8 de marzo 2010 - 00:00

“El personaje de ‘El jefe’ era detestable”

De Mendoza: «En ‘La mala verdad’ soy un hombre dominante que vive en el pasado, inteligente, culto, pero con ciertas tendencias anormales que se saben recién al final».
De Mendoza: «En ‘La mala verdad’ soy un hombre dominante que vive en el pasado, inteligente, culto, pero con ciertas tendencias anormales que se saben recién al final».
Alto, de buena estampa y conversación afable, Alberto de Mendoza, 87 años, celebra sus 70 de actor protagonizando un nuevo film, «La mala verdad», donde caracteriza a un padre y abuelo culto, inteligente, y tal vez perverso. Sobre ese personaje y su carrera, dialogamos con él.

Periodista: ¿Esta sería el cuarto padre que usted hace en el cine, verdad?

Alberto de Mendoza
: A ver, en Brasil el sastre de «Bossa nova» y el caudillo de «Luna de octubre», desconcertado porque la hija era medio degenerada y andaba atrás de él. Y acá hice «Primero yo», con el que fuimos a Cannes, ese sí era un padre medio bravo. En «La mala verdad», un libro de esos que caen de vez en cuando, soy un hombre dominante que vive en el pasado, tiene una librería de viejo, gran musicólogo, inteligente, culto, pero con ciertas tendencias anormales que se saben recién al final, no le explico más porque ahí está la gracia. Se deja entrever que podría ser un agresor sexual, no digo un violador, cuidado. Es decir, hay algo más que los personajes dominantes, con mucha calle, verseros, que siempre hice y de los que varias veces intenté apartarme.

P.: ¿Lo siguen asociando con «El jefe»?

A. de M.: Ese personaje es detestable. El que más quiero es el de «Memorias del subsuelo», un antihéroe, un tipo vencido, bien de Dostoievski, que hice inspirándome en las lecturas de Roberto Arlt. También el de «El infierno tan temido» me gustó mucho. Y de los últimos, «Tapas». Yo estaba retirado, por la enfermedad de mi mujer, y justo me ofrecen encarnar alguien que se muere de cáncer de pulmón, a mí, que he sido un gran fumador. Déjense de joder, les respondí. Pero me convencieron. Filmé mi parte en una semana, y me ha traído cantidad de satisfacciones.

P.: ¿Y cómo lo convenció el autor de «La mala verdad»?

A. de M.: Con el libro. Fuerte, puede sorprender, da que pensar, ¿el tipo es un hijo de su madre, un anormal, o un producto de la educación? Además Miguel Angel Rocca, el director, no es absorbente, sabe darnos buen margen de maniobra, y el reparto es espléndido: Analía Couceyro, Malena Soldá, Carlos Belloso, Norman Briski como mi hermano, con quien tenemos una relación de amor y odio a causa del padre. Al principio me trataban como si fuera Lola Membrives, pero nos llevamos muy bien.

P.: Será que usted ya es una institución. ¿Cómo empezó?

A. de M.: En el teatro experimental, yo era de La Cortina, nos dirigía Mané Bernardo. Hacíamos Ibsen, Coward, Reynaud. Estudiaba, me comía la vida. Desde la parte más alta del Colón vi a Toscanini, a FurtwTMngler, al maestro Panizza. Fui bailarin de boite, integré el Ballet de Mecha Quintana. En el Colón, comparsa, lo más que llegué fue a hacer el oso de «Petrushka». Luego entré de meritorio al Cervantes, para conseguir el carnet profesional de actor. Ahí me fascinaba cómo recitaba don Pedro Codina, refugiado español. «Para recitar así usted debe aprender a respirar, porque no sabe», me dijo. Yo iba una hora antes del espectáculo, siempre voy una hora antes, y él me enseñaba. En el teatro independiente había hecho varios papeles. Pero en el profesional era otra cosa. La primera vez que salí a escena en el Cervantes, tenía tres bocadillos. El primero, «fue medio flojona la jugada, che comisario». Llegó mi turno, el asistente me empujó, «Salga, pendejo». Salí a escena y vi toda la batería, el teatro inmenso lleno de gente, que me quedé parado, mudo. El «comisario», José De Angelis, vio cómo estaba y enseguida dijo «Fue medio flojona la jugada, che, váyase de vuelta». Volví muerto de vergüenza. Don Enrique de Rosas, el director, me dijo «pendejo de mierda, dedíquese a bailar». Yo le rogué «Deme otra oportunidad, le juro que los otros dos bocadillos los voy a decir», y por suerte los dije. Son recuerdos muy lindos de esta profesión.

P.: Claro, con el tiempo se vuelven lindos.

A. de M.: Al pasar los años llego a La Fenice de Venecia, como miembro de la representación española a la Bienal de Teatro. Llevamos «Divinas palabras», yo comenzaba el diálogo, lo recuerdo entero. Terminamos ovacionados. Y pensaba, «si me vieran Astor Piazzola, Homero Carpena y los demás muchachos de la barrita de La Real, venirme desde Talcahuano y Corrientes hasta La Fenice». Al otro día tocan a mi puerta, una señora, «Vos sos Alberto de Mendoza, vos eras comparsa del Colón, me acuerdo. Yo te hice dar el papel de oso». ¡Era Margarita Wallmann, que estaba de directora coreógrafa de La Scala de Milan! Charlamos durante horas, me felicitó por mis trabajos.

P.: También Tita Merello le dio una mano.

A. de M.: Gracias a ella entré en «Filomena Marturano», porque el director decía «queste cómo vacer de plomero, si é un pituco». Voy por la calle y César Ratti me detiene: «oiga, mozo, me han dicho que está actuando muy bien con la Tita, lo felicito, pero no se engrupa, ¿eh?». Con los años, junto a mi amiga Cipe Lincovsky, interpreté a don Soriano, el personaje del padre, que hacía Guillermo Battaglia. Me gustaba mucho Battaglia, tuve el gusto de trabajar nuevamente con él, ya viejito, en «Noches sin lunas ni soles», ahí también estaba Eva Franco.

P.: Toda una escuela.

A. de M.: Me hace gracia cuando los españoles hablan de la escuela actoral argentina. Nuestra escuela fue ver a unos actores que jamás nos animaríamos a tutear, como Nicolás Fregues y Miguel Faust Rocha, más el sainete, el teatro gauchesco, y los que venían de la Comedia Francesa, los belgas, los alemanes, que con mi mujer veíamos desde lo alto del Odeón. Han tirado el Odeon, estos bestias. ¡Y Vittorio Gassman! Le vi hacer «Seis personajes en busca de autor» cuando era un dios. Después lo visité en Roma, en Firenze me dejó ir a sus clases, no era su amigo, pero charlábamos cada tanto. Le decía maestro. «Cazzo, io non sono maestro di nessuno!» Tenía temor a la muerte, sufría depresiones. Estuvo como dos años sentado frente a una pared, deprimido. Yo, gracias a Dios, he tenido suerte. He pasado momentos como todos, esperando que suene el teléfono, «no suena, ¿pero andará bien?». Hice de todo, espadachín, jinete, películas alimenticias con el mismo respeto que a las otras, y he conservado una línea de conducta: no me dejo seducir por el éxito ni por el fracaso. Ambos son incómodos.

Entrevista de Paraná Sendrós