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El debut deparó una sufrida victoria sobre Hungría por 2 a 1 y luego otro triunfo contra Francia, por el mismo marcador, para asegurarse la clasificación a la segunda ronda.
La última fecha de la primera fase marcaba un duelo contra Italia para definir cual de los dos se quedaba con el primer puesto del grupo.
La derrota ante los italianos (1-0) obligó al equipo a dejar Buenos Aires y el estadio Monumental, para mudarse a Rosario, donde esperaban Polonia, Brasil y Perú.
Allí apareció Mario Kempes en toda su dimensión, y fue el artífice del triunfo contra Polonia por 2 a 1, aunque luego no se lució tanto en la igualdad sin goles ante Brasil.
En el cierre de la segunda fase la selección debía enfrentarse a Perú, y con la obligación de imponerse por cuatro goles de diferencia para acceder a la final, ya que horas antes Brasil le había ganado a Polonia.
El encuentro contra los peruanos, envuelto en innumerables rumores y denuncias nunca comprobadas debidamente, se resolvió con un margen más amplio del esperado: 6 a 0.
La final marcaba el regreso al estadio de River, que el día de la final lucía como nunca.
Millones de papeles saludaron el ingreso de la selección, en medio de una ansiedad que se devoraba a protagonistas y espectadores.
Cerca del epílogo de la parte inicial Kempes abrió el marcador y Argentina conservó la ventaja hasta los minutos finales del encuentro.
Sin embargo, un tal Dirk Nanninga marcó el empate y obligó a disputar el alargue. Otra vez Kempes, y luego Daniel Bertoni anotaron los goles decisivos.
Entonces, se desató un festejo inolvidable en cada rincón del país.




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