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10 de diciembre 2022 - 11:03

Una selección de corazones ardientes

Este equipo tiene esos corazones ardientes y esas mentes lúcidas. Son las que nos trajeron hasta acá y todavía nos tienen esperando el próximo partido.

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Esa locura celeste y blanca que salta y grita en un ángulo del Lusail Stadium no es sólo un equipo de fútbol. Es un grupo de tipos que nunca dejan que el desánimo se los lleve puestos, que jamás permiten que todo el esfuerzo se vaya por la alcantarilla por uno o dos tropiezos, que no se deja arrastrar por reyertas futboleras que son de potrero, aunque estemos jugando un Mundial. Y este es uno de los puntos más fuertes de la Selección Argentina que acaba de meterse entre los cuatro mejores equipos de Qatar 2022. Tiene una cabeza y, sobre todo, un corazón capaces de superar cualquier obstáculo. La mente y el corazón representan un papel determinante en este juego y da la impresión que cada vez más. Pero siempre fue asi, aún en tiempos en los que periodistas, jugadores y entrenadores se burlaban de la sola idea de que un psicólogo ocupara un sitio en un cuerpo médico. “El mejor psicólogo es el técnico”, decían. O “juegan al fútbol, ¿qué problema van a tener?”, como si un psicólogo fuera un médico “ de la cabeza” al que uno acude sólo cuando tiene un problema puntual y no como apoyo para soportar presiones o, simplemente, entender un poco mejor las cosas.

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La Selección Argentina que le ganó la final a la entonces Holanda en 1978, pasó por un trauma similar al que pasó el equipo de Lionel Scaloni. El gol de Dick Naaninga fue en el minuto 82 de la final del Mundial y, al igual que los goles neerlandeses de la noche qatari, era algo que ambos equipos naranjas --el del 78 y el de Qatar-- venían buscando con ahínco y con fuerza más que con un juego atildado. Wout Weghorst, uno de los gigantes que Louis Van Gaal mandó a la cancha para intentar revertir una situación adversa, hizo un gol casi a la misma hora que Naaninga en el 78: 83 minutos o 38 minutos del segundo tiempo, como más les guste. Cuando Países Bajos se puso a uno gol de distancia, Argentina se encontró con que en la cancha ya no tenia a De Paul ni al estupendo Acuña ni a Enzo Fernandez de 5 ni dominaba la situación y la pelota le llegaba a Messi poco y nada. A cambio de esto, estaban Tagliafico sobrepasado por el 2-1 de Dumfries y Berghuis (otro de los influyentes cambios de Van Gaal), Paredes puesto a hacer lo que menos sabe hacer, que es actuar como contención y Pezzella no alcanzando la dimensión de su reemplazado Cuti Romero, al punto de cometer una falta en la puerta del área a un rival que está de espaldas al arco y, con tanta mala suerte, que de ese tiro libre llegó el empate --otra vez Weghorst-- en el minuto 100. Argentina ganaba y le empataron al final, como pasó en el 78. Argentina gana 2-0 y le empataron 2-2, como en el 86. En este partido, llegaba un suplementario de 30 minutos, como en el 78. Había que sacudirse el golpazo y salir a reacomodar la situación, como en el 78 y el 86.

Cuando uno quiere resaltar el espíritu de un futbolista o de un equipo, como en este caso, se apoya en los momentos desfavorables, en esos tramos en que una historia que viene con viento de cola, con picos de rendimiento hasta ahora no alcanzados, como pasó con Argentina en los primeros 70 minutos de partido, con un Messi sublime y más Maradona que nunca, con actuaciones cercanas a la perfección de Acuña y Mac Allister, con Otamendi representando cabalmente a sus dos legendarios predecesores que usaron el 19 (Passarella en el 78, Ruggeri en el 86), con Enzo Fernandez explicando desde su pie derecho que el apellido del volante central ha cambiado y que, a partir de ahora y para siempre, cuando se quiera instalar “el equipo de memoria” será con él adentro y con Julián Alvarez bajando de la marquesina y metiéndose en el barro para tirar del carro. Pero llegaron los cambios de Scaloni, los de Van Gaal y, la verdad, esas variantes le dieron mejor resultado a Países Bajos que a Argentina.

