25 de diciembre 2000 - 00:00

El agro, "una buena foto de una muy mala película"

Si se considera que, clima mediante, es probable que la Argentina vuelva a lograr en esta campaña su segunda o tercera cosecha histórica en volumen y que, el stock vacuno se mantiene más o menos estable en 47/48 millones de cabezas, o la producción de leche en unos 10.000 millones de litros, entonces se podría concluir que la situación del campo, con mejoras relativas respecto al '99 en los precios de varios de sus productos (trigo y soja, especialmente), está pasando por una situación que, aunque no óptima, debiera ser de cierta holgura.

Sin embargo, ésta no es más que una «foto que no está tan mal», pero de un momento puntual, y que poco o nada tiene que ver con la película que, definitivamente, es mala en casi todos los casos.

Aún dejando de lado la heterogeneidad de los resultados según los rubros (girasol y leche, por caso, muestran este mes caídas de 9,3% y 14%, respectivamente, respecto al promedio del año pasado), y los avatares climáticos (sequías, granizos, temporales e inundaciones que todavía mantienen más de un millón de las mejores tierras de la Pampa Húmeda bajo el agua), lo real es que la situación de buena parte de las empresas agropecuarias es compleja y con tendencia a agravarse.

La conjunción de baja o nula renta según las producciones, fuerte presión impositiva, restricciones de acceso al crédito (o altísimo costo si se logra alguno), además de muy elevadas tasas implícitas en el crédito comercial que rondan 18%-20% anual y en algunos casos más aún, determinaron niveles de endeudamiento -algunos ya alarmantes-cuyo arrastre, en ciertos casos desde la cosecha del '98, ya superaron holgadamente el nivel de los productores agropecuarios, para comprometer también a varios sectores proveedores de insumos y servicios.


Se estima que la deuda total, entre la financiera y la comercial, buena parte de la cual es irregular, se ubica actualmente bien por encima de los u$s 10.000-12.000 millones, y su proyección sigue en aumento.

Evasión

En este contexto, el mantenimiento de altos niveles de evasión fiscal (tanto o más atractiva cuanto mayor es la presión impositiva), y que genera una competencia desleal que sigue sacando del juego a más de un contribuyente regular, los retrasos oficiales en la toma de decisiones que debieran ser inmediatas, y las permanentes alteraciones en el flujo de exportaciones (por problemas internacionales sanitarios, comerciales, etc.) que afectaron especialmente a productos como la carne vacuna, el arroz, los aceites, varias frutas y hortalizas, o más recientemente a los lácteos, entre otros, completan un panorama básicamente negativo y con pocas perspectivas de cambio para el sector en el corto plazo.

La gravedad de la situación se centra, en gran medida, en que el alivio a la situación no pasa por una mejora en la técnica productiva que, de hecho, en muchas de las actividades logra rendimientos que se encuentran entre los niveles más altos del mundo, sino que va «tranqueras afuera», posproducción, y en general en el terreno del accionar oficial y de la política sectorial (o, de la ausencia de ella).

Pero sí la pérdida de rol y la desvalorización del sector dentro del propio gobierno ya es grave de por sí (y el estado de actual de la Secretaría de Agricultura es una muestra más que clara al respecto), no lo es menos la descapitalización que registró el campo, a partir de todas las razones anteriores y por la disminución de la actividad económica y las inversiones, que incluye una caída en los valores de la tierra (capital fundiario) desde el pico de precios del '97/'98, que oscila entre aproximadamente 12% (campos de cría), y 27%-30% en las zonas trigueras, aunque el mayor monto de baja lo registran los campos maiceros que se «abarataron» unos u$s 1.000 por hectárea, acusando una baja respecto a entonces de aproximadamente 20%.

O sea, que cada propietario disminuyó ese porcentaje de su principal capital. Si bien las perspectivas de precios no son malas en algunos casos, y aún se puede especular con mejoras adicionales (todas por el comportamiento internacional), eso no alcanza. Sólo sirve para «la foto», no para la película. Lo que el campo necesita, como cualquier otro sector productivo,
es abaratar el costo del dinero que no se condice con la rentabilidad de ninguna de las actividades y que aún en los bancos oficiales, supera 15% una vez agregados los «extras».

Igualmente, la
política tributaria donde, tras la eliminación y simplificación de gravámenes del '92/'93, se volvió en los últimos tiempos a recrear impuestos totalmente distorsivos y hasta discutibles desde el punto de vista jurídico.

La sumatoria de un IVA de 21 puntos que sólo pagan algunos, adelantos de Ganancias, impuestos sobre los intereses, y otros etcéteras, sin contar el mantenimiento de Sellos e Ingresos Brutos en muchas provincias que no adhirieron al Pacto Fiscal
, determinan montos que no se correlacionan con la producción y que, por lo tanto, llevan a incrementar la evasión o al quebranto de las empresas. Al menos, claro está, que lo único que interese sea la política financiera.

Pensar en recrear programas técnicos de apoyo y contención como fueron el
Promex, Cambio Rural o Comerciar ya sería fantasioso pero, al menos, se podría pretender la profundización de las desregulaciones pendientes en muchas áreas, incluyendo la propia burocracia y demora oficial que al sector le cuestan mucho dinero.

El campo tiene mucho para dar y el esquema y conocimientos para hacerlo. Sólo falta que «le saquen las manos de encima», como dijo un dirigente hace ya varios años, y que el Estado gaste menos y mejor, algo que, hasta ahora, parece que sólo hacen los productores agropecuarios.

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