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Se llegó superando a Venezuela (107-72), Rusia (100-81), Nueva Zelanda (112-85) en la zona de clasificación y a la misma Alemania (86-77), China (95-71), Brasil (78-77) y antes de eso dar un golpe de nocaut a los Estados Unidos (87-80) en su propia casa, quitándole el invicto que ostentaba un «dream team» desde el '92.
Se sabía que Yugoslavia era uno de los más serios candidatos a pesar de haber perdido dos encuentros: con Brasil y España. Sin embargo, es un equipo que también tiene historia y mucha, posee una escuela como pocos, tienen hombres que se tutearon siempre con los mejores y cosecharon medallas en lo más alto del podio. De eso dan cuenta los mundiales de 1970, '78, '90 y el último del '98.
A ese equipo, Argentina -esta vez-lo tuvo al borde del nocaut. Primero cuando no pudo sustentar los cinco puntos de ventaja que llevaba faltando tres minutos y ese final donde a 10 décimas de segundos, los árbitros «se hicieron los distraídos» no cobrando una falta que hubiese -seguramente-provocado que el título ecuménico cambie a manos de Argentina. Es decir, que este equipo que dirige Rubén Magnano estuvo a sólo un paso de marcar el hito más grande de ese deporte a nivel mundial.
No hay equipo si esa defensa no es complementada con otras acciones en el juego medio, sea para abrir caminos por la llave o por el lanzamiento a distancia. Argentina encontró en Sconochini a un jugador de excepción con su habilidad y precisión para trabajar bajo el aro, en Palladino al hombre que simplificó situaciones complicadas con sus remates de tres puntos y en Nocioni el tempera-mento y juego que faltaba cuando el equipo mostraba el menor signo de flaqueza.
Debajo del tablero ofensivo realizaron -a su vezun gran trabajo Fabricio Oberto, Rubén Wolkowiski y Luis Scola. Complementando o dando forma en el marcador a un trabajo que salía desde la línea de base hacia adelante. Para completar habría que hacer una mención a Leo Gutiérrez y Gabriel Fernández, dos jugadores que esperaron pacientemente turno en el banco y tal vez por desconocido, cuando ingresaron, no sólo no desentonaron sino que aportaron algo de lo que saben y pueden.
Sería impropio no señalar el trabajo que provino desde la base técnica. La cabeza visible fue Rubén Magnano, pero detrás Tolcachier y Duró fueron pilares de este gigantesco equipo que llegó a cumbres (a priori) tal vez impensadas, pero que sin dudas le darán un nuevo impulso a este basquetbol que de la mano de León Najnudel tomó cuerpo y forma y hoy se puso el frac de subcampeón con el rótulo de «dream team», porque el sueño fue cumplido y con creces.
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