23 de febrero 2001 - 00:00

Cupones bursátiles

No hace mucho le formulamos la pregunta al lector sobre: ¿en manos de quiénes están las acciones de empresas cotizantes argentinas? El enigma no podía tener una solución concreta y precisa, por la falta de datos al respecto y lo muy arduo que resultaría el intento de obtenerla fehacientemente. Pero, allí hacíamos una estimación a vista gruesa, para llegar a lo más importante, que era el posible peligro derivado de ello. La rueda de este martes resultó el primer testimonio duro de aquella conclusión, y ese peligro latente pasó a ser realidad práctica. Mientras los diversos análisis seguían repartiendo culpas entre la baja de Turquía, los problemas en torno del señor Pou y el gobierno pagando un poco más de tasa por su colocación, nosotros nos quedamos con el violento desequilibrio generado por un tenedor fuerte de posiciones de una empresa líder -en este caso, Pérez Companc- que, al decidir salir de toda o parte de ella, producía una cascada sobre el mercado, desbordado totalmente por oferta que se inyectaba en Nueva York y eclosionaba en Buenos Aires. En esa rueda, la plaza de Pérez Companc llegó a 5,4 millones de papeles sólo en nuestro recinto, llevando más de la tercera parte del efectivo total de esa fecha, al descontar lo que se hizo en los CEDEAR.

Precedida de una rueda en la que el feriado de Wall Street dejaba al desnudo lo desnudo que estamos de capital bursátil local, lo siguiente fue la decisión de una mano fuerte -institucional-que le puso pimienta a lo que hubiera sido una baja de rutina. Así, la decisión de venta de un solo interviniente de calibre puede poner en peligro todo un movimiento, tan prolijo y ordenado como el de enero. Bastó que se rompieran filas de un participante mayor para generar una corrida que ubicó al Merval casi a la par de la baja del NASDAQ, lo peor de esa fecha.

La falta de atomización de las acciones y la desaparición del despreciado «chiquitaje» (inversor chico al que los moretones lo fueron borrando del circuito) produjeron este tipo de mercado de alta concentración, muy profesional, absolutamente frío en sus decisiones y que multiplica la exposición al riesgo de vuelcos de tendencias. No importan los motivos, cualquiera tiene derecho a vender cuando quiera, pero la unión de la alta ganancia de enero y cierto nerviosismo de febrero hicieron salir al ruedo a un «oso Carolina», de los grandes, y todo se fue al diablo.


Siempre se apela a la noticia que está a la mano, sean turcos, brasileños, políticos u otros. Pero hay un virus incorporado al sistema y siempre estará altamente expuesto a que aparezca. Es el castigo a tanto desaguisado de nuestra incultura bursátil. Y el mercado la cobra.



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