2 de septiembre 2005 - 00:00

Un salvavidas de plomo para crisis algodonera

De acuerdo con cifras de la Dirección de Agricultura del Ministerio de Producción provincial, en la campaña 2002-2003 había 1,16 millón de hectáreas sembradas en Chaco. Más de 768.000 de ellas fueron cultivadas con soja, 85.000 con girasol y otro tanto con algodón. Tanto un informe de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires como otro del centro de estudios Nelson Mandela de Resistencia, indican que el piso de las hectáreas algodoneras es marcadamente más bajo este año. La relación entre soja y algodón era casi exactamente inversa a mediados de la década del ’0. Hace diez años, el algodón alcanzó un pico gracias a un auge del precio de exportación que llevó la cotización a u$s 500 por tonelada, lo que hizo que muchos emigrantes de los destinos históricos de los chaqueños, como el Gran Rosario o Laferrere, Grand Bourg y Florencio Varela en Buenos Aires, regresaran a participar de aquella explosión algodonera. De acuerdo con las distintas voces consultadas, la «pampeanización» del campo chaqueño dejó un saldo más negativo que positivo, pero, una vez más, a caballo de la crisis y de la nostalgia, en este caso, del algodón, hay espacio para la especulación y el despilfarro.
Gabriel Ninoff, intendente (PJ) de Corzuela (15.000 habitantes), una localidad que transitó en los últimos años desde el algodón y la actividad forestal hacia la soja, explica a este diario algunas claves de este cambio:
· La tecnología vinculada a la explotación de la soja deriva en menor necesidad de mano de obra, es decir, más desocupación.
 Mejoró la calidad del tipo de trabajo (choferes y coordinadores de siembra y cosecha) y hay más empleados en la formalidad, al haber entrado empresas importantes en juego.

En la cosecha de algodón trabajaba toda la familia, incluyendo a los niños, que por su pequeña talla son incluso más productivos que los mayores. Había más trabajo infantil.
 La industria de la soja está vinculada al desarrollo de infraestructura (caminos, hoteles) y a otro tipo de empleos indirectos que benefician a la región.

El alto capital necesario para la compra de maquinaria agrícola para siembra directa (no menor a $ 300.000 entre sembradoras, mosquitos de riego y silos) excluye a los pequeños productores.
 A su vez, el monte, codiciado para complementar con actividad forestal la cosecha de algodón, es un obstáculo para la soja.
 Si bien la soja tiende a la concentración económica, aún hay lugar para productores locales medianos. En Corzuela, por ejemplo, hay ocho acopiadores, todos habitantes de la ciudad.
Ninoff detalla la parte más oscura del cíclico intento por recuperar la producción del algodón.
«Cuando llega la hora de sembrar, aparece el Estado provincial incentivando al algodón. El ‘rande’hoy en día no sale de la soja, pero el pequeño productor acepta subsidios a los combustibles y apuesta otra vez, pero cuando llega el momento de vender, el precio baja abruptamente.»
«Los que caen en la trampa del estado provincial son los pequeños productores o las cooperativas, muchas de las cuales sobreviven en Castelli y Presidencia Roque Sáenz Peña», indica Ninoff.
El intendente de Corzuela agrega que «el pequeño agricultor no tiene capacidad de acopio y, en la próxima cosecha, lo que le queda es irse al pueblo, Resistencia, Rosario o Buenos Aires».
En el mejor de los casos, al año siguiente habrán vendido la chacra a un promedio de mil dólares la hectárea.
En la otra punta del esquema de tierras ganadas por la soja, el dirigente gremial Hugo Rodríguez (CTA) estima que el número de «wichis y tobas chaqueños podría llegar a 40.000, pero es muy difícil hacer un censo porque gran parte de ellos se fue a vivir al Gran Rosario o al Gran Buenos Aires al extinguirse su economía de subsistencia». Es en Villa Río Bermejito o en Pampa del Indio donde las comunidades indígenas encabezan el listado de privaciones.
A la hora de señalar a los autores intelectuales del sistema de incentivos al algodón, Ninoff enumera
«intereses políticos para someter al minifundio a la dádiva y a la Fundación Pro tejer (que dirige Aldo Karagozian), que a través de algunas empresas e hilanderías maneja el precio de la fibra en el momento de la venta». «Cuando los valores vuelven a subir, termina ganando el que tuvo capacidad de acopio, que por supuesto no es el productor, sino el intermediario», concluye Ninoff.
De la observación de los números actuales se desprende que la batalla por el algodón está casi perdida.
Chaco aún tiene tierras para reconversiones, recursos en el Impenetrable y hasta chances para reconducir el proceso de «pampeanización». Existen ligas que agrupan a productores pequeños y medianos que exploran alternativas, a la vez que el ciclo de cultivo de la soja tiene un umbral de crecimiento marcado por el daño a los suelos del sistema de siembra directa.
Si el futuro se afronta con el clientelismo y la corrupción como pilares, la marginalidad en Chaco va a ser cada vez más irrespirable. Lugar común de la pobreza. (Números actualizados de Chaco: pobreza, 60,4%; indigencia, 25%; mortalidad infantil, aprox. 20 por mil.)

Dejá tu comentario

Te puede interesar