Por eso, Argentina, como la Selección del 78, tuvo que salir a jugar un suplementario con los gritos de gol ajenos repicando en la cabeza. Y por eso también, como en el 86, imaginó que tendría que bancarse una continuidad en la arremetida rival, envalentonado por haber salido, aunque sea de manera provisoria, de una situación angustiante. Si Países Bajos encontró el camino por arriba, logrando ganar en esa disputa aérea y consiguió llegar a la prórroga con una pelea parada, ¿por qué cambiar?

Pero el que debía reponerse y cambiar era Argentina, como hicieron los de Menotti en el 78 y los de Bilardo en el 86. Hacer como James Bond, que rodaba por la tierra vestido de smoking, se levantaba, se sacudía un poco y estaba impecable de nuevo, como si nada hubiese pasado. Lo extraordinario es que lo hizo. Debió salir otra enorme figura de la noche de Doha, Nahuel Molina para dejar su lugar a Gonzalo Montiel, pero lo que cambió fue el modo. Aunque Argentina estaba sin varios de los mejores jugadores de “su” mejor partido, algo se modificó en la cabeza y en el corazón. Nunca se sabe exactamente qué cambia cuando se trata de algo tan abstracto como la mente, el espíritu y la emoción, qué tecla se toca para salirse lo más rápido posible de una situación compleja. Aquí mismo mencionamos la habitualidad de jugar al filo que este equipo adquirió después de la derrota inicial con Arabia Saudita. Sin embargo, esto fue un ladrillo más en la construcción de esa pared anímica sólida que el cuadro de Messi tiene para ocasiones como ésta. Quedaba media hora por delante, mucho cansancio en una noche inusualmente fresca y, así y todo, Argentina salió adelante. Salió con ciertos valores futbolísticos que tienen a Leo Messi como líder inquebrantable, y acompañantes sabios como Enzo Fernandez y Alexis Mac Allister. Ellos tres, desde su cabeza y su corazón llevaron al resto para adelante. Lo emocional jugó un papel esencial en lo que pasó en estos Cuartos de Final. Países Bajos no resistió tanta resiliencia, tanto coraje, tanta decisión. Si bien mantuvo el 2-2, la hazaña de haberlo conseguido como lo consiguió, mutó a un logro mucho más pequeño, el de mantener ese empate y llegar a los penales. Argentina volvió a reducirlo a una expresión tímida y temerosa, como en aquellos primeros 70 minutos y lo hizo, básicamente, desde la rebeldía que le produjo haber dejado escapar la chance de definir un partido que tenia controlado, desde la reconfiguración de un funcionamiento que se había resquebrajado hasta el nuevo convencimiento de que las cosas iban a tardar un poco más, pero iban a llegar.

Ademas de talento, Argentina es un equipo de corazones ardientes. Jugó cuando tuvo que jugar, peleó cuando tuvo que pelear, atajó cuando tuvo que atajar y el corazón de todos latió más fuerte que nunca cuando uno de los iconos de este ciclo, Lautaro Martínez, convirtió el penal definitivo. Los brazos abiertos de Kempes, la corrida inmensamente feliz de Diego con la camiseta azul comprada en una centro comercial mexicano, ahora el abrazo solitario de Leo para Dibu, son imágenes que van quedando en la historia, parentescos con la gloria eterna que vamos encontrando mientras subimos una imaginaria escalera al Edén futbolero. Con corazones ardientes y mentes lúcidas, Argentina llegó muy alto en otros tiempos.

Este equipo tiene esos corazones ardientes y esas mentes lúcidas. Son las que nos trajeron hasta acá y todavía nos tienen esperando el próximo partido.

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