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Todo parece decirnos, año tras año, que nosotros seguimos deseando que se proclame la firmeza de la convertibilidad, aunque para ello se deban resignar signos vitales que -en conjunto- abaten el crecimiento. Y nos ensalzamos hablando de inflación cero, también de deflación, en esa paz de campo santo que horada a la piedra con la misma paciencia que lo hace el agua, gota a gota. A cambio, Brasil con todos sus desbarajustes, Brasil con sus lineamientos nacionalistas que privilegian sus propios intereses antes que los de un tratado. Brasil con sus estruendosas devaluaciones. Y Brasil con sus incentivos de todo tipo, además de subsidios, si algo quiere: quiere que se lo proclame el líder indiscutido del Mercosur y de la región.
Nunca un sistema estático podrá vencer a lo flexible dinámico, que adopta la forma de acuerdo con las circunstancias. Y ahora volvemos a ver problemas, donde nos invadirán de productos y se nos hará más difícil penetrarles, por más que el dólar nos arrastre -de casualidad- a ganar algo de competitividad. Porque lo nuestro no depende de nosotros, es aleatorio, y lo de ellos es tocar la variable en cuanto lo creen aconsejable. Y si no podemos salir del sistema, por miedo a que vuelva la inflación -tras once años- más vale bajemos la cortina. Ojo: esto tiene mucho que ver también con las valuaciones bursátiles.



