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18 de agosto 2005 - 00:00

Se ganó, pero quedan otros interrogantes

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Gabriel Heinze ofrenda su gol, el segundo con el que la Selección argentina derrotó a Hungría en un partido amistoso que se jugó en Budapest.

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Aunque jugó bien, sería bueno saber también cuál es el lugar de Maxi Rodríguez en el campo. Sin embargo, a la luz de lo visto, ni siquiera tiene demasiada importancia todo esto.

Tal vez la enseñanza en esta oportunidad habrá que sacarla por otro lado. Por ejemplo, acostumbrarse que los rivales salgan preparados para enfrentar a Argentina como una real potencia. Sea el equipo que se quiera y de cualquier parte del mundo (incluida Europa), a excepción de algún equipo, tal vez americano si es que juega de local.

En síntesis, casi ninguno saldrá a buscar un resultado en campo argentino. A esta selección en general la esperarán con mucha gente (a veces inexplicablemente) en su propio campo y también habrá que acostumbrarse a tener la pelota, contar con pocos espacios para maniobrar y esperar que se abran brechas por donde intentar el remate. También tendrá que exponerse al contraataque. El lugar por donde más puede dolerle: cuando le ganen en el uno contra uno y los puedan sorprender con algún remate certero.

Da la sensación de que será una constante, que además pudo verse en casi todos los partidos, claro con la lógica excepción de Brasil. A esto habrá que adosarle la postura que tomarán los árbitros cuando los resultados pesen (o valgan) mucho más que el de este partido con Hungría. Primero, porque los jueces permiten que se produzca una infracción tras otra -generalmente de manera sistemática- para lograr interrumpir el juego hasta límites insoportables. Mas lo que es peor es que esos foules reiterados no sean castigados con ninguna amarilla y otros similares, pero mucho menores, sirvan de pretexto para una amonestación (vale como ejemplo la tarjeta que le sacaron a Luis González y ni siquiera hubo roce).

Como si esto fuera poco, este árbitro alemán de apellido Merk puso al máximo su balanza de ecuanimidad para favorecera sus vecinos europeos cuando a menos de un minuto de su ingreso expulsó a Messi y dejó a los argentinos sin poder degustar el sabor de un caramelo, que tal vez haya sido el mayor ingrediente de este partido (¿o no?).

Más grave aún porque la jugada se produjo cuando Messi superó claramente al mediocampista Vanczak y, cuando tomaba el camino del área, fue agarrado de la camiseta por este jugador desde atrás, y el argentino, en el afán de quitárselo de encima, estiró el brazo. El juez «entendió» que hubo codazo y sacó la roja. Una barbaridad, que dejó a la Argentina con 10 jugadores, sin ver a este prometedor chico y cambiando la tónica del juego. Por supuesto, si no era eso lo que pretendía.

En cuanto a lo poco que dejó el juego en sí, puede señalarse que hay lugares que aún presentan dudas. Tal vez el lugar más importante, por la trascendencia que tiene, es el del arquero, aunque Franco haya sacado dos pelotas de red. Sin embargo, dicen que ya se prepara Campagnuolo... También que habrá que sincronizar la salida cuando el rival juega al pelotazo y a un toque. El gol de Hungría es sólo una llamada de atención, porque el marcador de punta apareció en la línea de fondo sin marca alguna.

Cuando las cosas no salen, el viejo y remanido «ollazo» sirve algunas veces para superar la falta de fútbol en cercanías del arco adversario, como en los goles de Maxi Rodríguez y Heinze. Aunque los memoriosos -con fundamentos- también puedan alegar que jugando así tuvimos algún disgusto. Que lo diga Bielsa, por caso...

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