G.P.: Alperovich cree que la política es una chequera. Compró su candidatura y ahora compró la de su esposa (Beatriz Rojkés) para diputada, que toda su vida fue antiperonista y radical del sector gorila. Antes la política se decidía en las internas y ahora se decide en la alcoba. Mientras yo estaba «en cana» en la dictadura, Alperovich les vendía autos a los milicos. Gobierna para su familia y para su colectividad (judía).
P.: ¿Al decir eso, no corre el riesgo de caer en el antisemitismo del que ya fue víctima el gobernador?
G.P.: En mi caso, jamás puedo ser antijudío ni pro nazi porque soy democrático y respeto la libertad de culto. He salido a defender a la colectividad judía cuando hubo persecuciones antisemitas. No combato a Alperovich por ser judío, sino porque es autoritario y mesiánico.
P.: ¿Por qué el bussismo sigue siendo la principal alternativa en Tucumán?
G.P.: Bussi ha capturado el voto bronca porque esta sociedad es fascista. Le gusta el autoritarismo, está prostituida con el cuento del orden y de la seguridad, sin importarle que Bussi haya sido un genocida.
P.: ¿Cómo fue el episodio de la polenta que se pudrió y que usted hizo público?
G.P.: Alperovich compró bolsones para lograr la concurrencia a un acto de Kirchner y ahora los quería guardar para las elecciones. Un empleado peronista me da el dato y voy al predio de Güemes y Lavalle, que es de un miembro de la sociedad rural amigo del gobernador. Como se les había vencido, se la iban a dar a los chanchos de ese dirigente.
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