11 de abril 2002 - 00:00

Las retenciones al agro son regresivas

Envuelta en la indignación y en la impotencia, la gente observa a los funcionarios debatirse acosados por los gastos improductivos de la función pública, la insolvencia, las deudas y la búsqueda desesperada de nuevos créditos.

En esa acumulación de urgencias, no hay tiempo para reconocer e impulsar las fuentes de riqueza que están latentes en el país y son capaces de robustecer la economía real en poco tiempo.

Si fuera posible una pausa en medio de tanto aturdimiento y extender la mirada más allá del perímetro urbano y los suburbios, podría recuperarse la confianza detrás del gran proyecto agrario, que trata de emerger entre obstáculos y atropellos fiscales.

Respaldando la voz del campo, está el tesoro latente del espacio argentino productivamente vacante, con grandes recursos naturales en espera de la necesaria presencia humana. El enemigo de Sarmiento, el desierto, todavía está presente en gran parte del territorio argentino. Es cierto que ahora la tierra tiene dueños, pero le falta población. Población significa impulso productivo, no sólo de la tierra, sino también del agua, el viento y el sol. Significa plusvalía para todos esos elementos y un flujo constante de bienes renovables. Ya no se puede hablar de territorio improductivo, a la luz de los conocimientos científicos y tecnológicos aplicados a la producción agropecuaria. Sólo hay territorio sin arraigo humano y productivamente vacante.

Cuando se observa a tantos miles de argentinos que se van del país para buscar trabajo o deambulan por los caminos pidiendo comida sin saber que pisan lo que da de comer, queda claro que hay un «rumbo olvidado» que debe retomarse.

Esa gente que se quiere ir o sale a pedir tiene tanto corazón, inteligencia y músculo como nuestros antiguos inmigrantes, aquellos que vinieron sin saber y sin tener, y que en poco más de medio siglo hicieron el complejo agrario que levantó a la Argentina.

•Rumbo

Los puntos de apoyo para retomar el «rumbo olvidado» están en la experiencia de las organizaciones representativas del agro, los antecedentes de los sistemas de colonización agraria del Banco Nación y de los institutos nacional y provinciales de colonización agraria. Tampoco deben dejarse de examinar los sistemas de colonizaciones privadas que tuvieron como precursores a Aarón Castellanos, Guillermo Lehman y otros tantos.

De allí nacieron las cooperativas agrarias como entes representativos y operativos de los productores organizados y las entidades gremiales que cubren la acción de los agrarios.

Esa expansión organizada de la frontera productiva agropecuaria se detuvo promediando las décadas del '50/'60.

Puede retomarse con la acción combinada del sector público, el sector privado y la inversión externa, mediante planes sustentables donde el rol de la inversión externa tendrá que ver con la infraestructura, la mecanización, y parte de la tierra y la acción pública y privada nacional tendrá que ver con el recurso más valioso que son las familias pobladoras, el territorio, el apoyo tecnológico, la organización productiva y comercial, y su integración a la cadena operativa del país.

Hay un proyecto de ley de cooperativas agrarias con despacho favorable de comisión en la Cámara de Diputados de la Nación, que si fuera sancionado, sería un instrumento asociativo muy útil para la convergencia de la inversión externa y los productores integrantes de las colonizaciones.
Los bienes de la naturaleza aumentan su valor cuando adquieren un sentido humano. En la actualidad, hay pueblos que luchan y mueren por su territorio. Nadie podría entender al pueblo argentino si deja vacante su propio territorio porque ha olvidado su ocupación e ignora las posibilidades de su uso.

Tampoco es entendible que lo que hoy genera el agro productivo, que es el espejo de lo que puede ser el territorio vacío, se haga propicio para aplicarles impuestos a las exportaciones que lo discriminan del resto de los contribuyentes, sin otro justificativo que la desesperación y el oportunismo, para recaudar más.

Impuestos regresivos como las retenciones a las exportaciones agropecuarias retrotraen a los viejos tiempos de la parálisis productiva agropecuaria, cuando la cuestión era seguir la fiesta distributiva día por día, sin pensar que se incubaba la escasez y la penuria del presente. Con ese criterio impositivo, que se mueve al compás de los sobresaltos de los recaudadores, no será posible presentar propuestas serias a la inversión externa, y el «rumbo olvidado» seguirá ajeno a las mentes de aquellos que dirigen el país.

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