14 de junio 2001 - 00:00

Cupones Bursátiles

«Es mejor envejecer, que la alternativa...», dice una ingeniosa frase que convierte en lo que habitualmente es una pesadumbre, envejecer, en una opción tentadora por simple contraste con lo peor. Y está bien. Cuando decíamos acerca del endeudamiento, de una cultura instalada y que cada vez gana más adeptos porque la juventud se ha formado en tal contexto, obviamente que si la alternativa es peor hay que aceptar ese mal. Pero el tema es que una cosa es sufrirlo. Aceptarlo con pesadumbre, como un mal inevitable ante una alternativa peor. Y otra es lo que nos sucede, que es tomarlo como si fuera un gozo, alguna bendición, eso mismo que nos entierra cada vez más. Es como la estrategia de entrar al «concurso» y que -otras veces lo mencionamos- hasta la década de los '70 resultaba todo un drama para la sociedad que caía en ello, era una lápida para una cotizante que apareciera en tal circunstancia. De pronto, todo cambió, y a través de esa extraña alquimia que se generaba en el país con la deuda, las sociedades sacaban chapa de «vivas» si entraban a un «concurso» para no pagar intereses. Se llegó a formar una pizarra especial, en el viejo recinto, que supo ser estrella por un tiempo y con alzas fabulosas en firmas que empezaban a cotizar allí por estar concursadas. Después, claro, muchas de ellas siguieron el camino a la rejilla, generando pérdidas totales en fieles adherentes al riesgo potenciado que -como siempre- terminaban sumamente enojados por las sorpresas.

Hay que replantear la teoría del endeudamiento, de conocer los riesgos, y de estimar de antemano la hipótesis de mínima -la peor- y no la de máxima, la estúpidamente optimista. El futuro pasa a ser presente muy rápido cuando uno está en el filo de la navaja. Y este «megacanje» que ahora descomprime a tan altísimo costo, cuando queramos darnos cuenta lo tendremos encima con los acreedores por ventanilla, un nuevo y desgraciado gobierno que deberá afrontar la avalancha y otra vez tratando de repetir la historia.


Aceptar lo malo, inevitable. Lamentarnos por ello. Pero, nunca hacerlo pasar por una virtud, una ventaja, una solución que no es tal.


Parece una tontería, la historia demuestra que no lo es, y el absurdo facilismo con que se ha recurrido al endeudamiento, viviendo de prestado, solamente es posible si el conjunto de la sociedad lo acepta con esa idea equivocada. Todo se acepta, nada se discute, el problema siempre queda en si se consigue refinanciar o no. Y se consigue, porque los acreedores se salvan al cambiar papel por papel, pero no tener que dar de baja al crédito malo que es nuestro país en sus carteras. Saben que no cobrarán, pero les debemos. Y eso, de uno u otro modo, precipita después al alto condicionamiento que tienen nuestros gobiernos. Soñamos por un título que diga «Malo: el país pidió dinero».

Dejá tu comentario

Te puede interesar