“Tosca”, la ópera romana, la obra maestra de Giacomo Puccini estrenada en 1900, vuelve desde mañana al Teatro Colón a lo largo de diez funciones y con tres elencos rotativos. Con ella, se cerrará la temporada lírica del año. La producción, ya conocida por el público, es la de Roberto Oswald, y el director de escena y vestuarista será Aníbal Lápiz, quien junto a Oswald (fallecido en 2013) integró la dupla más productiva y prestigiosa del Colón a lo largo de décadas.
Aníbal Lápiz: “La ópera siempre tiene que transmitir belleza”
Diálogo con el histórico puestista y vestuarista que desde mañana tendrá a su cargo “Tosca” en el Colón.
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Lápiz. La producción clásica, pero con cambios a la altura de los tiempos.
“Dicen en el teatro que esta es la versión de 2016, yo nunca sé de fechas porque se hizo tantas veces, en tantos lugares, pero de todos modos introduje algunos cambios en escena que se verán por primera vez”, relata Lápiz a este diario en una larga conversación mantenida en su camarín, poco antes de uno de los ensayos.
Entre los elencos se cuenta el nombre de la soprano rusa Anna Netrebko, que cantará en tres funciones con dirección orquestal de Michelangelo Mazza, mientras que en las siete funciones restantes estará en el podio la directora Keri-Lynn Wilson. Netrebko será Tosca los días 24, 26 y 29; María Pía Piscitelli lo hará mañana, el 27, 30 y el 3 de diciembre, y Virginia Tola el 1, 4 y 6 de diciembre. Mario Cavaradossi será Marcelo Puente (mañana, el 27, 30; y 3 de diciembre); Yusif Eyvazov (24, 26 y 29) y Enrique Folger (1, 4 y 6 de diciembre). El barón Scarpia estará a cargo de eljko Lui (mañana, 27, 30 y 3 de diciembre); Fabián Veloz (24, 26 y 29) y Leonardo López Linares (1, 4 y 6 de diciembre).
Periodista: La producción es también la que hicieron usted y Oswald a principios de los 90.
Aníbal Lápiz: Así es. Aquella fue la versión original, pero con modificaciones. Más allá de las marcaciones fundamentales, yo dejo al artista que se exprese. Ellos me preguntan, por ejemplo “qué pasa si hago tal cosa...”, entonces les digo “mostrame”, y si me gusta lo dejo. No soporto el capricho de los régisseurs que sofocan al cantante, que exigen que tal cosa sea de tal manera y no de otra. El ensayo es un acto creativo, y recíproco. Siempre que esos cambios respeten la idea, el concepto de una ópera. Yo, como espectador, eso lo percibo de inmediato: me doy cuenta de cuándo un cantante actúa con libertad, y cuándo son robots. Y yo no quiero robots en el escenario, quiero seres humanos, y sobre todo en una ópera como “Tosca”, tan realista, tan perfecta.
P.: ¿Le ha tocado trabajar con artistas complicados?
A.L.: En 50 años de carrera tuve de todo. Hay tantas historias, pero opino que los grandes de verdad son los más humildes. Uno nunca tiene problemas con ellos. Yo jamás tuve problemas con Plácido Domingo, ni con Birgit Nilsson, ni con Hildegard Behrens o con Leonie Rysanek...
P.: Las dos últimas fueron las protagonistas de esa memorable versión de “Elektra”, de Richard Strauss, que hicieron con Oswald en 1995.
A.L.: Exacto. Fue un placer trabajar con ellas. Oswald estaba preocupado porque esa puesta era muy audaz, estaba ambientada en un loquero, todos los personajes de la tragedia eran internos de ese hospicio, y entonces él temía que ellas, grandes divas que tantas veces habían hecho la “Elektra” tradicional, rechazaran la idea de la puesta. Recuerdo que nos reunimos aquí mismo, en este camarín, Roberto les explicó de qué se trataba y, cuando terminó, la Rysanek dio un golpe de palmas y dijo, “¡Bueno, a trabajar!”. Ella, tan refinada, se puso la ropa de ensayo, y fue más lindo uno que el otro. También estuvieron los casos contrarios, pero en fin, mejor olvidarlos. Siempre hay nombres que venden entradas. El snobismo, desgraciadamente, a veces va unido a la ópera. Hay gente a la que tal vez le interesa poco o nada la ópera, pero que dice que a fulanita no puedo dejar de verla. Yo recuerdo el recital que dieron José Carreras, antes de ser famoso, con Agnes Baltsa, que prácticamente tuvieron que regalar todas las entradas. Claro, eso fue antes de su fama. Al productor que lo trajo le fue muy mal económicamente.
