6 de enero 2004 - 00:00

Iruya: eslabón de la mística salteña

En quechua, Iruya significa «rostro entre los iru», nombre de unos pajonales que ya no están, donde la leyenda dice que se vio el rostro de Nuestra Señora del Rosario, la Virgen tutelar.

Llegando por el camino de los pueblitos, que pasa por los caseríos de adobe de Colanzulí, Río Ancho y Campo Carrera, Iruya se muestra bien arriba, inexpugnable, hasta que de pronto aparece colgado en la ladera del cerro.

El vehículo se detiene en el mirador de la plaza de la iglesia, entre montañas donde subyacen culturas milenarias.

La iglesia de muros claros conserva la puerta de madera original, austera y oscura. Más abajo está la plaza de La Tablada, con pocos árboles y algunos juegos para chicos, y enfrente hay una casa de adobe, con muros de un rojo intenso, faroles y puertas de madera labrada.

En ella vivió, desde 1903 hasta 1954, uno de los muchos eslavos que habitaron este lugar a comienzos del siglo pasado, cuando comenzó el tendido de rieles del Ramal C-14, que unió Salta con Socompa, en la frontera con Chile.

El primer tramo, hasta el viaducto La Polvorilla, es hoy el famoso Tren a las Nubes.

Ese hombre se llamaba
Marrow Blagorta Frederich Milatovich. Era yugoslavo y su largo nombre fue traducido al castellano como Manuel Federico.

• Alojamiento

Ahora, una de sus hijas, Gloria, gerencia la Hostería de Iruya, administrada por la provincia.

«Aquí no trabajamos con tarjetas de crédito, no hay cajeros automáticos, remises ni estaciones de servicio -la última está en Humahuaca-, pero hay una cabina de teléfono y fax, y hace pocos días llegó Internet»,
informó Gloria.

En estos días, la gente de Iruya está recobrando el ritmo tranquilo del verano, porque la temporada alta, que se extiende desde Semana Santa hasta noviembre, quedó atrás.

Por sus callecitas de piedra, que suben y bajan, y que parecería que siempre llegan al mismo sitio, se mezclan los mochileros del país con los foráneos.

Para los nativos de Iruya, éste es el tiempo de mantener los caminos trazados por la gente que trajinó los lechos secos de los ríos; es la época para ir y venir por las huellas con los camiones cargados de alimentos para los pobladores cerreños.

Si hay suerte y los ríos no se desbordan mucho, por esos caminos irán hasta
San Isidro y San Juan.

Por allí suele pasar un
enorme camión manejado por mujeres, casi adolescentes. Son las hijas de Gutiérrez, el dueño de los ramos generales más prósperos del poblado.

La historia de los almacenes de Iruya se inició durante la colonia, cuando los españoles se casaban con las nativas que vivían en la punta de los cerros, porque desde allí los indios observaban la llegada de los enemigos.

El casamiento con los españoles hizo que las nativas bajaran a los valles.

Pero también habían llegado vascofranceses, árabes, sirios y eslavos, que si bien habían venido en busca de oro terminaron formando familia y abriendo almacenes.

La actividad comercial de los extranjeros, pioneros de los ramos generales, fue modelo para los cerreños, que creyeron que la buena vida era bajar al poblado y abrir un almacén.

Para llegar a Iruya desde la ciudad de Salta hay que tomar por la Ruta Nacional 9, que pasa por los pueblos ocres de la Quebrada de Humahuaca -Purmamarca, Maimará, Tilcara- y después por Huacalera, Uquía y Humahuaca, hasta un desvío que lleva a Iruya mientras la ruta continúa hasta La Quiaca.

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