31 de diciembre 2004 - 00:00

Buen año con un futuro dudoso

Sería ceguera no admitir que el gobierno cierra un buen año con 20.000 millones de dólares en reservas, una economía que crece más de 8% y un presidente que se ubica, junto a Carlos Menem, como los únicos mandatarios argentinos que lograron 2 años de superávit fiscal, son ciertamente logros. También se podría decir que no se arranca nada mal un 2005 que siempre fue advertido como el más complicado tras el estallido de la crisis en diciembre de 2001. Bastaría pensar que hay que pagar el año que viene 15.600 millones de pesos sólo al Fondo Monetario.

Jubilados y casados o solteros sin hijos -si tienen ocupación, desde ya- serán los más beneficiados en este 2005 que será un año electoral y, por tanto, sometido a gran dispendio de dineros públicos que aceitarán bien la economía y los bolsillos. Para mejor se da con un gobierno al cual el sector externo lo abasteció y abastecerá de buena plata y, a su vez, tiene un ansia de popularidad y permanencia, hasta con riesgo hegemónico para la democracia, como no se recuerda en las últimas décadas.

¿Por qué mayor sonrisa para argentinos jubilados y aquellos sin hijos? Porque son los que, al no tener prole a su cargo, pueden gozar la liquidez y orillar el mayor drama oculto tras esta euforia de dinero fácil que se derramó sobre el país.

En la Argentina hay planes políticos como usar la Justicia y traer a Menem para fraccionar a la oposición; lanzar a Felipe Solá contra Eduardo Duhalde para iniciar el exterminio que el kirchnerismo le pronostica al caudillo bonaerense para después de la elección de octubre próximo; dominar medios de difusión y a los periodistas propicios; repartir poca coparticipación a las provincias y hacerlo con cuentagotas sobre sus angustias para tenerlas sujetas a la Casa Rosada en un año con comicios cuando también se aspira a dominar el Congreso.

Pero no hay plan económico sino un buen circular de 45.000 millones de pesos emitidos para comprar dólares. Se ha vivido así más «dulce» pero no hay una sola medida de futuro o sea de aprovechar tanta liquidez, para encaminar una Argentina con otros esquemas productivos que saquen al país de esta secuencia de euforia por un par de años buenos, desengaño luego y caídas estrepitosas después en cada década. Un padre podrá gozar alguna tajada de la avalancha circunstancial de dinero, pero no ve para sí una jubilación digna algún día, en la mayoría de los casos, ni un buen porvenir para los hijos que cría.

Un esquema económico de circunstancias hace también circunstanciales las mejoras. Casi no tenemos inflación, apenas 6% anual, y no la tendremos seguramente este próximo año. Pero tenemos una «inflación reprimida» que estallará en 2006 cuando se calcula se ajustarán las tarifas de servicios públicos y habrá menos superávit para pagar tanto subsidio al gasoil, al transporte, a los combustibles, a los peajes, al ferrocarril de carga y al de pasajeros y muchos más.

Incentivando obra pública y subsidiando se mejoró la demanda interna pero no es un método sólido. No creció la producción industrial exportadora sino la destinada a satisfacer ese consumo edulcorado. No hay inversión innovadora productiva. No hay arribo de capitales externos para montar fábricas o ampliarlas. Al contrario, los que llegan -sobre todo de Brasilvienen a comprar las medianas empresas subsistentes de capital nacional. Como no tenemos esquemas de incentivos que no sean subsidios y aranceles altos, toda nuestra industria local mediana está expuesta a los brasileños o a los chinos. Por eso tenemos todavía la desesperanza de una desocupación de 19%, que es una enormidad para un país con tan escasa población en relación con su territorio y tantas riquezas naturales. Y seguramente este rubro o se queda allí o empeora, más allá de los disfraces y estadísticas manipuladas.

No hay futuro sustentable si no existen más planes económicos que políticos en el gobierno. Pero claro, los males de fondo no se ven en este fin de año de moneda fácil circulando. Ni se verán en 2005. Pero hoy por hoy no hay un futuro más allá de otro ciclo de «plata dulce» al que seguirá el desencanto si no nos volvemos alguna vez un país serio en crecimiento.

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