Visita a los Mursi, un viaje al interior de Etiopía

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• EN PRIMERA PERSONA
La vida de la tribu africana desde adentro. Un recorrido por 200 dólares al día que muestra el choque de culturas, pero la universalidad de los gestos. Las vacas y las AK47 los bienes más preciados. Un riesgo que vale la pena correr.

Mochila, cámara, teléfono satelital, baterías extra, anteojos, dólares y birrs -plata-, la Petzl, pilcha y remedios, GPS y mapas, diccionarios...

Esta es la rutina que desde hace muchos años hacemos con mis esposa para recorrer los lugares más inhóspitos del mundo. Cuando digo muchos, son como 40, cuando hicimos juntos desde la boca del Amazonas hasta Mato Grosso, cerca de la frontera con Paraguay. En aquel entonces gastábamos 5 dólares por día cada uno. Se extraña. Ahora son 200 dólares, claro que con 4x4, chofer, guía y "all included" o lo que sea que eso vaya a significar. Estamos en el Paradise Lodge (por la vista al lago Chamo, se merece el nombre, pero cuidado no te caigas al precipicio), en Arba Minch, Etiopía, continente africano y la idea es visitar a la tribu de los Mursi de Domogi, 140 km al oeste en línea recta. No parece mucho, pero en caminos africanos significan -si no llueve, no pisamos a nada ni a nadie, no nos cortan la ruta, no hay inundación ni incendio- al menos 19 horas, con apenas dos paradas: almuerzo en Weito (la "injera" -pan estilo panqueque-, más picante que de costumbre) y noche en Jinka. Y recién mañana, los Mursi.

armas. La riqueza se mide en vacas. Un rifle, por ejempo, cuesta 10 vacas.

El camino, parte asfalto, tierra o inexistente, como en toda el África negra (para ponerlo políticamente correcto, subsahariana). Primero selva y montañas y siempre miles de personas caminando a toda hora por la ruta -en medio y al costado- junto a millones de cabras (los etíopes son más de 107 millones de almas, las cabras... quien sabe). Después el desierto, más desierto que el de Santiago del Estero a pesar de que estamos en la época lluviosa. Ahora solo cruzamos de tanto en tanto algún hombre y sus vacas, rectos, más oscuros que el carbón, en una mano el "igigor" banquito/almohada -es que como en Santiago parece que el deporte nacional es la siesta bajo una planta- y en la otra, los más pobres un bastón, los demás un AK-47 ruso (le preguntamos a Ephrem, nuestro guía, si llevan balas, parece que sí). Estamos algo cansados, el paisaje empieza a hacerse aburrido y ya ni siquiera los esporádicos mega proyectos de cultivo chinos (caña de azúcar) nos llaman la atención. Jinka es una ciudad escuela y hospital, centro del Omo Valley. Más allá de esto, nada para decir.

A las 6 de la mañana de nuevo en la ruta. Ephrem viene de la Iglesia -todas las mañanas se viste y a las 4 va a rezar-. Un consejo: asegúrese que su cuarto no dé nunca del lado de un templo ortodoxo o una mezquita. Me equivoqué, esta nublado pero los alrededores de Jinka valen la pena. Un poco más adelante paramos. La vista sobre el valle del Río Mago la pongo a la misma altura de las que se pueden disfrutar en el cañón del Colca (Perú), el Cobre (México), Fish River (Namibia), el Grand Canyon (EE.UU.). (Por si hace falta, aclaro que sí, me gustan los cañones y las montañas). De ahí caemos al fondo, es un pantanal y la Toyota lo siente. A la hora nueva parada en medio de la nada. ¿De la nada?, ¡minga!, en un instante estamos rodeados por soldados. Hombres y mujeres. Sonríen, les regalamos agua. Uno se sube a la chata y se sienta al lado mío, el fusil es demasiado grande y lo saca por la ventana. Solo habla amárico (el idioma nacional de Ethiopia). Desde ahí tengo prohibido sacar fotos o filmar y va en serio.



