1 de diciembre 2000 - 00:00

Muestra jesuítica inaugura atractivo proyecto educativo

Un Cristo jesuítico.
Un Cristo jesuítico.
En el edificio neoplateresco del Museo Fernández Blanco se exhibe «Misiones Jesuíticas Brasileñas», muestra de piezas escultóricas y fragmentos arquitectónicos realizados en los siglos XVII y XVIII por los indios guaraníes. La exposición de este mismo conjunto de tallas policromadas en el Petit Palais de Paris fue considerada una de las grandes muestras del año, pues reúne la mayor cantidad de obras de las Misiones que se conservan en la actualidad, dado que las ejecutadas en las más numerosas reservas argentinas perecieron en el fuego casi en su totalidad.

Con su serena belleza, la espiritualidad de estas esculturas pone en evidencia el mérito de la labor pedagógica de los jesuitas, capaz de hacer aflorar el talento artístico. Si bien en los trabajos predomina el estilo Barroco europeo, modelo que se impuso imitar, su originalidad habla a las claras de la imaginación de sus creadores, que llegaron a incorporar símbolos de su propia cultura guaraní.

Lo cierto es que sin perder de vista su objetivo de catequizar y colonizar, los jesuitas eligieron impartir educación a través del arte y los resultados están a la vista. Arte Viva, institución dedicada a crear un puente cultural entre los países del Mercosur que presenta este valioso patrimonio proveniente del Museo de las Misiones de Río Grande do Sul y que preside Frances Reynolds Marinho, también está abocada a inaugurar un proyecto educativo a través del arte y comienza a abrirse hacia una geografía coincidente con el de las Misiones Jesuíticas.

Agustina Cavanagh de Arte Viva y María del Carmen González, del Museo de Arte Moderno de Nueva York, trabajaron sobre la base del Programa de Pensamiento Visual desarrollado por el departamento de Educación e Investigación MoMA, para adaptarlo a las necesidades argentinas. La primera experiencia piloto, luego de capacitar a los maestros se va a inaugurar en el segundo semestre de 2001, en ocho escuelas públicas y privadas de la Nación y la Ciudad de Buenos Aires.

La verdadera importancia de este proyecto en los tiempos que corren y en un mundo penetrado por imágenes de todo tipo, trasciende la de enseñar a ver arte y recae en la necesidad fundamental de educar la mirada. Sucede que hasta ayer los conocimientos se transmitían a través de los textos que gente aprende a analizar desde su infancia.

Se enseña a leer y a descifrar los contenidos de un libro, pero ahora, el aprendizaje y la información se difunde a través del flujo permanente de imágenes, que como sucede con los cuadros, ya que el arte participa de esta misma categoría, no se «leen» del mismo modo que un texto porque su lenguaje es diferente.

¿Por qué no se desarrolla la capacidad de «leer» una imagen y sí la de leer un libro? Para entender el lenguaje visual se necesita un grado de formación que muy pocos poseen. El interés de esta enseñanza consiste en capacitar a las personas para poder determinar qué es lo pasa frente a sus ojos y cuál es el significado de imágenes que, en ocasiones, llegan incluso a anular o contradecir la palabra verbal o escrita que las acompaña.

Por su propia condición, la explicación de una imagen siempre es subjetiva y ambigua, dificultad que plantea la frase de
Platón: «Los productos de la pintura parecen tener vida, pero si le hacemos alguna pregunta, guardan un grave silencio». El programa del MoMA trabaja con esa ambigüedad, pero brinda un método que permite interpretar la imagen, expresar las deducciones, sensaciones, sentimientos y razonamientos que inspira, forjar una narración fundada en lo que comunica y diferenciar el acto de observar del de pensar.

El sistema de aprendizaje comienza formulando, primero frente a imágenes de fuerte contenido narrativo y en una etapa posterior, ante las abstractas, tres preguntas de inspiración casi filosófica: «¿Qué piensas que ocurre en esta imagen? ¿Qué ves en esta imagen? ¿Qué ves que te hace pensar eso?»

En suma, lo que cualquier crítico de arte se cuestiona frente a una obra de arte al iniciar un proceso de reflexión y lo que unos pocos se preguntan de modo intuitivo. La gran diferencia de este programa es que la imagen es sacada de su contexto social, histórico y cultural, hasta el punto de no citar autor ni título de la obra de arte, con el fin de impedir que el sujeto la encasille en su propia red de prejuicios estéticos. Se trata de dejar de observar pasivamente el mundo y de «mirarlo con ojos nuevos» para poder pensarlo con autonomía.

El universo de las imágenes de Platón se reducía a algunas pocas obras de arte, no existía la abrumadora cantidad que acosa al hombre de nuestro tiempo. Ahora bien, se puede criticar la cultura de la imagen, pero lo cierto es que nadie puede sustraerse a su presencia y lo ideal sería ejercer control sobre su efecto invasor.

Se debe tener en cuenta que la copia de la realidad que brinda una imagen nunca es totalmente verídica. El espectador puede mirar directamente el mundo, pero además existe el virtual, que no es real sino apenas un reflejo del verdadero, aunque se le parezca. Estas reproducciones o duplicados, más o menos deformados o aproximados de la realidad, pasan ante los ojos de las personas suscitando sensaciones, evocaciones, sentimientos y razonamientos con la virtud y el riesgo de la inmediatez, confundiendo la sólida y estable visión de la realidad.

«Ninguna imagen es inocente», asegura Régis Debray, quien analiza los cambios que provoca en el hombre y plantea una cuestión política: «¿quién supervisa las imágenes y con qué fin?». Hoy, sólo unos pocos iniciados pueden desentrañar cómo se articulan las imágenes con los relatos con una determinada estética, que contribuya a propiciar un mensaje también determinado. Hasta el punto que para acceder a la complejidad del arte moderno, el público necesita cada vez más de la intermediación del crítico. «Saper vedere», el lema del visionario de Leonardo, se ha tornado un imperativo de los tiempos que corren.

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