Pablo Ledesma grita su gol, que convirtió antes del minuto de juego. Boca empezó ganando,
pero River le empató en el segundo tiempo a pura voluntad.
El empate final del clásico puede analizarse bajo muchos puntos de vista y en algunos, el resultado final es justo y en otros injusto.
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Boca tuvo «volumen» de juego, talento y capacidad para manejar la pelota, pero le faltó eficacia para transformar en la red su dominio por momentos abrumador. River, en cambio, suplió con temperamento su falta de juego y después de lograr el empate pudo neutralizar corriendo el dominio del rival y hasta pudo ganar el partido de contraataque.
Convengamos que comenzar ganando un clásico antes del minuto de juego es una gran ventaja psicológica y Boca aprovechó ese gran comienzo con gol de Ledesma incluido, tras gran pase de Riquelme para encerrar a un River que se debatía desordenadamente, producto de los nervios.
En un momento, los mediocampistas de River dudaban entre retroceder o presionar hacia adelante y en esa duda, Boca sacaba ventaja desde la categoría de Riquelme, quien en esos 45 minutos mostró todo su repertorio de cambios de frente, frenos, toques lujosos, paredes y hasta pases gol, dejando más de una vez a Palacio y Palermo frente al arco de River.
En ese primer tiempo también hubo otro protagonista, el arquero de River, Juan Pablo Carrizo, que con tres atajadas magistrales, una de ellas dos veces en la misma jugada, evitó que su equipo se fuera al descanso con un resultado abultado adverso.
Pero, como suele pasar en el fútbol, en el segundo tiempo se mostró un cambio. River empezó a atreverse. El mediocampo ya no dudó y se dedicó a presionar a los mediocampistas de Boca, que ya no recibían con tanta comodidad la pelota, y el juego se emparejó.
River empató el partido rápidamente con una media vuelta de Mauro Rosales, que a esa altura resultaba imparable por su velocidad para los defensores de Boca y a partir de allí todo cambió.
Riquelme desapareció de escena y Neri Cardozo, que se quiso hacer timonel del equipo, como dicen ahora, «tomó decisiones equivocadas». Boca empezó a perder la pelota y salvo Banega, que con sus gambetas limpiaba el terreno para sus compañeros, los mediocampistas perdían el mano a mano con sus rivales. Apareció Augusto Fernández y, con cuentagotas, Fernando Belluschi y River empezaron a cambiar ataque por ataque, hasta tener las mejores situaciones. Fueron 30 minutos en los que Boca perdió la brújula y casi pierde el partido.
Después, volvió a aparecer Riquelme y con él todo Boca, que retomó el dominio, aunque ante un rival que ya no estaba desordenado y contestaba golpe por golpe.
Volvió a emerger la figura de Carrizo, sin duda el mejor del clásico, para tapar primero un cabezazo de Palermo y después con los pies un remate de Riquelme, pero, por otro lado, dos errores de Banega, por exceso de confianza en el manejo de la pelota, le dieron a Ruben la oportunidad de darle el triunfo a River, pero le faltó precisión.
En consecuencia, Boca jugó mejor desde lo futbolístico y tuvo mayor cantidad de situaciones, tanto que convirtió a Carrizo en figura, pero River lo pudo haber ganado de contraataque, por lo que, si bien en fútbol no existe un « mereciómetro», el empate puede considerarse un resultado justo, que marca las virtudes y los defectos de cada uno. Boca quedó con el sabor amargo de no poder liquidarlo en el primer tiempo y River, de no haberlo hecho al final.
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