Cómo empezar a estabilizar y no morir en el intento

Economía

Si el Banco Central realmente desea bajar la brecha cambiaria lo mejor que puede hacer es acumular y acumular dólares al mayor ritmo posible. Pero no se deben utilizar para lograr un tipo de cambio que satisfaga los deseos de gloria que suelen tener muchas veces los presidentes del Banco Central argentino.

Quizás a muchos les pueda parece que el viaje a Europa del presidente Alberto Fernández sea un evento meramente protocolar. Muchos viajes que ensayan los jefes de Estado a otros países suelen serlo. Sin embargo, este viaje tiene una significación especial que probablemente aún no haya sido decodificada por los operadores económicos. Eso resultó evidente tras la entrevista del presidente Fernández con el presidente Macron. Fernández expresó su satisfacción por la expresión de Macron en el sentido de que los países miembros del Club de París intercederán ante el FMI para que Argentina logre un acuerdo lógico con ese organismo. El hecho de que nuestro Presidente haya emprendido este viaje pocos días antes de un vencimiento de deuda por u$s2.400 millones con ese conjunto de acreedores no es casual. Ni mucho menos lo es el hecho de que el miércoles haya parecido conformarse con una vaga promesa de Macron. Ambas cosas significan, en negro sobre blanco, que Argentina cumplirá con ese vencimiento en forma puntual. De otra manera, ni el presidente Fernández habría viajado a Europa, ni mucho menos hubiera expresado su satisfacción por un apoyo que en lo inmediato no tiene resultados concretos. El pago al Club de París no es un hecho menor. Es el primer gran pago de deuda que el país debe hacer en este 2021, y es también el inicio de una serie de pagos con organismos internacionales y –lo que es mucho más significativo– se efectivizará aun cuando Argentina está en una situación de reservas poco menos que crítica.

Y es que las cuentas arrojan resultados muy claros. Si a los cerca de u$s40.500 millones que hay de reservas brutas en el BCRA se le restan el swap de China, que no está desembolsado y que requiere visto bueno del FMI, los encajes de los depósitos en dólares, el swap de activos existente con el BIS, el oro que no es de máxima pureza y por lo tanto es invendible en el corto plazo, la cuota argentina en el FMI y otros activos ilíquidos del BCRA, se arriba a una cifra de reservas netas negativa. Ello quiere decir en buen romance que las reservas líquidas son inferiores a los encajes de los depósitos en dólares. O, lo que es lo mismo, que en la operatoria diaria de divisas cuando el BCRA gira fondos o interviene en el mercado financiero del dólar contado con liquidación lo hace con parte de los encajes de los depósitos en dólares, hecho que le hace correr un cierto frío por la espalda a más de un economista.

En realidad, que el BCRA todavía sea dependiente de estos activos que no son otra cosa que un préstamo a la vista y a tasa cero de los ahorristas argentinos quienes muchas veces sin saberlo se lo conceden al BCRA, no significa por sí mismo gran cosa. Después de todo, las reservas son reservas y los dólares son dólares. O en otras palabras, el problema no es que el BCRA utilice para pagar los encajes de los depósitos en dólares. El problema es que no haga todo lo que debe y puede hacer para salir de esa incómoda situación lo antes posible.

¿Qué es lo que uno esperaría en principio de un Banco Central que está a la altura de esas circunstancias? Lo que uno debería esperar es que se muestre como un activo comprador de dólares en el mercado para alejarse en el menor tiempo posible de esa indeseable situación. Y es por eso mismo que el viaje del presidente, el pago de u$s2.400 millones al Club de París y la conformidad presidencial con lo que a algunos pueda parecerle sólo una vaga promesa de respaldo francés ante la negociación con el FMI que se avecina, adquieren una muy particular dimensión. Ocurre que no es para nada desatinado que el Presidente haya decidido dar un visto bueno a que Argentina siga desembolsando divisas para no caer en un nuevo default. Eso es precisamente lo que haría cualquiera de los economistas lógicos que estuviera en su lugar. Lo que en cambio es a todas luces visible que no funciona es la actitud del BCRA en la materia.

