Economía

Dólar: ¿cómo seguimos después del 27-O?: "Cepo Recargado", "Mercado Desdoblado" o "Plan Bonex"?

Así no se puede seguir. Queda claro. No hay una suba formidable del dólar como tras las PASO, pero el Banco Central viene quemando reservas a un ritmo insostenible que haría que las mismas se acaben mucho antes del 10 de diciembre. Por lo tanto: ¿a qué vamos presumiblemente desde los primeros días de la próxima semana? Tres son las posibilidades para aplacar el drenaje de reservas: hacer más estricto el control de cambios, desdoblar el mercado del dólar o aplicar la “opción Terminator”, o sea, un “Plan Bonex”. Examinemos las tres:

“Cepo Recargado”

En esta opción, el Banco Central limita severamente las compras de los particulares a niveles muy inferiores a los actuales, y posiblemente inaugure algún mecanismo adicional para ceñir más el control de cambios. Por ejemplo, autorización de la AFIP, declaraciones juradas o lo que fuere. En esta opción las ventas de dólares del BCRA pueden disminuir pero es muy improbable que cesen y hasta pueden reforzarse con el correr de las semanas merced a la demanda de importadores. En este escenario el BCRA ajusta el valor del dólar “oficial” a paso mucho más acelerado que el actual para disminuir las ventas. El Banco Central iría devaluando y vendiendo dólares de manera más medida a precios cada día superiores. Esta solución metafóricamente es como un back central reventando una pelota a la platea para que un delantero contrario no se escape con el balón. Rústico y muy a medias efectivo. Pero de probable aplicación.

“Mercado Desdoblado”

Se trata de hacer que haya dos mercados legales: el comercial -por donde sólo pasa el comercio exterior– fijado por el BCRA y el financiero, libre, por donde se hacen transitar todas las demás operaciones: compraventa para atesorar, pago de utilidades y dividendos, turismo, compras con tarjetas de crédito, pagos al exterior de deudas contraídas, etc. Las grandes ventajas son que el esquema elimina las compraventas ilegales e informales, la evasión tributaria por motivos cambiarios se atenúa, en casos extremos el BCRA puede intervenir oficialmente y es un mecanismo más prolijo, transparente y libre que el control de cambios reforzado del punto anterior. ¿Probabilidad? Menor que el “cepo duro”. ¿Por qué? En parte porque los funcionarios -muy jóvenes en general- no vivieron profesionalmente esa experiencia en la Argentina y por lo tanto desconfían, y porque la muy alta brecha cambiaria que podría existir “tentaría” a muchas empresas a colocar sus precios usando como referencia el dólar financiero y no el comercial. Cabe recordar que este esquema, aunque superior, no es la panacea. Ocurre que si bien se nacionaliza el superávit comercial, los dólares que entran por el mismo se van por entero en pagos de capital e intereses de la deuda al exterior.

“Plan BONEX”:

Con este sistema se elimina de cuajo la presión sobre el dólar. Antes de que el amigo lector cante victoria es necesario pedirle atención porque esta opción conduce -a nuestro juicio- a un tétrico callejón sin salida. Hagamos un poco de historia, porque muchísimos no tienen idea de lo que es un “Plan Bonex” y otros no la saben bien: a fines de 1989 y principios de 1990 sucedió la segunda hiperinflación en la Argentina. Como había que cortarla, algunos economistas volvimos a reclamar, como lo hiciéramos desde inicios de 1989, por una convertibilidad. Entre ellos estaban el muy prestigioso Carlos Rodríguez (quien ahora está entre quienes proponen un “Plan Bonex”), Aquiles Almansi, Gabriel Rubinstein, Eduardo Curia, Luis Rappaport, quien escribe estas líneas y… prácticamente nadie más. Había una cerrada oposición a una convertibilidad por parte de la abrumadora mayoría de la profesión, y en general entre los “grandes popes” (Alvaro Alsogaray, Roberto y Juan Alemann, entre otros) lo que hizo que el ministro Erman González, a punto de aplicarla, titubeara y consultara con el canciller, que era Domingo Cavallo, qué hacer. Cavallo, claro y silencioso conocedor del formidable poderío antinflacionario y reactivante que podía tener una convertibilidad en aquel contexto, le sugirió a Erman González… no solo no hacer una convertibilidad sino también, en su lugar, canjear de manera compulsiva los plazos fijos en pesos y los bonos en pesos por Bonos Externos Serie 1989. Eran bonos en dólares a 10 años con 2 de gracia y 8 pagos anuales de capital, a interés variable. Adicionalmente Cavallo aconsejó una flotación limpia del dólar. Erman González le hizo caso…. y se cavó la fosa solito, o mejor dicho, con la ayuda de Cavallo, que solo tuvo que esperar que pasara el muy recesivo 1990 para suceder al desgastado Erman González y así aplicar él la convertibilidad, llevándose inmerecidamente los laureles de un plan que aplicó pésimamente desde el inicio, dado que a raíz de la flotación limpia casi sin moneda de 1990 -los plazos fijos habían sido canjeados por Bonex 89- el dólar había colapsado (como lo haría ahora) y el retraso cambiario con el que empezó la convertibilidad fue así fenomenal. Otra hubiera sido la historia de la convertibilidad si hubiera nacido un año antes, con tipo de cambio real alto.