P.: Carreras debutó en 1973, una temporada accidentada, y pasó inadvertido en una “Traviata”. Había muchos abucheos en esos tiempos.
A.L.: Ahora se acepta casi todo. Los gritos de “bravo” se regalan bastante...
P.: ¿El público es menos exigente?
A.L.: En fin... Mejor para los artistas, ¿no es así?. Pero los confunden. Nos confunden a todos, en verdad.
P.: Las ovaciones desautorizan las críticas que haga un director.
A.L.: Exactamente. Tal vez estemos ante públicos más condescendientes. Cuando yo me inicié eso no ocurría. Yo recuerdo una “Cenerentola” que hicimos en los comienzos, con Oswald, en la que a mí se me había ocurrido que todos los trajes estuvieran revestidos de hule blanco, para que todo el conjunto pareciera una porcelana Meissen. Yo creo que quedó muy bien, pero el público no creyó lo mismo. Recuerdo a una abonada que pasó a mi lado y comentó indignada: “Lo único que faltaba, ¡plástico en el Colón!”. ¿Qué diría ahora, con las cosas que se tienen que ver? Pero bueno, eso es parte de nuestro trabajo. El abucheo hoy lo reciben más las puestas que los cantantes. Hay cosas que son realmente feas, más allá de que estén sacadas de contexto, que es lo más habitual. Pero hay otras que son muy interesantes cuando hay una idea rectora.
P.: “Tosca” fue sacada mucho de contexto, y casi siempre con la misma ambientación.
A.L.: Sí, ambientada en la época de los nazis.
P.: ¡La cantidad de Scarpias que tuvieron que lucir la esvástica en el brazo!
A.L.: Una obviedad absoluta. En una época todo se hacía así, todos eran nazis, todos usaban uniformes largos. Yo usé también un cappotto de cuero negro en un “Buque fantasma”. Hace mucho, claro. Para mí lo más importante es servir a la ópera, no traicionarla. ¿Cómo se hace para sacar a “Tosca” de contexto si en el segundo acto se habla de Napoleón, del general Melas...? Si yo la ambiento, supongamos, en una playa en la actualidad, ¿qué sentido tendrían todas las menciones napoleónicas? Una puesta puede ser osada pero no absurda. Debe demostrar conocimiento.
P.: Puccini, además, fue un precursor. Había que ser muy audaz, hace 120 años, para mostrar en escena torturas, intento de violaciones...
A.L.: Bueno, yo en esta versión lo muestro.
P.: ¿De qué forma? Cuénteme.
A.L.: El segundo acto es un acto que está al borde del sexo explícito. Yo quiero ver mucha pasión entre Tosca y Mario, mucho fuego...
P.: Y después la repugnancia sexual de Tosca hacia Scarpia.
A.L.: Así es. Y le voy a adelantar algo de los cambios que hice en esta puesta. Scarpia quiere abusar de ella, la quiere abrazar, comprar, eso ya lo sabemos... Pero aquí, cuando ella lo mata, cuando canta “Ahora te perdono”, es ella quien se sube, quien monta al cadáver. ¿Soy claro?
P.: Clarísimo. Ahora es Tosca la que lo posee, para decirlo con elegancia. Está en sintonía con la época.
A.L.: ¡Es el “MeeToo!” de Tosca!
P.: Y Scarpia una especie de Harvey Weinstein.
A.L.: Tal cual, ese sujeto podría ser el Scarpia de hoy día, ¿verdad? Un sádico, un perverso que disfruta de su poder viendo sufrir.
P.: Pero Scarpia está sostenido por una música muy bella.
A.L.: La ópera es belleza. ¿Para qué viene la gente a la ópera si no es para ver belleza? Ya la Callas se lo decía a Pasolini: “¿Qué revolución quieres hacer, Pier Paolo? Esto es ópera, y en el fondo es un espectáculo burgués”. Desde luego, hoy las cosas han cambiado, pero hay que saber muy bien hacia dónde se va. Porque, si no, el público termina por dar la espalda. En el Metropolitan de Nueva York, siempre tan atento a las vanguardias, hubo una temporada en la que necesitaban vender muchas entradas, y la hicieron toda con las puestas clásicas de Zeffirelli. Un teatro tiene que tener de todo un poco: lo muy moderno, lo no tan moderno, lo clásico. Al público hay que darle opciones. Es lo que ocurre con los museos: yo quiero ver la Virgen de las Rocas, de Leonardo, pero también arte contemporáneo. El espectáculo tiene que servir, el público tiene que salir del teatro habiendo visto algo bello que lo deje realmente satisfecho.


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