19 de julio 2001 - 00:00

Cupones Bursátiles Históricos

Fecha: (24/06/1998)

He aquí uno de los callejones en que coloca el mundo moderno a la división de funciones y de papeles dentro de un Estado: usted sabe que en Japón las cosas están que arden, especialmente por sugerencias que le llegan al gobierno del exterior como para que ponga en orden su sistema financiero. Los americanos piden, con su modo tan diplomático de pedir las cosas, que se vayan al demonio todos los bancos que se tengan que ir a ver con Satanás y que recompongan los que queden. A partir de esto, el ministro de Finanzas japonés, Hikaru Matsunaga, afirmó días atrás que el gobierno «obligará a los bancos a encarar más enérgicamente sus problemas de préstamos incobrables». Y se fue lejos con las indicaciones, ya que quieren asegurarse de que así se haga y que los bancos «vendan sus activos en mora, en lugar de amortizar el valor en baja de esos activos». Otrora, sería como un mecanismo común del verticalismo que existe entre directivas del máximo poder político de una nación y el sector involucrado acatando y tratando de participar, eso sí, en las reglamentaciones.

Pero aquí no pasa de tal modo: de inmediato un funcionario de uno de los principales bancos aseveró que ese pedido no tiene base legal. Y, de paso, asegura que es lo único que le cabe hacer al gobierno japonés, como papel dentro de esta crisis. Pues no más que «endurecer posiciones en las inspecciones, forzar a que los bancos cuenten sus problemáticas y después... dejar que los mercados los castiguen con el tiempo». Entonces sobrevino una tercera posición, de analistas observadores, que empuja al gobierno para que obligue a que los banqueros vayan al Parlamento y allí hacerles saber las críticas por el lamentable estado de las entidades. ¿De quién vino la siguiente contestación a las dos posturas iniciales y la propuesta alternativa formulada? Pues de viceministro de Finanzas del Parlamento japonés, ¿y hacia dónde se inclinan? Pues empieza por decir que «son instituciones privadas» y -además-se pregunta: «¿Cómo pueden representantes elegidos decir a los directores de las empresas cómo dirigir sus negocios?».

Usted ve de qué modo se emplean tanto los principales sofistas como los de la retórica que indica alejarse del punto en cuestión si se tiene una discusión perdida, pasando a otro plano. Para este representante el llamar a los banqueros para decirles que arreglen el desastre en sus entidades es «meterse a decirles cómo dirigir el negocio». Y lo que pone en serias dudas los poderes políticos que se poseen actualmente, frente a corporaciones empresarias o bancarias, es el desconcierto de un gobierno que no sabe hasta dónde, por dónde, de qué modo y pidiendo qué cosas: puede actuar en defensa del Estado todo. Esta situación la veremos seguramente aumentada junto con el nuevo siglo: hasta el punto de reyes que reinen, y no gobiernen, y la sujeción del poder político al poderío económico. Serio.

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