No podemos precisar quién fue el primero en lanzarla, pero la teoría sobre los problemas que se plantean en los mercados cada vez con mayor frecuencia puede pasar por que existan en el mundo ya más «papeles» que «dinero». Uno de los esquemas más simples estaría aquí patentizado: cuando la Bolsa sube es porque existe «más dinero que papel». Y cuando se producen zonas de valles en cotizaciones es porque apareció la otra cara de tal circuito. Ahora, tal situación saliendo de un recinto y traspolada al mundo de las finanzas, donde la «securitización» de operaciones ha estado generando una trama compacta entre los negocios bancarios y los mercados de oferta pública, indudablemente que ha visto crearse y reproducirse a velocidad geométrica instrumentos que, o bien no existían, o resultaban de presencia secundaria. Basta mirar en nuestro entorno, para advertir el auge de las Obligaciones Negociables y el altísimo número emitido por todas las empresas en condiciones de hacerlo.
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El crédito con tantas formas de apalancamiento, el endeudamiento llevado a los límites máximos, el delicado equilibrio al que a veces se someten quienes intervienen en la carrera por la expansión o por no perder posiciones son derivados que constantemente requieren capitales. Las emisiones de los Estados, siempre presentes, con la contrapartida de tipos de fondos de inversión de toda especie y magnitud. Hasta llegar a los fondos de pensión que aglomeran ahorro social, pero se vuelcan a diversidad de papeles.
Si no se está todavía dentro de tan drástica órbita del desbalance entre «papel» y «dinero» pero se está en la senda que conducirá a ello, los resultados podrían ser caóticos, a cierto plazo. Es una materia demasiado enorme como para poder adentrarnos en ella con conclusiones ciertas; esto pertenece al mundo de «más arriba», pero la sensación que nos deja la escasez de capital disponible con que entramos a 1998 para el mercado de riesgo, al menos aquí, nos promueve una sensación de estar transitando zonas áridas y donde las formas para tentar al di-nero se multiplican. La idea de un Banco Nación, privatizando de modo «social» y buscando el ahorro de la gente, resulta un competidor de fuste para desviar dinero de otros papeles. El sistema podría compensarse, si es que el Nación viene a la Bolsa, pero queda en firme aquello de seguir creando nichos para invertir o transar, que no resultan: por falta de capital.
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