River "madrugó" a Boca al vencerlo por 2 a 0 esta tarde en un superclásico disputado en el estadio Monumental, y de paso le transfirió al rival cuotas de su crisis, en materia de rendimiento futbolístico y violencia.
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Esta edición del superclásico tuvo de todo: buen fútbol, dos goles, uno a los 23 minutos del primer tiempo convertido por Radamel Falcao García y otro a los 33, producto de un penal de Ariel Ortega, una expulsión, la de Ever Banega a los 45 y una pelea dentro de la tribuna visitante, además de butacas arrojadas contra plateístas locales.
Toda la realidad futbolística del momento se vio condensada en un solo partido porque River, que venía de caer vapuleado por el modesto Argentinos Juniors en La Paternal, se lució y jugó como si estuviera peleando el campeonato.
Y Boca, que es el candidato de alternativa al puntero Independiente, sumó su cuarta caída en trece jornadas, como para dejar ratificada la irregularidad común a la mayoría de los equipos.
El local venía de mal en peor, porque además de la mencionada derrota en la fecha anterior había penado en el Monumental primero con Botafogo de Brasil, al que doblegó en un partido vibrante y con muchas alternativas en el marcador y después con Rosario Central, frente al que terminó igualando 3 a 3 pero con más de una polémica.
Claro que en ese estadio se hace fuerte el equipo de Daniel Passarella, que hoy mostró su mejor cara, con Ortega como estandarte, para no defraudar a los hinchas que montaron una fiesta de color y emoción.
Boca -que había doblegado sin problemas a San Lorenzo en la fecha anterior- sufrió de entrada, cuando Mauricio Caranta se tuvo que esforzar ante un intento de Falcao García, atinó a recuperarse y lo tuvo mal a River con una serie de tiros de esquina que merecieron una movilización defensiva del local.
Pero pronto se bastaron Eduardo Tuzzio en la marca de Martín Palermo, Leonardo Ponzio en la cobertura de Leandro Gracián o Rodrigo Palacio y Belluschi colaborando con los del fondo.
El andamiaje defensivo de River se formó con tres en el fondo: Nicolás Sánchez, con voz de mando, a la derecha, Tuzzio en el medio y Ponzio a la izquierda; en tanto que Paulo Ferrari pudo irse al medio porque por allí no avanzó casi nunca un hombre de Boca.
Bastó que Ortega se inspirara y toda clase de peligros rondaron el área de Boca, que se salvó cuando Belluschi estrelló un cabezazo en el travesaño, pero las jugadas de riesgo siguieron rondando y de una asistencia de este llegó el furibundo remate con que Falcao terminó la jugada para que el estadio estallara en el grito del primer gol.
Al lado del River ágil, preciso, veloz y por momentos lujoso que se vio hoy, Boca, con todo su oficio, es un equipo lento, que necesita de algunos segundos más para pensar y construir jugadas.
Lo intentó, pero la disciplina táctica de todos los hombres de River fue tal, que a fuerza de anticipos y presión, despojó de la pelota al rival.
Plantado para contra atacar, River era una amenaza letal para Boca, con Diego Buonanotte -esa grata revelación- siempre dispuesto a la carrera, para sumarse a Falcao.
Así, se tuvo que revolcar Caranta hacia el palo derecho para sacar un tiro de Ortega y, cuando a los 32 alargaron para Buonanotte al área, Gabriel Paletta salió a barrerlo sin ninguna clase de contemplaciones y le cometió penal.
Caranta se adelantó demasiado en el primer tiro y atajó yendo a su izquierda, pero Ortega volvió a elegir el mismo lugar en su segundo disparo, en que no amagó y concretó el 2 a 0.
Ahí se terminó prácticamente el partido, River tuvo una inyección anímica, la gente se contagió y Caranta siguió salvando, como a los 38, cuando rechazó como pudo después de un tiro libre de Buonanotte que "peinó" Falcao en el camino.
Ese panorama no le dejó margen a Boca, que para colmo lo perdió a Banega por barrer alevosamente a Ferrari cuando se escapaba con posibilidades de anotar el tercero.
Quedaba un tiempo en que las "decisiones" del técnico Miguel Angel Russo tendrían que ser claves para cambiar la historia.
Cicatrizaban las heridas de un River que arrastra una larga crisis, dentro de un club en que una vez más se hablaba de entrenadores sustitutos de un Passarella que ofrece la sensación de que siempre se está yendo.
Apareció Boca en el segundo con Sebastián Battaglia por Gracián, el ex Vélez que no termina de encajar en los esquemas, gustos, usos y costumbres boquenses.
Para colmo, Boca fue la impotencia. Tuvo un tiro libre, pateó Claudio Morel Rodríguez y faltó que el arquero Juan Pablo Carrizo tomara la pelota con una mano.
Boca tenía la pelota y era una alarmante nada, como lo podría ser su realidad -hasta que juegue el Mundial de Clubes- si llegara a quedar fuera de la lucha por el título de este Apertura.
River se dio el gusto de regular todo el tiempo que quiso, porque total, el rival no aportaba; cuando quiso, apeló a los lujos y a los "ole" de la gente, aunque más no fuera para compensar la guerra planteada entre la tribuna visitante y la platea baja local, ya que los de arriba tiraban todas las butacas que pudieron "arrancar".
El oficio y la innegable clase internacional de Boca sirvieron para aguantar, también mediante faltas tácticas, el vendaval que podía venírsele encima si River apretaba.
Porque River tuvo la pelota cuando quiso, anticipó en defensa y presionó en el medio todo el partido, salvo cuando dejó hacer al rival, en la primera parte del complemento.
Passarella se fue sonriente, las tribunas de River parecieron una fiesta de otros tiempos y Boca se quedó en medio de una gran incertidumbre. Quedan seis fechas.
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