23 de julio 2001 - 00:00

Los chicos del cable

Los chicos del cable
ADAM COHEN

O tal vez se trate de la primera; eso depende de la respuesta que dé AT&T a la espectacular oferta que incluía el hacerse cargo de las deudas de las operaciones de cable de AT&T, la cual atraviesa serias dificultades a pesar de ser actualmente la empresa estadouni-dense más importante del sector. Si Comcast logra su cometido y añade a su lientela de 8,4 millones de usuarios los 13,5 millones de AT&T, dará servicio a un importante porcentaje de los 100 millones de hogares estadounidenses, y sacaría una ventaja de 9 millones a su inmediata competidora, AOL Time Warner (propietaria de TIME). La compra completaría también la impresionante trayectoria de los Roberts, un padre e hijo que se han convertido en magnates de los medios de comunicación y que han orquestado sigilosamente la impresionante subida de Comcast.

En el impenetrable y competitivo mundo de las operadoras de televisión por cable, en el que siete empresas acaparan el 90% del mercado, los Roberts pueden presumir de algo poco corriente: caen bien a casi todo el mundo. Ralph, el patriarca de 81 años, cuenta con una pintoresca trayectoria profesional en la que, además de su paso por el mundo de los cinturones, fue vice-presidente de Muzak, una compañía de música ambiental. Adquirió la franquicia de cable en Tupelo porque al pasar un día por dicha población, alguien le comentó jugando a los dados que el ayuntamiento la iba a poner en venta al día siguiente.

Roberts pasó la época de las vacas flacas de la televisión por cable. En aquel entonces, la programación era una especie de MTV de la edad de piedra, con un pececito en una pecera redonda y música de fondo. Para captar lientes, llegó a regalar productos para limpiar el calzado. Roberts comenzó la expansión de su empresa por el sur de Estados Unidos, y luego en otras zonas del país. Más adelante, Brian obtuvo ingentes benefi ios invirtiendo en la cadena de teletiendas QVC, y la mayoría de las acciones de los equipos de hockey y de baloncesto de Filadelfia, además de los derechos locales de la retransmisión por cable. Un éxito de la noche a la ma-ñana, aunque le llevara más de 30 años conseguirlo , dice Jim Boyle, Director general de First Union Securities.

Ralph Roberts ha sabido colarse agazmente en la lista de la revista Forbes de los 400 estadounidenses más ricos. Es uno de los dueños de dos equipos deportivos importantes que pasa más desapercibidos, y ha prescindido de lujos como yates y casas de veraneo. Es el archimillonario más discreto y menos arrogante que he conocido en mi vida , comenta el que fuera alcalde de Filadelfia Ed Rendell. Pasó de vender cinturones a er un magnate de la alta tecnología sin cambiar de personalidad .

Los Roberts son propietarios del 2% de las acciones de Comcast, pero ese 2% comprende el 86% de las acciones con derecho a voto de la empresa. Su compañía nunca ha tenido que sufrir las consabidas guerras de sucesión que suelen afectar a las empresas familiares. Siempre estuvo claro que el heredero era Brian. Ninguno de sus dos hermanos y dos hermanas quisieron saber nada del negocio. En cambio, Brian lleva ayudando a su padre desde la edad de 13 años, cuando vio una errata en un prospecto de la empresa antes de que saliera a Bolsa en 1972.

Ralph obligó a su hijo a escalar hasta la cumbre de la pirámide empresarial por us propios medios. Brian, que cursó us estudios en la Escuela de Negocios de Wharton de la Universidad de Pennsylvania, trabajó para Comcast en Trenton (Nueva Jersey) instalando cable y como vendedor a domicilio después de haber desempeñado otros trabajos de verano. Creo que cuando vine a Trenton terminó para mí el sueño y comenzó la realidad , dice Brian. Pasó dos años en Flint (Michigan) para luego regresar a Trenton como gerente de la empresa, que entonces tenía 40 empleados. Con el tiempo, Brian fue ascendiendo hasta convertirse en presidente de Comcast en 1990.

Brian, que es un consumado jugador de squash, pega más fuerte que su padre. Fue Brian quien, en 1997, tuvo las agallas para pedirle a Bill Gates en una cena informal que invirtiera 1.000 millones de dólares en Comcast. Y lo logró. Por aquel tiempo Microsoft se convirtió en el principal inversor de Comcast, un factor crucial en el éxito de la empresa.

A sus 42 años, Brian siempre ha estado dispuesto a pelear cuando lo exigieron las circunstancias, y en el ector del cable esto está a la orden del día. En 1994 él y u padre truncaron el plan que había preparado Barry Diller para fusionar a QVC con CBS porque no querían ver mermada su influencia en la cadena de teletiendas, y destituyeron a Diller como presidente de QVC. En 1997 Brian protagonizó un acalorado enfrentamiento con John Malone, el cacique de Liberty Media, cuando trató de comprar acciones de TCI del patrimonio legado por Robert Magness, fundador de la compañía y antiguo mentor de Malone.

Arrebatarle a AT&T su división de cable sería una dulce venganza. Los Roberts estuvieron a punto de comprar MediaOne en 1999, y AT&T le quitó el caramelo de la boca. AT&T ofreció 62.000 millones de dólares, cifra que superaba en varios miles de millones la oferta de Com-cast. Pero lo más dulce de la venganza es que ahora Comcast podría hacerse con toda la división de cable de AT&T (con MediaOne incluida) por más o menos el mismo dinero que AT&T desembolsó por MediaOne. Comcast desmiente insistentemente que se trate de una venganza y alega que su intención es ólo obtener uficiente público para poder influenciar la programación y hacerse con empresas más importantes.

¿Se llevará a cabo la opera-ción? Las máquinas de crear riqueza siempre parecen terminar en manos de quien sabe sacarles más provecho, y Comcast es una empresa ciertamente capaz. La división de cable de AT&T está atravesando un mal momento, y tiene un margen de beneficio de sólo un 16%, frente al 42% de Comcast. Si Comcast logra aumentar los 8.000 millones dólares de beneficios anuales de ATT&T por cable a unas cifra estratosféricas similares, podría sacarle otros 2.600 millones de beneficio anual. Pero Brian Roberts reconoce que semejante cifra puede estar fuera de su alcance, y ha fijado los objetivos de Comcast en la mitad. (La división de cable de AT&T posee el 25% de Time Warner Entertainment, que es a u vez una división de AOL Time Warner.)

Pero esto no significa que AT&T esté dispuesta a vender. Michael Armstrong, el asediado presidente y supuesto alvador de la antigua Ma Bell ha visto como las acciones perdían el 41% de su valor con respecto al pasado año. Armstrong ha apostado fuerte por el cable, como parte importante de su estrategia a gran escala para convertir a AT&T en una empresa integrada capaz de prestar servicios de telecomunicaciones, Internet, cable y telefonía móvil. Pero ahora Armstrong ha decidido dividir Ma Bell en cuatro ectores. Según parece, pretende asumir personalmente el mando de la unidad de cable, si es que sale a bolsa tal y como está previsto.

Pero es posible que ni siquiera tenga esa oportunidad. Si los grandes inversores de AT&T otorgan su confianza a Comcast, tal vez presionen a los directivos para llevar a cabo la compra. Con Comcast, los accionistas obtendrían algo más que dinero: dos de los directivos más astutos del ector. Y en una era en que la tecnología de las comunicaciones cambia a una velocidad vertiginosa, conviene fiarse de una familia que supo en su día escoger el momento preciso de abandonar el negocio de los cinturones y los gemelos.

-Informe de Eric Roston y Julie Rawe/Nueva York