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5 de abril 2023 - 00:00

Antológica muestra dedicada a la singular artista Emilia Gutiérrez

Se inauguró el pasado viernes en la Colección Amalita del Museo Fortabat. Retratista de mujeres,
fue una pintora “intensa, alucinada, asombrosa”, según el curador de la exposición, Rafael Cippolini.

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nora. Una de las mujeres solitarias pintadas por Emilia Gutiérrez.

El viernes pasado, en la Colección Amalita del Museo Fortabat se inauguró “EMILIA”, una muestra antológica dedicada a la artista Emilia Gutiérrez (1928-2003) y curada por Rafael Cippolini. Las pinturas, tan ajenas a cualquier tendencia dominante, son una rareza. Al ingresar a la exposición, en la pequeña sala donde se exhiben los dibujos, Cippolini presenta con recursos tecnológicos una pantalla donde se humaniza y cobran vida las mujeres pintadas por Gutiérrez. Una de ellas, parpadea y mira trémula pero insistentemente al espectador. “Intensa, alucinada, asombrosa, íntima: la obra de Emilia Gutiérrez esconde mundos dentro del mundo. Si existía un secreto en la pintura argentina, sin dudas eran estas imágenes. Es hora de que nuestro canon comience a reacomodarse. No nos queda más que redescubrirla”, señala el curador.

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Por un lado, resulta grato descubrirla. Gutiérrez presenta temas clásicos, mayormente retratos y algunas naturalezas muertas con composiciones claras y líneas simples en lo formal. Sin embargo, por otro lado, los cuadros permiten adivinar el efecto de las alucinaciones auditivas que truncaron la promisoria carrera que se extendió durante una década, desde 1965 hasta 1975. “Los colores le hablaban”, sostiene Cippolini. Y allí están los colores turbios pero delirantes, unos verdes y azules densos y opacos. En el taller de Demetrio Urruchúa donde Gutiérrez estudió cuatro años desde 1950, luego de concurrir a la escuela Fernando Fader, la habían apodado “la Flamenca”, porque le gustaban los colores brillantes de los pintores holandeses. No obstante, en gran parte de las obras se advierte un notable claroscuro que, en gran medida, coincide con el del famoso retrato de Jan van Eyck, “El Hombre con Turbante Rojo” y algunas pinturas de Rembrandt.

La mayoría de los retratos tienen la cara pintada de blanco, como si la artista tratara de cubrir con maquillaje la obscuridad interior. El efecto es teatral. La angustia y una tristeza infinita sobrevuelan por toda la muestra. Los sentimientos se asoman sin pudor en los ojos de los “Niños con juguete”, “Nora” y una serie de mujeres siempre solitarias sentadas junto a una mesa, como “Teresita” y las protagonistas de “Desayuno” o “El pocillo de café”. Hay en la exhibición algunas figuras surreales, como “Silencio en el fondo del mar” y seres fantásticos, como los de “Paseo del Diablo”, que ostentan rostros y gestos extraños. Son cuestiones imaginarias o reales, impresiones que dejaron huella en un espíritu sensible en grado extremo. La infancia de la artista fue triste. Su madre fue víctima de la depresión y la internaron; Emilia junto a sus hermanas quedó al cuidado de su abuela y su padre fue una figura ausente.

Por momentos, las características atemporales de la exposición invitan a dejar vagar la imaginación del espectador y traen el recuerdo de Mary Shelley, esa muchacha inmensa que escribió Frankenstein. La novela del universo gótico aborda temas que en la actualidad inquietan a la sociedad, como los efectos adversos de la Inteligencia Artificial o, la violencia cuando es producto de la marginalidad y la incomunicación.

Gutiérrez describe su propio proceso creativo: “Al encarar una obra me encuentro en un estado especial, que no es fácil de conseguir. Es una manera mía de sentir. (…) Prefiero la soledad y sus misterios…”. En el año 1975, frente a sus síntomas demenciales aceptó la sugerencia de su psiquiatra y tomó una dramática decisión: dejó de pintar y se volcó al dibujo. Ella misma explicaba las diferencias que le imponía una técnica cercana al automatismo. “El arte del dibujo es distinto al de la pintura. Son medios de expresión opuestos. Dibujo es línea y claroscuro. Pintura es color, composición y temática. Ninguno de mis dibujos es proyectado de antemano; surgen espontáneamente. Cada uno es una sorpresa. Dejo correr la línea y lo demás va floreciendo”.

Con sus exposiciones en las galerías Lirolay y Van Riel, el anacronismo de las pinturas de Gutiérrez no impidió que su trayectoria tomara un rumbo cercano al de las estrellas de los sesenta. Pero tenía 47 años cuando se recluyó en su casa y el mundo la olvidó. El propósito de la Colección Amalita de rescatar y brindarles visibilidad a los artistas cuya producción no ha trascendido, se cumple, realmente, con la exposición de la sensible “Emilia” y su arte especialmente emotivo.

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