La actividad avícola mostró una alta tasa de crecimiento en la década del '90 pero ahora hay señales marcadas de un serio retroceso a pesar de las alternativas que abre la exportación. El "alerta amarillo" generado por el aumento de costos internos y la caída de la demanda, se completa con Brasil -uno de los mayores jugadores del mundo-,que ingresa al mercado argentino con valores que perjudican a los productores locales.
Con una caída del consumo de 28%-30%, que implica 8-9 kilos menos de ingesta por habitante y por año; con precios de la sanidad, parte del combustible y la alimentación (maíz) prácticamente dolarizados, y con la posibilidad de incrementos en tarifas de servicios y en salarios, la avicultura local enfrenta serios problemas que amenazan con hacerle perder buena parte del crecimiento logrado en la década del '90. También, la indefinición sobre el dumping con Brasil, uno de los principales productores avícolas mundiales, agrega una cuota extra de incertidumbre al sector.
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Si bien, tipo de cambio mediante, las noveles exportaciones (ya que comenzaron recién a partir del '97) se duplicarán este año superando, probablemente, las 14.000 toneladas, contra las 7.370 de 2001, tal crecimiento dista de compensar las 350.000 toneladas de producción que se llevan perdidas en lo que va del año.
Cierre de establecimientos, achicamientos, reducción de planteles son los hechos más notorios de una actividad que había mostrado un sorprendente y sostenido crecimiento durante toda la década del '90, pasando de 149.200 toneladas anuales de producción en aquel año, hasta el pico de 919.000 en 2000, mientras que ahora, probablemente, no se superen las 650.000 toneladas. Es cierto que, para los que exportan, a pesar de los problemas y restricciones, los números más o menos «cierran», y no es menos cierto que (como en muchos otros rubros) los mercados externos constituyen la gran alternativa, pero difícilmente, y mucho menos en el corto plazo, el comercio exterior pueda sustituir al mercado interno y, además, no todos están en condiciones de aprovecharlo. De hecho, en el sector se reconoce que sólo 3 empresas lograron «pasar» del consumo local al comercio internacional durante este año.
Los restantes ya venían exportando, aunque ahora aumentaron algo sus volúmenes.
Concretamente, el consumo por habitante y por año está registrando una caída que ronda 28%-30% oscilando, en este momento, entre los 16-18 kilos, contra un pico de 27. Si a estos 9 kilos menos, a su vez, se les suma otro tanto en carne vacuna, se concluye en que la población está comiendo cerca de 20 kilos menos de proteínas animales por año. Para los avicultores, esto es muy grave. Sin embargo, no encabeza la lista de problemas prioritarios que, más vale, están ocupados por temas con otros eslabones comerciales: los hipermercados y los agricultores, quedando entonces atrapados «entre 2 fuegos».
Es que mientras los primeros imponen condiciones cada vez más exageradas para las comercialización (por caso, los plazos de pago pueden llegar hasta los 45-50 días), durante buena parte de este año los agricultores fueron «dueños» del principal insumo de las granjas: el maíz, cuyo abastecimiento fue menos que fluido. Es que, por un lado, debieron competir por el producto con la exportación y, por otro, con el «anclaje» en granos que hicieron este año los productores agrícolas ante la inseguridad financiera y la falta de crédito para enfrentar sus propios requerimientos.
• Mayores costos
Así, la falta de provisión regular y fluida de alimento para las granjas opacó totalmente otra serie de inconvenientes, como la falta de crédito, la competencia con Brasil, los aumentos en varios rubros (que determinaron que los costos de producción ascendieran en este período 130%-140%), etc. y llevó, incluso, a que propusieran al gobierno que cobre las retenciones a la exportación de granos en cereal, para que luego («y a precio de mercado», aclaran) los avicultores tuvieran a quién comprarle. El problema no es menor si se considera que para producir 12 millones de pollos se necesitan unas 5.000 hectáreas de maíz y, este año, la faena será de alrededor de 240-250 millones de cabezas, es decir, que requieren la producción maicera de no menos de 100.000 hectáreas.
Así, aunque la exportación constituye una pequeña luz para los que lograron quedar en el mercado, la incertidumbre general, la falta de crédito y de financiación, y la posibilidad de que aumenten algunos costos adicionalmente hacen que, aun dentro del propio sector, se prevean todavía más caídas en la producción.
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