Montado en un viejo Chevrolet, un antropólogo que acaba de perder a su compañera hace un largo viaje por pueblos de la Puna jujeña escuchando jazz moderno, mientras reflexiona sobre la vida y la muerte y se hace preguntas sobre la investigación que lo lleva a pueblos lejanos como Cochinoca. Como en una mezcla de road movie wendersiana y documental de Jorge Prelorán, el protagonista quiere saber más sobre un personaje mitológico del que hay referencias desde antes de la llegada de los españoles. Es el Despenador, un personaje que se le aparece a los enfermos que no terminan de morir para hacerlos fallecer con un abrazo que les corta la respiración y les quiebra el espinazo.
El director Miguel Kohan podría haber hecho un documental pero prefirió una estructura de ficción que sirve para que el personaje central conduzca al espectador por lugares increíbles y testimonios genuinos de lugareños que hablan sobre cosas siniestras con total naturalidad, demostrando una naturaleza totalmente diferente de la de los habitantes de centros urbanos. Entre las escenas culminantes hay una antigua iglesia sin cura, cuya llave la tiene una señora que anda en cuatrimotor que relata cómo el guano de los murciélagos del techo de la capilla anuncia una muerte, o el flequilludo miembro de un club deportivo que habla de manera espontánea sobre el “contagio de la muerte”, o sea cuando un difunto quiere llevarse a un ser querido al Más Allá. El desenlace es un poco difuso pero a lo largo del viaje hay grandes momentos visuales y un climax con la corrida de toros de la Vincha donde no se matan toros y solo arriesgan su vida los improvisados toreros.
“El despenador” (Argentina, 2022). Dir.: M. Kohan. Int.: R. Fleita, E. Paz, A. Mosca.
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