San Lorenzo no encontraba la pelota en la zona media y «hacía agua» por el lado donde Paredes debía frenar a Gatti Ribeiro y por donde Esquivel debía (se supone) ponerle cerrojo a Botero, en las pelotas por elevación tanto por la buena actuación de Medero o Morel Rodríguez parecían no encontrar respuesta a tantos centros. Saja se fue convirtiendo en pieza importante. Cortando, desviando o metiendo los puños a esas pelotas cruzadas que tenían destino (casi siempre) de rival. San Lorenzo quedó partido en dos, quedó supeditado siempre a los arrestos ofensivos del «Beto» Acosta.
Cuando se producía un cambio en el juego, porque Herrón y Michelini ya no daban tanto espacio en el medio, cuando el contraataque de San Loren-zo se hacía sentir algo más, imponiendo la experiencia y presencia de Acosta. Llegó una pelota en profundidad que encontró a Astudillo en plena carrera, superó al marcador y envió al centro, pero Tufiño tocó la pelota (cuando el «Beto» Acosta venía pidiendo pista), pegó en la espalda de Sandy, dejó en el camino a Fernández y quebró su propio arco. Festejo impensado de todo San Lorenzo.
Era lógico pensar que el Bolívar -desesperado y aumentando errores-se iba a jugar en ataque y que San Lorenzo trataría de retener la pelota. Los dos tuvieron situaciones claras para convertir, porque los dos equipos caminaban por un hilo muy delgado. Pesó más el insistir de los bolivianos y ese remate a distancia de Oscar Sánchez que superó a Saja y ponía una igualdad que actuaba como factor psicológico, para empujar a uno y bloquear al otro, más cuando era evidente que se hacía sentir la falta de oxígeno. Hasta que Mercado se encontró con una pelota para enviarla a la red.
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