Ahora bien, las aparentes ventajas de un Plan Bonex, o sea, acabar con las Leliq y los plazos fijos, hacer innecesario el control de cambios y reducir dramáticamente la demanda de dólares desaparecen por entero -y se transforman en claras, cristalinas desventajas- cuando se observan los efectos colaterales y secundarios. ¿Cuáles son? Veamos:

En primer lugar, canjear los plazos fijos en pesos y las Lecap por Bonex implicaría aumentar en u$s20.000 millones la deuda externa de un plumazo. Y más aún por el canje de Lecap. Si bien ese aumento en la deuda pública es compensado por la eliminación de las Leliq, estas últimas son en realidad un encaje remunerado de los depósitos a plazo en un altísimo porcentaje y además son en pesos, con lo cual es incompresible canjearlas por más deuda externa, cíclicamente impagable.

En segundo lugar, hay que recordar que estamos al borde de un inevitable “default”. ¿Qué les daríamos entonces a los depositantes a plazo fijo a cambio de los mismos? ¿Bonos a defaultear en menos de lo que canta un gallo? ¿Papelitos de colores?

En tercer lugar, si a los depositantes en plazos fijos en pesos se les hace un canje compulsivo por bonos en dólares a 10 años, de incierta, devaluada e inquietante paridad en el mercado, ¿qué puede esperarse que ocurra con los depositantes de dólares que heroicamente han quedado hasta ahora en los bancos? ¿Quién se quedaría?

En cuarto lugar, se trataría de un temerario paso a una dolarización encima imperfecta al abundar bonos en dólares de incierta paridad, no dólares reales. ¿Porqué no ir a Ecuador a preguntar cómo les ha ido con esta historia de la dolarización y no poder emitir moneda propia justo cuando la necesitan?

En quinto lugar, ¿a qué deberían dedicarse los bancos? Sin depósitos a plazo fijo, ¿qué serían? Una inmensa caja de seguridad de pesos durmiendo en depósitos a la vista y caja de ahorro.

En sexto lugar -atención a esto- ¿qué ocurriría con la tasa de interés? Volaría por los aires, como lo hizo en 1990 al haber gran cantidad de crédito bancario preexistente sin fondeo, al desaparecer los plazos fijos. Los bancos pugnarían por cancelar crédito en pesos, produciendo un estrangulamiento en las empresas que no los podrían conseguir. Ocurrió en 1990 y ocurriría ahora: un gigantesco “credit crunch”. Una pesadilla…. que ya vivimos….

En síntesis, entonces, de las tres opciones que parece haber para esta coyuntura de transición, esta luce claramente como la peor. Lo fue en 1990 y también lo sería ahora. Soluciona el problema de la demanda de dólares de la misma manera que la castración soluciona el problema de la posibilidad de contagio del virus HIV, o una amputación de una pierna soluciona una quebradura de tibia y peroné. Sería una locura esta vía. No. Casi seguro vamos a un triste y burdo “cepo reforzado”, dado que casi con certeza Macri no se va a querer despedir con un dólar financiero desdoblado en 70, 80 o vaya uno a saber qué valor. En este punto alguien podría preguntar: “¿Y las Leliq?”. Pues bien, las Leliq son como el Cuco a los niños: los asusta, pero no existe. Las Leliq existen, claro que sí. Y asustan como un león hambriento enjaulado. Sin embargo, bajo ciertas condiciones -no un alocado Plan Bonex- sería fácil convertirlas en un gatito de angora.

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Walter Graziano y Asociados

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