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América -como podía presuponerse-se plantó ante Racing distribuyendo toda su gente en el mediocampo. Un poco para romper la salida y, otro tanto, tratando de cortar los circuitos que intentaban imponer Bedoya, Peralta y Mariano González para explotar la movilidad de Milito y de Rueda (perdió tres situaciones claras para convertir) con el auxilio de Romero.
Los colombianos se mantuvieron en sus consignas: vehemencia, juego friccionado, cortado, de poco vuelo, que le daba certezas con el correr de los minutos y la concreción de un empate que llevaba a los penales.
Lo mejor de Racing fue cuando desde mediocampo hacia arriba fue encontrando espacios para maniobrar. Si le faltó algo para desequilibrar fue algo de serenidad y «ponerle un poco de tiza al taco». El apuro no es buen consejero y fue lo que invadió a Racing en la misma medida que le fue dando solidez a la estructura del América que hasta ahí se había sustentado en el juego de Bustos atrás y Ferreira en el medio. Lo demás no sirve para el análisis.
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