Bajo sospecha
Con candor, sorpresa o suspicacia se observa hoy lo que sucede en el mundo sindical, donde el jefe de la CGT Hugo Moyano aparece como una víctima de otros dirigentes más arrebatados a la hora de pedir aumento de salarios. Hasta el propio hijo de Moyano, Pablo, se ha despachado contra su padre diciendo que no le va a hacer caso si éste le pide que morigere las demandas de camioneros (también, de paso, aseguró que no le interesa lo que piensa el presidente Kirchner al respecto). Extraña actitud filial, ya que la relación entre ambos es óptima. Los otros gremialistas, "gordos" o no, parece que también lo aíslan a Moyano por su escasa vocación para reclamar incrementos, en la seguridad de que éste obtiene beneficios personales del gobierno con esa actitud. O sea que hijo y colegas le exigen mayor presión para negociar. Entre los empresarios, esa escenografía sindical les parece conocida: creen que se fingen enfrentamientos, cuando en realidad son cómplices para sacar más provecho en la discusión de las paritarias que se vienen.
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«No queremos estar en una CGT subsidiada», se le escucha decir entre sus íntimos, de vez en cuando, al ácido Carlos West Ocampo. Extrañas palabras en un sindicalista: se refiere al auxilio fiscal que reciben el transporte de cargas (Moyano) y el de pasajeros ( colectiveros de Juan Manuel Palacios). Según los « gordos», ellos pueden pedir los aumentos de salarios que quieran ya que cuentan con que el Tesoro financiará a los empleadores con subsidios. El otro beneficiado con el tratamiento oficial al que se refieren los «gordos» es José Luis Lingieri: todo el sindicalismo -tal vez a sola excepción de él mismo- está convencido de que Kirchner lo premió entregándole Aguas Argentinas transformada en una nueva empresa pública (de hecho, ya que en los papeles, el Congreso todavía no aprobó la creación de la nueva sociedad).
La recepción que se les dio a los turistas llegados ayer desde otras centrales sindicales fue también paradójica: esos gremialistas traían reclamos propios de la Central de Trabajadores Argentinos de Víctor De Gennaro. Es decir, libertad de afiliación y de asociación que permitan armar varios sindicatos por rama de actividad.
Mientras Hugo Moyano trataba de ocultar los desaires de sus malhumorados socios, su hijo Pablo se enfurecía en el Ministerio de Trabajo procurando un salario 28% superior al actual para los conductores de camiones. La parte empresarial ofreció nada a cambio. Los Moyano prometen que habrá gresca: primero, trabajo a reglamento; después, paro general en el sector.




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