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En verdad, dio toda la sensación de que tanto El Nacional como San Lorenzo salieron a tomar recaudos, como consecuencia de la llamativa derrota de Peñarol ante Real Potosí por 6 a 1. El juego se circunscribió al medio campo. El Nacional, asentado en lo que mandara futbolísticamente Juan Carlos Burbano, mientras el otro Burbano (Robert), Morales, Ordóñez y Herrera buscaban por los laterales para acertar en un ollazo. Cuando pusieron la pelota contra el piso y a espaldas de los defensores, todo San Lorenzo comenzó a tener problemas.
El equipo argentino tuvo -por momentos-la pelota, la hizo circular, pero no sólo le faltó precisión en el escalonamiento ofensivo que propuso, sino que, además, se confundió en un esquema donde todos colaboraban, pero nadie «mandaba». No lo hacía el andar de Erviti, tampoco podía desnivelar por la inoperancia de Franco, menos por Acosta, tirado decididamente a la punta izquierda, o por Estévez, sin aprovechar la punta derecha, que es lo mejor que hace.
Pellegrini sabía que no debía luchar sólo con los 2.800 metros de altura, sino también con sus propias limitaciones. Acosta siguió intentando desde fuera del área, y San Lorenzo llegó por agrupamiento de gente de medio campo hacia arriba, situación que permitió la ofensiva de El Nacional, que tuvo tiempo y espacio para el contraataque.
De no haber sido por dos mano a mano de Saja, el partido podía haber concluido bastante antes. Pero llegó otro contraataque, todo San Lorenzo jugado a la ofensiva, y Ordóñez enfrentó a Saja y convirtió. A San Loren-zo lo único que le quedaba era el descuento, la posibilidad de achicar la diferencia de gol. Entró Di Lorenzo por un intrascendente Franco y Filomeno por Estévez. San Lorenzo quedó en arrestos y mientras el arquero Ibarra se asociaba a la fiesta quitándole a San Lorenzo la posibilidad del descuento, Fernández marcó el tercero, que, a decir verdad, jugaba más en favor de Peñarol que otra cosa.
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