¿Cómo es esto? Muy sencillo. El país tiene a raíz de la recesión que empezó en 2018, de la pandemia y de un tipo de cambio real que no es malo, un muy buen superávit de balanza comercial. Merced al control de cambios imperante ese superávit comercial se nacionaliza. Esto significa que las divisas excedentes de restar las importaciones a las exportaciones quedan en el Banco Central. Si el Banco Central las acumula, el país entonces va saliendo poco a poco de la incómoda situación de reservas netas líquidas que antes comentamos. Ahora, si el Banco Central se distrae de su real objetivo por el cual el sector privado termina tolerando el duro impuesto que significa a todo su sector exportador la presencia de un control de cambios, entonces pierde la brújula. Y si empieza a intervenir en el mercado del dólar contado con liquidación y vende todos los días una cifra significativa de dólares contra bonos, los que luego recompra en alguna magnitud contra pesos para intentar regular la cotización libre del dólar, entonces termina ocurriendo lo que ahora pasa. O sea, que los dólares ganados a través del superávit comercial se despilfarran en buena medida en un vano intento por controlar una cotización libre del dólar que no tiene mayor significación que la de ser un termómetro del nivel de confianza del sector privado en la durabilidad de la política cambiaria, pero no incide gran cosa en la formación de precios de la economía. Si alguna duda cabe al respecto de que la cotización libre del dólar incide muy poco en la formación de precios recordemos lo ocurrido a fines de 2015 e inicios de 2016 cuando el primer equipo económico del expresidente Macri cae en el grave error de pensar que los precios de la economía ya estaban alineados con el “dólar libre” –que era el mismo dólar contado con liquidación de ahora– y libera el tipo de cambio sin medidas adicionales, lo que terminó provocando una estampida inflacionaria que finaliza siendo la madre de todos los males económicos de esa época y de la crisis de 2018 cuyas consecuencias aún vivimos.

Debemos concluir entonces que si el Banco Central realmente desea bajar la brecha cambiaria –la que en realidad en las presentes condiciones no importa demasiado a no ser que adquiera niveles muy pero muy altos– lo mejor que puede hacer es acumular y acumular dólares al mayor ritmo posible, proceso que por larguísimo tiempo nunca será suficiente dado que los vencimientos en dólares del país empiezan a aumentar año tras año y no hay señales a la vista de que vuelva el financiamiento externo voluntario al país a tasas de interés de mercado.

Hay informaciones de que el presidente del Banco Central en forma casi pública -y nada “off de record” por tratarse de una rueda informal con periodistas a la salida de un coloquio– señaló hace varios meses que el dólar libre estaba muy alto en torno a los $150 y que debía bajar. A partir de ese momento se encaprichó en una política de despilfarrar reservas con el único sentido de bajar esa cotización. Es así que se perdió una altísima parte de los dólares ganados con el superávit comercial. No es la primera vez y probablemente tampoco será la última en la cual un presidente del Banco Central aplica una política cambiaria que no es ni de tipo de cambio fijo, ni de tipo de cambio flotante, ni de un intermedio entre ambos, sino que se trata de una política cambiaria de puro corte narcisista. Se busca lograr un tipo de cambio que satisfaga los deseos de gloria que suelen tener muchas veces los presidentes del Banco Central argentino. O sea, domesticar al dólar. Con eso parecen querer indicarnos que su hercúlea labor estaría cumplida, cuando en rigor de verdad en la búsqueda de ese control poco significativo del dólar libre, está sembrada la semilla de la perdición de toda la política económica en bloque. Es hora de que desde el Banco Central se empiece de una vez por todas a trabajar con visión de futuro por el país, en vez de ceder a la tentación de la hoguera financiera de vanidades que suele imperar en el máximo despacho de la calle Reconquista 266.

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Walter Graziano y Asociados

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