¿Qué importa si un gato es blanco o es pardo en tanto y en cuanto maúlle? Esa es la frase insignia con la que Deng Xiaoping dio origen al peculiar capitalismo chino hace alrededor de 30 años. China venía de un durísimo proceso de colectivización forzada. En dicho proceso había vivido una especie de “romance ideológico” con la Unión Soviética de Stalin, de la cual luego se había apartado al notar desde la llegada a la cúspide del PC soviético de Nikita Khruschev un alejamiento de lo que se consideraba el dogma y la doctrina socialista. En un principio Pekín se ubicaba entonces a la izquierda de Moscú. Y aunque a muchos teóricos eso podía parecer una mucho mayor complejidad del tablero internacional, los norteamericanos en una de sus tantas jugadas maestras de sus servicios secretos y el Departamento de Estado durante la era Nixon, producen un acercamiento entre Washington y Pekín que no figuraba en ninguna predicción con lo cual comienza a tenderse el puente entre ambos grandes socios de lo que será la globalización aislando así crecientemente a Moscú y dejando a la Unión Europea preguntándose por décadas cuándo, cuánto y entre quiénes tendrá que negociar qué.
El capitalismo chino, ante una clara luz amarilla
China se ha convertido en uno de los actores principales de la globalización, estabilizándola financieramente por décadas gracias a las gigantescas compras de bonos norteamericanos. Sin embargo, también es un factor permanentemente disruptivo, a punto tal que no puede establecerse con precisión hasta qué punto no puede dañarla y constituirse en una real enemiga de este proceso económico.
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Deng Xiaoping y Geroge Soros.
Si se quisiera establecer un punto de origen a la globalización, la frase de Deng es a la economía mundial lo que la caída del Muro de Berlín lo fue a la política. Pero -y aquí sí que hay un gran, gigantesco pero- la frase acerca de los gatos de Deng por elíptica y falta de mayor precisión se terminó traduciendo al lenguaje común simplemente por un “Mientras se gane dinero, qué importa cual es el camino”. Y esta es la frase que encierra en forma rotunda la manera en que China se ha ido insertando y a su vez ha transformado al capitalismo global. De esta manera, los límites a lo que se puede y a lo que no se puede hacer son simplemente de orden pecuniario y no de orden legal ni social. Así, China se ha convertido en uno de los actores principales de la globalización, estabilizándola financieramente por décadas gracias a las gigantescas compras de bonos norteamericanos pero también probablemente constituyéndose en un factor permanentemente disruptivo, a punto tal que no puede establecerse con precisión hasta qué punto no puede dañarla y constituirse en una real enemiga de este proceso económico.
Primero fueron las repetidas acusaciones de dumping que todo tipo de naciones, grandes y pequeñas hacían contra el gigante asiático. Luego fueron las protestas más difusas acerca de la instalación mediante capitales de todo tamaño en todo tipo de negocios en una gran variedad de países, generalmente con mano de obra propia. Pero ahora, en este 2021 confluyen otro tipo de problemas que van mucho más allá y abren ciertos reparos acerca de lo que se puede esperar que ocurra como consecuencia de la aplicación irrestricta de la tesis “No importa el color de los gatos, sino que maúllen” a la economía.
Hace un trimestre se produjo una fuerte caída en los commodities de la cual la mayoría está muy lejos de haberse podido recuperar. Ello fue posteriormente a una suba tan abrupta y pronunciada como la caída. Y ambos procesos se deberían en buena medida a la falta de regulaciones en China acerca de quienes, cuando, cómo y cuantos commodities pueden comprar. En el afán de que los gatos maúllen, se permitieron felinos de todo tipo de colores y tamaños y la consecuencia fue la “montaña rusa” que en caso de repetirse en los próximos meses puede desembocar en consecuencias de cuidado.
Tras ese movimiento disruptivo en los mercados, que amenazó con hacer tambalear muchos de los principales papeles accionarios de Wall Street que poco y nada tenía que ver de manera directa con esta cuestión, George Soros escribió de puño y letra un largo análisis con conclusión profética en el Financial Times acerca del futuro que aguarda no solo a las acciones chinas en general, sino también a desprevenidos inversores que compren activos que crean exentos del riesgo del gigante asiático.
Los argumentos de Soros van precisamente en la misma línea de mostrar las graves carencias del esquema de capitalismo “a la Deng Xiaoping” en el que solo importa la rentabilidad empresaria prescindiendo de cualquier otra consideración. Soros ve ahora enormes riesgos en muchas empresas gigantes de origen chino que nunca han tenido un adecuado control ni supervisión exhaustiva por parte de ninguna agencia estatal de ese país embarcado en una política neo-mercantilista de tipo “Deng” caracterizada por una voluntad irrestricta de conquistas económicas y copamiento de mercados. Soros -con todo lo que significa su nombre- hace mes y medio dio una especie de ultimátum al gobierno chino: o bien pone en orden la situación, aumenta el grado de regulaciones prudenciales, se aleja del liberalismo extremo actual que le permite a muchas empresas gigantes chinas competir con grandes ventajas con sus símiles norteamericanas y europeas o la SEC comenzará a recibir una avalancha de quejas y pedidos que la llevarán a tener que quitar de gran cantidad de índices accionarios y por lo tanto a producir así liquidaciones masivas de acciones chinas por parte de gran cantidad de fondos de inversión de todos los tamaños.
Fue a las pocas semanas de esa misiva tipo “misil” lanzado por Soros que se produce el episodio de Evergrande que ahora parece culminar en un “default”. Contrariamente a lo que muchos piensan lo más probable es que el tema Evergrande quede en la historia como una rara curiosidad. Si bien se trata de una gran corporación, su deuda de u$s300.000 millones no puede alcanzar nunca por sí sola a producir un caos completo en el mercado. Además de ello, hay activos para liquidar y pagar y plazos de deudas más que confortables. El default inicial es en sí mismo pequeño. A pesar de ello, el hecho de que hace poco se hayan convulsionado casi todos los mercados de commodities por desprolijidades chinas y el hecho de que hasta ahora se haya hecho caso omiso a la advertencia de Soros abre especulaciones a que podamos estar acercándonos a problemas de naturaleza desconocida, dado que hasta ahora, desde que la globalización ha nacido, no ha habido un proceso de sanciones y ventas masivas de activos de un gran socio de la globalización que bien puede iniciar no solo una guerra comercial, sino una financiera si como consecuencia de sanciones decide vender, como retaliación a medidas de la SEC, grandes cantidades de bonos norteamericanos que el Banco Popular de China posee de todos los colores y sabores. Los norteamericanos dicen estar preparados para ello. Muchos creen que en el presente contexto de bajísimas tasas de interés de largo plazo un desprendimiento importante de bonos por parte de China lejos de alterar el orden financiero, podría generar una saludable pequeña suba en la tasa de interés de largo plazo que evitaría los peores excesos de las épocas de dinero fácil.
En todo caso, el resultado final está por verse. De lo que pocas dudas caben es que al capitalismo salvaje “a la Deng Xiaoping” que ha invadido por todas partes al gigante asiático no le vendría mal un baño del milenario confucianismo, aquella filosofía práctica de vida que ha permitido que a través de siglos y siglos China siga siendo China. Por ejemplo cuando enuncia que “si no puedes alcanzar tus metas no las cambies, modifica tus acciones”. Claro, por este camino de capitalismo salvaje se está muy cerca -peligrosamente cerca– de un duro límite. Para seguir mejorando el nivel de vida de la población china es necesario antes que nada repensar la situación, enmendar errores y rehacer una estrategia.
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