Desde mañana a las 20, el Teatro Colón proseguirá su temporada con la puesta de dos obras de la primera mitad del siglo XX, “El castillo de Barba Azul”, ópera de Bela Bartok (cuya última representación, hace 20 años, había tenido una estupenda interpretación de Marcelo Lombardero como cantante) y “Los siete pecados capitales” (“Die sieben Todsünden”), de Kurt Weill y Bertolt Brecht, un “ballet cantado”, tal como fue definido, que nunca había integrado una temporada del Colón (al revés que “Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny”, de los mismos autores, que se representó en varias oportunidades a partir de su estreno local en 1987, incluyendo al Luna Park). Las demás funciones serán el miércoles y viernes, también a las 20, y el domingo 2 de octubre a las 17.
La ópera de Bartok será cantada por Károly Szemerédy (Barba Azul) y Rinat Shaham (Judith), en tanto que “Los siete...” la interpretaránn Stephanie Wake-Edwards, Dominic Sedgwick, Adam Gilbert, Egor Zhuravski, Blaise Malaba y la bailarina Hanna Rudd.
La puesta en escena será de Sophie Hunter, la coreografía de Ann Yee, y el maestro británico Jan Latham-Koenig dirigirá a la Orquesta Estable del Teatro Colón. Dialogamos con Latham-Koenig.
Periodista: En “El castillo de Barba Azul” hay siete puertas y siete llaves, y también son siete los pecados capitales. ¿Qué otras conexiones se pueden hallar entre ambas obras?
Jan Latham-Koenig: El número 7 es un número crucial. En la educación medieval, tres disciplinas materiales y cuatro espirituales, el Trivium y el Quadrivium, conformaban lo que se considera las “artes liberales”. Hay siete notas principales en la escala musical. Shakespeare escribe sobre las “siete edades del hombre”. Siete son los días de la semana. El siete es un número primo. Y, curiosamente, en la mitología popular persa un gato tiene siete vidas. Estoy obsesionado con este número que es el principal vínculo entre estas obras maestras
P.: Entre 1911 y 1938 Bartok modificó la partitura de “El castillo...” varias veces. ¿Qué desafíos presenta a un director de orquesta esta obra?
J.L.-K.: Los principales retos de Bartok son la sutileza de la orquestación, que requiere mucho trabajo para dar vida a la atmósfera y los colores. Además de los problemas de equilibrio entre la orquesta y los cantantes, ya que incluso en la versión final, que es la que seguimos, Bartok a veces orquesta en exceso.
P.: ¿Cómo se siente trabajando con la directora de escena Sophie Hunter?
J.L.-K.: Sophie Hunter es una directora con mucho talento. La he elegido por la posibilidad de trabajar con ella durante muchos meses antes del comienzo de los ensayos, a los fines de unificar al máximo el enfoque musical y dramático
P.: En el Teatro Colón se verá por primera vez “Los siete pecados capitales”. ¿Por qué razón una obra que, a pesar de su belleza y de la fama que le dio especialmente Lotte Lenya en sus grabaciones, se representa tan poco en comparación con “Mahagonny”, por ejemplo?
J.L.-K.: “Los siete pecados...” se representa de forma regular en todo el mundo, pero sobre todo en forma de concierto. Inicialmente era un ballet, pero en realidad es un magnífico híbrido de teatro, danza mimética y ópera. En este caso, requiere bailarines y coreografía, además de una puesta en escena dramática, y exige cantantes que sepan actuar de verdad. Por eso se hace menos de esta manera.
P.: La última versión de “Barba Azul” (1938) es casi contemporánea de “Los siete pecados...” (1933). Es decir, se estrenó durante la Primera Guerra Mundial y se reestrenó poco antes de la Segunda. ¿Cree que lo trágico de esa época, más allá de las tendencias estéticas, marcó la creación de la obra?
J.L.-K.: No, no creo que “Barba Azul” haya sido influida por la época. Es un reflejo mucho más personal de la propia soledad de Bartok. Sus problemas de conexión con las mujeres, e incluso con otras personas. Creo que se sentía más cerca de los animales,y hasta mostraba una fascinación total por los insectos, además de tener, como la mayoría de los artistas creativos, una naturaleza excesivamente sensible y a menudo sombría
P.:. “Los siete pecados” es una sátira del capitalismo compuesta el mismo año en que Hitler llegó al poder, lo que también impulsó a sus creadores a buscar refugio en los Estados Unidos, como tantos otros artistas en aquel momento (aunque Brecht fuera juzgado posteriormente por el macartismo). ¿No es algo contradictoria esta posición del arte frente a la política?
J.L.-K.: Cuando escribieron esta obra ni Weill ni Brecht habían pisado los Estados Unidos. Les fascinaba pero también les repelía. Pensaban en ese país como una verdadera distopía capitalista. Weill cambió de posición cuando se refugió allí; se volvió más equilibrado en sus opiniones, y celebró tanto sus éxitos como sus defectos, pero llegó como refugiado judío, mientras que Brecht era un refugiado político. Era un socialista genuino que creía en una sociedad justa, pero cuando regresó a Alemania vivió en la Alemania del Este. Sin embargo, tenía una cuenta secreta en un banco suizo, por lo que es evidente que había efectos del capitalismo con los que se sentía en sintonía.
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