20 de abril 2004 - 00:00

Crece agro, pero peligra fertilidad de los suelos

A menos de 6 años del bicentenario de nuestra existencia como nación, el sector agrícola argentino continúa siendo el pilar más eficiente de la economía nacional, tal como lo fuera en 1810. Esto habla a las claras de su sorprendente capacidad de reinvención.

Analicemos algunos datos: hacia 1989 la Argentina producía 27 millones de toneladas de granos anuales, mientras que, 13 años después, su producción rozaba los 70 millones. Todas las tendencias indican que este récord será roto en sucesivas campañas. ¿Qué explica semejante desempeño? Básicamente dos factores: por un lado, la masiva incorporación de tecnología de punta y modernos sistemas de siembra en los años '90 y por otro, la histórica capacidad del sector para producir eficientemente alimentos demandados internacionalmente contextos macroeconómicos.

El primer factor explica la capacidad de producción del agro argentino y la ampliación de la frontera agrícola hacia tierras históricamente marginales; el segundo, la flexibilidad y capacidad de adaptación del sector, sin necesidad de subsidios y transfiriendo buena parte de su renta hacia otras economías nacionales.

• Alerta

La actual combinación entre tecnología y favorable coyuntura macroeconómica, hace del campo argentino un sector altamente viable. Sin embargo, se alzan algunas voces de alerta que destacan que el precio de semejante desempeño puede ser elevado: nada menos que la pérdida de fertilidad de nuestros suelos a manos de supuestos monocultivos.

En muchos campos argentinos, especialmente los destinados a la agricultura intensiva, se extraen más nutrientes de la tierra de los que se aportan con los rastrojos. Esta realidad se ve incrementada en el caso de los cultivos de soja, aún cuando se aporten inoculantes, o se empleen sistemas de siembra directa para la implantación de los cultivos.

• Proyecto

Por eso he presentado un proyecto de ley de promoción de fertilizantes que persigue dos objetivos: el descuento de impuestos nacionales para todos aquellos productores agropecuarios que inviertan en fertilización de suelos y, una política de arancel cero para aquellos fertilizantes que no se produzcan en el país, tal como es el caso del fósforo, entre otros.

Frente a ello,
algunos piensan en soluciones «stalinistas-»: que el gobierno debe intervenir para señalar qué cultivos son « políticamente correctos» y cuáles no. Pero ya sabemos qué sucede cuando el dirigismo pretende reemplazar la racionalidad de quienes producen.

Por el contrario,
otros pensamos que es necesario generar innovadores mecanismos fiscales, que reduzcan los impuestos de aquellos productores que fertilicen sus campos, y que bajen los aranceles de importación para los fertilizantes importados, porque creemos en las decisiones libres de quienes producen y que el Estado debe colaborar devolviendo impuestos a quienes generan buena parte de la renta nacional.

La Argentina ha demostrado al mundo que es un eficiente y competitivo productor de alimentos; ahora debe demostrar que también sabe cuidar sus suelos.

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