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Un argentino en el estadio de Chicago Bulls
El United Center, el estadio donde juegan los Chicago Bulls. Los partidos son apenas una parte de la diversión: hay bailes, concursos, números musicales. Y comida de lujo "non stop" si tiene la suerte de haber sido invitado a una de las "executive suites", que se alquilan a u$s 3 millones por año.
Para llegar a este paraíso deportivo-gastronómico habrá que entrar por el Gate 6 1/2, una pequeña entrada exclusiva, ubicada discretamente junto al ingreso general, y por la que se accede a un lobby con escaleras y ascensores. Un ujier lo llevará hasta la puerta de la suite, en cuyo interior encontrará un placard para los abrigos, un baño de lujo, un juego de sillones, dos pantallas gigantes de TV de plasma, una mesa ratona y un mueble de granito negro sobre el que se acomodan bandejas para mantener la temperatura de los platos calientes.
La cuarta pared, obviamente, es de vidrio, lo mismo que la puerta que conduce a los asientos propiamente dichos, tres hileras de seis butacas de cuero negro cada una. Es bueno llegar casi una hora antes del partido: hay tanto para ver y descubrir en el estadio y entre la gente, que sería una pena perdérselo arribando sobre la hora.
El entretiempo de 15 minutos también es una buena ocasión para explorar el estadio más allá de la zona restringida de las suites. Para poder retornar, otro ujier estampará un sello invisible en el dorso de la mano del espectador. Escaleras abajo encontrará la única área en la que se puede fumar.
El «gift shop» ofrece chucherías varias con los colores y los símbolos de los Bulls; lo más caro es la camiseta original, que se vende a u$s 170; la réplica, muy parecida pero de otro material, cuesta «módicos» u$s 56 más tax. No se preocupe por perderse algún número de las bellas «Love-a-Bulls», las «cheerleaders» de los locales: sus bailes los reservan para intervalos más breves (los «time outs» del partido), cuando los espectadores no abandonan masivamente sus asientos en busca de los puestos de comida y los sanitarios.
De vuelta al match; un pequeño grupo, allá arriba, exhibe una bandera y camisetas argentinas. Están allí por Nocioni, que todavía está adaptándose a la nueva liga. La gente, a pesar de que el jugador de la selección nacional aún no despliega todo su potencial, parece apoyarlo en forma casi incondicional.
El espectador es abrumado por una pila de papeles que le entregan al entrar: son promociones y premios -por lo general, de empresas de comida rápida- que se irán dilucidando en varias de las múltiples interrupciones que tiene el partido. Uno de los cupones anuncia que si los Bulls marcan más de 100 puntos y ganan, habrá un Big Mac para cada uno de los más de 16.000 asistentes esa noche. El local va ganando por diferencia, pero les faltan apenas dos puntos para premiar al público con la hamburguesa. Nocioni toma la pelota fuera del arco de los tres puntos y ensaya un triple. Emboca, y el estadio estalla en una ovación: tres puntos para los Bulls, para Nocioni y Big Mac gratis para todos.
A la salida, los argentinos hacen cola para tomarse una foto con la reproducción a tamaño natural de todo el plantel de los Bulls (Nocioni está justo en el medio). El taxi los espera para devolverlos a la «Magnificent Mile» o para llevarlos a cualquiera de los numerosos clubes de jazz que se agrupan en el Lado Sur, perfectos para cerrar una noche espectacular. El preferido de los turistas (no necesariamente el mejor) es el «House of Blues», pero es mejor preguntarles a los «chicagoans» dónde, esa noche, está el mejor show.


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