotros no sabíamos que se podía fumar. Crecía como yuyo por todos lados. Se denota que los cúmulos florales no contenían THC, porque decían ser de baja calidad. Hasta ese entonces no había registro del uso lúdico de la planta, sino que todo era para uso industrial y producción. Otro factor que propició la aniquilación de la industria de cáñamo nacional fue la apertura a productos del exterior. Los derivados del petróleo o inclusive el algodón fueron indispensables para someter al cáñamo. “El cultivo cañamero siempre estuvo en progreso, de hecho cada vez se plantaba más. Un causante de la caída del cáñamo fue el teflón”, concluye Pampin.

Luego de tener varios años de experiencia con cáñamo industrial en nuestra tierra, siendo pionero en algunas ramas y experimentando en otras, poniendo en marcha toda una rueda agroindustrial, con un gran potencial por explorar, se le puso fin de una manera arbitraria y de invisibilización. En aquel contexto de crisis y en plena transformación, la situación política nacional y los acuerdos internacionales decantaron en la suspensión definitiva y total de uno de los cultivos más provechosos que la humanidad pudo conocer. Todavía, obvio, estamos a tiempo.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Temas

Dejá tu comentario