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15 de junio 2026 - 16:45

Viaje hasta el umbral del arte abstracto

En su nueva muestra en Vasari, Fabián Burgos abandona la precisión geométrica para explorar el vuelo de los pájaros como metáfora de la libertad, la incertidumbre y el regreso a la abstracción.

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Pájaros negros, 2026. Óleo sobre tela, 211 x 144 cm. 

La exposición que inauguró Fabián Burgos (1962) hace unos días en la galería Vasari, posibilita una extraña experiencia: acompañar al artista en un viaje de ida y vuelta con final abierto. La trayectoria atraviesa un camino que va desde la abstracción geométrica a la figuración para, regresar finalmente a la abstracción, aunque sólo hasta el umbral. Conocido por sus bellas y rigurosas geometrías, Burgos pintó para esta muestra, una serie de bandadas de pájaros. Durante el recorrido de la exhibición, el tema, el vuelo de los pájaros, coincide con la libertad reciente de su proceso creativo. A partir de las diversas trayectorias de los pájaros cruzando la profundidad de los inmensos cielos de colores azules, rojos, celestes, amarillos, rosados y hasta blancos, abandona la estricta precisión formal de la geometría y la infalible perfección de las líneas. Desde luego, la búsqueda del movimiento es una propuesta afín a sus abstracciones. En el arte cinético la obra deja de ser estática y depara experiencias dinámicas al espectador.

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Las imágenes de esos vuelos resultan apacibles. Pero desde lejos. Al acercarse para contemplar esos pájaros, casi todos negros, la dirección errática de cada uno de ellos, desconcierta. Hay unos que chocan contra otros. Y hay, también, algunos que vuelan en fila y en la misma dirección, configurando una perfecta línea recta. Y vaya a saber a dónde van, su destino es incierto.

No cuesta nada asociar esas bandadas con las multitudes. Así regresa el sentimiento de incertidumbre. Frente a las dudas sobre el destino del vuelo, el propio artista confiesa: “Yo mismo no sé a dónde voy, tampoco sé cómo me afecta las cosas que pasan”. Pero no niega que las pinturas sean expresiones o respuestas inconscientes a ese mundo que no cuestiona y ni siquiera mira. ¿Acaso no le interesan los acontecimientos que lo rodean? No. Sencillamente, no tiene tiempo para analizarlos, pinta de sol a sol.

Frente al mundo ordenado del cual proviene, el universo de la geometría, Burgos pinta el desorden. Antes, el dominio absoluto del color y las formas, sumado a un gran oficio, brindaba certezas y la seguridad de estar en el rumbo correcto. Ahora, la pintura “Pájaros negros” se aleja del movimiento de la abstracción geométrica y de la abstracción lírica también, recupera el poder de choque visual de la serie “Velocidad”, pero se trata de una abstracción diferente, blanda.

En “Velocidad”, las bandas geométricas horizontales funcionan como autopistas donde fluye el ímpetu del color y se vuelve luminoso, aunque después se esfuma para volver a brillar. Roland Barthes habla del color “como una especie de éxtasis”, por su poder avasallante. Las pinturas de la serie “Velocidad”, incluso los murales de Burgos, provocan ese éxtasis. Lo suscita, en este caso, el color en una alianza perfecta con la forma. Ahora va en busca del encuentro del color, la forma y la acción de volar. No es la primera vez que Burgos escala las alturas. Desde lo alto cubrió por entero el frente del edificio Del Plata y también otros tres en Miami. En esas inmensas pinturas, los colores se desplazan como ráfagas con diversas secuencias de intensidad y suavidad cromática. En el vibrante acontecer de esas pinturas abstractas, varios colores parecen volar, rítmicos, por las bandas geométricas.

En el texto del catálogo de Vasari, Lara Marmor, señala: “Las nuevas pinturas se alejaron de la trama desbordante de erudición y obsesión en las que estaban urdidas las abstracciones. Quedaron atrás las asociaciones y tretas conceptuales para citar, reapropiarse o deconstruir piezas admiradas de artistas como Jesús Rafael Soto, Bridget Riley, Piet Mondrian y Max Bill, entre tantos de una larga lista. Lo esencial era captar la experiencia metafísica que le generaban”. Burgos responde que es totalmente consciente de estar “sustrayendo el alma” de estos grandes maestros. Ahora pinta sin excusas, algo que se adivina cercano a su propia alma. Se asemeja, en cierto modo, al protagonista de la novela “Lo imborrable” de Juan José Saer, cuando cruza un parque y observa una coreografía similar a la de los vuelos circulares de “Pájaros en suspenso” y siente que está vivo.

Casi al terminar el recorrido de la muestra, antes de ingresar a la sala pequeña de Vasari, hay una pintura que, si bien avanza hacia la figuración, puede considerarse abstracta. La obra mantiene un vínculo con la realidad del sujeto, que son los pájaros. Pero las formas orgánicas de los cuerpos superpuestos unos sobre otros, configuran espacios abstractos de color negro y un carácter indefinido que se recortan sobre una superficie neutra que no interfiere con el diseño. Los pájaros cuyas formas por momentos se desdibujan, vuelan hacia arriba, todos en una misma dirección. Así, con esta verticalidad, se recupera la sensación del orden estricto, pero, curiosamente, la pintura conquista de inmediato el ojo del que mira con su ambigüedad. "Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión desaparece y queda una palabra: pájaros," escribe Borges en “El hacedor” y abre así un universo interpretativo. “Pájaros negros”, ubicada en el umbral de ese viaje de vuelta a la abstracción, provoca un flasch en el espectador, comparte el mismo atractivo visual y depara el placer retiniano que caracteriza a la serie “Velocidad”.

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