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Argentina comenzó el torneo luchando contra todos los elementos que presupone la condición de local. Un estado de nerviosismo especial como el que padece todo país anfitrión, el peso de una responsabilidad mayor que baja de las tribunas colmadas y se deposita en el campo de juego, y la indudable potencia de los rivales que no llegaron a esta instancia de casualidad. En este último caso
Todas estos elementos son de tener en cuenta porque valoran -más allá del triunfo-que de pronto «lo peor ya pasó», si se sabe que este partido tenía una tensión adicional. Seguramente desde allí habrá que analizar a esta selección argentina y habrá que pensar que los minutos de demora para acomodar su saque y coordinar las acciones de bloqueo, tienen algunas respuestas que en otros partidos no la tendrían.
Este equipo -en definitiva-apeló a la experiencia de Weber para darle serenidad al armado, a la potencia de Milinkovic, en los remates cruzados, a la experiencia de Conte para darle serenidad a los compañeros cuando no se encontraba el camino que sintetizara esa «pared» llamada Australia.
Si hay algo destacable en los argentinos fue la enorme capacidad defensiva demostrada, donde Meana se convirtió en bastonero para que los tremendos saques que provenían de la línea de saque de Australia. Un equipo de gran potencia asentado en la capacidad de Van Beest y la circulación de pelota que le daban Howard y Hardy. Sin embargo, no se puede dejar de valorar los cambios estratégicos que propuso Getzelevich que con la inclusión de Ferraro por Weber hizo que los rivales tuvieran dificultades para leer el juego argentino.
En síntesis, un triunfo trabajado con muchos aciertos y una producción como para entusiasmarse con mucho más. Por ahora, se puede decir que como por ser el partido debut, con lo hecho bastó y sobró.
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