Cruzamos el río Mago, apenas un riacho, pero en esta época inunda todo. Comienzan a aparecer los primeros Mursi. Sinceramente dan miedo, aun estando junto al soldado y Ephrem que habla algo del idioma. Mikel, el driver, casi siempre sonriente hace rato dejó de hablar, no quería venir. Llegamos al otro lado del valle y empezamos a subir las montañas Ilili. Aparece el río Beley y ahí doblamos al sur (cada tanto pispeo el GPS). Ephrem conoce bien el camino, es el segundo guía en abrir esta zona a los "haranchi" (blancos) y ya tiene más de 20 años de experiencia. No es el más barato, pero tiene la fama de ser el mejor.

Paramos y los cuatro afuera. Hay un orden, primero Ephrem, Claudia, el que escribe y cerrando el soldado con el rifle en la mano. Mikel no se quiere bajar. Caminamos hacia la aldea, muchísimo barro. Algo alejados veo un grupo de hombres, Ephrem me dice que no los mire, están armados.

Trueque

No más de 20 chozas, algún perro flaco y los acostumbrados bidones de plástico para traer agua. Se acerca una mujer a hablar con Ephrem. Sonríen. Se cortó el hielo. Inmediatamente un grupo de chicas rodean a Claudia. Quieren trocarle el collar que compró hace unos días en Omo Rate por lo que sea. No tienen nada, así que se ofrecen a posar para las fotos. Claudia rechaza el convite, pero está todo bien, las sonrisas no se pierden. Empezamos a caminar entre las chozas y las mujeres, con o sin los chicos, -en el pueblo solo queda un viejo para controlar, el "komoru" o brujo- se ofrecen a posar por módicos 5 Birr cada una, en pesos a un dólar a 40 esto es $7. Conocemos el ritual y a esta altura lo disfrutamos. Ellas también. La cuestión es ser lo más equitativos posibles y respetuosos. Que estén todos semidesnudos ya no nos da tanta vergüenza, en una economía de trueque esta plata es prácticamente el único efectivo que reciben y la temporada viene algo floja. Nos invitan a un par de chozas. Con mis kilos apenas pasó por la puerta. Adentro una estera (china), un par de frazadas que usan para cubrirse (chinas), unos "calabage" para café y nada más. Son seminómadas así que cuanto menos mejor. La riqueza se mide en vacas y las vacas tienen patas. Una esposa 38 vacas (que se repartirán según una escala predeterminada entre los parientes de la mujer), un rifle por 10 vacas, una carga de municiones por 1, y así sucesivamente. La comida, básicamente sorgo, maíz y leche, sangre y excepcionalmente carne de las vacas. No hay jefes si bien la sociedad esta estratificada por "edades"/responsabilidades, con los más ancianos (que no son necesariamente los más viejos) integrando el consejo.

aldea. En el lugar no hay más de 20 chozas.

Ephrem nos avisa que es hora de partir. Queremos comprarles algo. Lo único que tienen para ofrecernos son los "debhinya", los discos de cerámica que se colocan las mujeres en el labio inferior. Dicen que la costumbre empezó como una forma de evitar que los esclavistas se lleven a las mujeres y terminó siendo una manifestación de belleza. Si bien son una expresión de adultez, no son obligatorios, vimos unas pocas mujeres sin ellos (la vida en el valle del Omo está cambiando). Cuando una chica esta cerca de los quince años, le dice a su madre que está lista y esta le corta el labio y le saca los dos dientes frontales. De a poco van poniendo discos más grandes hasta que se colocan los de 10 cms de diámetro. Impresionante, pero no podemos dejar de pensar en las accidentales que se colocan bótox. La diferencia es que lo de las Mursi tiene un origen práctico (los aros de las orejas los inician cuando quieren). Compramos dos discos y nos vamos

La verdad es que la experiencia terminó siendo mucho más agradable de lo que todos nos anticipaban, tal vez por Ephrem, tal vez por ser morochos, viejos o latinos.



Cuando subimos a la camioneta le preguntamos a Mikel porque tanto miedo. En diciembre pasado, un camionero pisó a uno de los hombres de la tribu, pero pudo escapar. Los Mursi no se inmutaron, al día siguiente bajaron al pueblo más cercano y mataron a 15 hombres antes de volver a desaparecer en la selva. Ephrem asiente.

Tuvimos suerte (¿lo recomendamos? sin ninguna duda).

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